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ABC SÁBADO 16 s 12 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA CONJURA QUE NUNCA EXISTIÓ RA sin duda más sugestivo creer en un complot, una conjura asesina disfrazada de ropajes casuales, una mano negra alzada contra el corazón del pueblo, una siniestra intriga de servicios secretos, una maquinación sinuosa tejida entre las sombras con el hilo perverso de la venganza. La existencia de unos culpables envueltos en la bruma tenebrosa del mal proporciona un consuelo más profundo al dolor desparramado de la gente, a la orfandad sobrecogida de aquellas noches de velas y flores, a la convulsa soledad de las plegarias que demandaban al IGNACIO celo razones de la trageCAMACHO dia. Sí, era más atractivo, más confortante, más comprensible que se hubiese tratado de una conspiración. Pero... Pero Lady Diana de Gales murió en un accidente, y además no estaba embarazada. Nueve años, trescientas entrevistas, seiscientas pruebas y ochocientos folios después, una comisión especial solicitada por los tribunales británicos ha concluido que las extremadamente graves alegaciones de que la princesa sufrió un intento de asesinato urdido por los servicios de espionaje, el príncipe Felipe de Edimburgo o el severo establishment cortesano carecen de todo fundamento racional, y que la colisión fatal contra el pilote de un túnel de París se debió a la muy prosaica circunstancia de que el chófer conducía a velocidad excesiva y en estado de flagrante embriaguez. No ha lugar a las elucubraciones; la realidad es una terca, espesa cortina de evidencias que tapa las conjeturas, las suposiciones y los pronósticos a conveniencia de parte. Y sin embargo, y así lo admite el hierático Lord Stevens, responsable de la investigación oficial, mucha gente seguirá creyendo la tesis conspirativa. Simplemente, es más confortable, más llamativa, más seductora. La hermosa cenicienta repudiada, la angelical princesa rebelde, la bella mariposa del pueblo que había roto la hermética crisálida del protocolo palaciego, no podía merecer el destino vulgar de un infortunio cotidiano, de una desgracia azarosa; tenía que ser la víctima de una venganza sofisticada y perversa, de una maligna, aciaga, tortuosa intervención de las fuerzas ocultas que manipulan el curso de la Historia. Da igual que no haya pruebas; siempre quedarán indicios, barruntos, sospechas. El pálpito del corazón colectivo tiene razones que la razón no acepta ni entiende. La fuerza de lo esotérico es un viento de convicciones sentimentales que derriba los muros de la lógica, sobre todo cuando se trata de encontrar un asidero para el desamparo. Es difícil aceptar que los dioses mueren, que hay veces en que el mal triunfa y el bien fracasa, que la tragedia depende en ocasiones de un albur, de una casualidad, de un despiste, de un error. Que las cosas no sólo no son siempre como nos gustaría que fuesen, sino tampoco como nos merecemos que hubiesen sido. La creencia en un remoto designio de sombras nos redime de la pesada necesidad de aceptar evidencias dolorosas. Todas las conspiraciones son odiosas... y todas las comparaciones también. E MEMORIA DEL RENCOR N O soy de los que creen que el pasado deba ocultarse detrás de un piadoso velo. Cuando no se inquiere y dilucida, el pasado tiende a convertirse en terreno abonado para las mi (s) tificaciones; el arraigo de los nacionalismos, por ejemplo, suele tener su origen en una minuciosa labor de silenciamiento del pasado real y su suplantación por un pasado de índole más o menos legendario, acompañada de una concienzuda estrategia de reeducación social. A veces el pasado nos enfrenta a episodios de vileza fratricida tan ásperos y desgarradores como los que poblaron la Guerra Civil; en estos casos, su indagación debe ser más cuidadosa y científica, y estar alentada por un propósito sincero de reparación. Se trata de restañar las heridas, no de abrirlas, de tal manera que el alumbramiento de la verdad sirva a la vez de lenitivo o consuelo para quienes sufrieron más acerbamente las calamidades de aquellos episodios, a la vez que de asunción contrita de una culpa que a todos nos incumbe. De este modo, el pasado se convierte en enseñanza provechosa; y, junto al deseo de no repetirlo, surge entre JUAN MANUEL los hombres de buena fe un impulso DE PRADA de misericordia. Esa es la memoria histórica sobre la Guerra Civil que hubiésemos deseado; una memoria histórica que hubiese favorecido la asimilación de la culpa colectiva y servido de argamasa para el perdón. A cambio, se nos ha propuesto una mi (s) tificación de la memoria que sólo servirá para arrojarnos la culpa los unos sobre los otros y como fermento de rencor. La operación de rescate de la memoria histórica promovida desde instancias gubernamentales se ha fundado sobre premisas falaces e intenciones torticeras: se ha convenido en un ejercicio de flagrante y premeditada falsedad, que la Guerra Civil fue un conflicto entre la democracia y el fascismo; y la facción gobernante, al arrogarse la herencia de un bando presuntamente democrático, ha pretendido arrojar so- bre la facción opositora la herencia fascista. Pero la triste verdad es que la izquierda española, en vísperas de la Guerra Civil, era mayormente revolucionaria y totalitaria; y que su pujanza arrastró en su torrente los islotes de izquierdismo democrático, del mismo modo que la sublevación militar atrajo en su remolino a muchos pacíficos conservadores. La Guerra Civil fue un choque de totalitarismos a pequeña escala (así, desde luego, fue contemplada, con regocijo y expectación, desde Berlín y Moscú) aderezado por un elemento autóctono de atávicas rencillas cainitas. Sobre el bando sublevado cae el baldón de haber usufructuado esas rencillas; sobre el bando republicano, el de haberlas aguijoneado, mediante una acción política irresponsable. Una acción que, de manera más irresponsable aún, se presenta ahora como digna de emulación. Toda indagación de aquel pasado oprobioso que no parta de esta premisa elemental es mendaz y tergiversadora. Y de una premisa pervertida sólo puede derivarse un corolario de abyección. Porque abyecto resulta, desde luego, que sólo se consideren dignos de rememoración y homenaje a quienes batallaron en un bando, presentándolos como adalides de la democracia, mientras se reserva para los que batallaron en el otro la condición de secuaces del fascismo. La escueta verdad es que unos y otros fueron carnaza arrojada a la trituradora de las ideologías totalitarias, pobres gentes a las que tocó pegar tiros en una u otra trinchera por razones estrictamente geográficas, pobres gentes fusiladas por crímenes tan pavorosos como estar afiliadas a un sindicato o ir a misa los domingos. Una memoria del perdón sería la que rindiese homenaje por igual a quienes murieron en Badajoz y Paracuellos, a las muchachas milicianas que apenas sabían enarbolar un fusil y a los jóvenes seminaristas que sólo habían enarbolado un crucifijo. Pero la memoria que ahora alcanza rango legal es la memoria maldita del rencor. Quienes la impulsan son los mismos perros de siempre, sólo que con distintos collares.