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ABC SÁBADO 16 s 12 s 2006 OPINIÓN 3 LA TERCERA EL PECADO DE ISRAEL Puede que Irán nos parezca muy lejano. Pero si abandonamos a Israel en estos momentos, estaremos cavando nuestra propia tumba. Los enemigos de Israel son nuestros enemigos. Nuestra existencia, en tanto que sociedades libres y prósperas, depende vitalmente de su existencia. Es nuestro deber moral y nuestro propio interés garantizar que Israel siga existiendo y llegue a vivir en paz... L actual presidente de Irán, Mahamud Ahmadinejad no es un teórico, ni de profesión historiador. Por eso, la Conferencia que ha auspiciado contra la existencia del Holocausto no puede ser interpretada más que como lo que es, un acto político. Ahmadinejad quiere negar la realidad del crimen cometido contra el pueblo judío por cuestiones muy prácticas. Israel fue fundado por la ONU en 1947 precisamente por el reconocimiento del genocidio cometido por los nazis, si se hace de la realidad un mito, se le estaría hurtando a Israel la legitimidad de su nacimiento y el derecho a su existencia. No lo digo yo, lo ha dicho el ministro de asuntos exteriores iraní, Manuchehr Mottaki, anfitrión oficial de esta Conferencia: si se pone en cuestión la versión oficial del Holocausto, se está poniendo en cuestión la identidad y la naturaleza de Israel La izquierda europea, con nuestro actual gobierno a la cabeza, ha explicado el odio hacia Israel por el conflicto con los palestinos. Hasta gente supuestamente sabia como James Baker argumenta en su reciente informe sobre Irak que la solución de los problemas que asolan a ese país pasa por que Israel haga más concesiones en su proceso de paz. El talante de Ahmadinejad y demás ayatolas iraníes deberían bastar para sacarles de su sueño. A los árabes les importa más bien poco el destino de sus hermanos palestinos (al fin y al cabo muy poco han hecho por los millones que guardan hacinados y aislados en campos de refugiados, sin permitir su integración) lo que no pueden soportar es la existencia de Israel. Porque el pecado de Israel, para ellos, no es lo que haga, sus políticas, sino su misma existencia. l mundo árabe odia a Israel esencialmente por una cosa: A diferencia de sus vecinos, Israel no cuenta con riquezas naturales ni dispone de petróleo y aún así, frente a todas las adversidades, es una nación rica, próspera y dinámica; Israel, sin perjuicio de constituirse como una sociedad religiosa, es un país científica y tecnológicamente avanzado; es más, Israel es una democracia plena, que mantiene sus consultas electorales, que cambia regularmente de líderes, que se basa en una estricta separación de poderes, que cuenta con una prensa libre y una opinión pública donde hombres y mujeres por igual participan vivamente. Frente al éxito histórico de Israel, los líderes árabes sólo pueden presentar a sus pueblos su fracaso nacional. Eso sí, aderezado por la riqueza de la corrupción. Los árabes odian a Israel porque les vuelve insoportable su propio fracaso. Los palestinos nada tienen que ver con que en Egipto, a pesar de las pingües ayudas ofrecidas por americanos y europeos, cuatro de cada diez adultos sean analfabetos, que en todo el mundo árabe se hayan traducido menos libros en los últimos 50 años que los que se publican en España en un solo año, que los chiítas sean, junto con las mujeres, ciudadanos de segunda clase (excepto en Irán, por supuesto) o que el Rey de Jordania se guarde muy mucho la potestad de disolver su parlamento nacional según le convenga. No es por los pobres palestinos que un líder iluminado como Ahmadinejad, que no cree en el Holocausto, está dispuesto a recrearlo en cuanto pueda si se le deja. La tiranía impuesta por la izquierda hace que lo políticamente correcto sea decir que el conflicto israelí- palestino es el elemento que emponzoña nuestras relaciones con el mundo árabe. Incluso hay quien cree, como los miembros de la Comisión Baker- Hamilton, que su resolución es crucial para librar a Irak de sus graves problemas. Nada más erróneo y peligroso a la vez. Israel ni puede ni debe hacer más concesiones. Por una cuestión bien sencilla: cada vez que lo ha hecho, incluso unilateralmente como la retirada de Gaza, sus enemigos lo han interpretado como un evidente signo de debilidad. Y se han crecido. La primera salida del Líbano, como la de este verano pasado, no ha favorecido más que al campo de los radicales que no buscan la paz, sino la destrucción de Israel. Al igual que ocurrió en Gaza convertida rápidamente en Hamastán, el reino desde el que lanzar el terror contra suelo israelí. os europeos hemos presionado a Israel para que ceda una y otra vez. A veces hasta con amenazas de boicot. Con el resultado psicológico de que los israelíes nos temen más que a sus enemigos más próximos. El problema hoy es que ya no vale eso de tierra por paz. La cuestión palestina ha dejado de ser una cuestión puramente de nacionalismo. Israel está en el ojo del huracán del fundamentalismo islámico. Cuando Ahmadinejad afirma que borrará del mapa a Israel lo hace porque cree que no puede haber infieles y judíos que no se sometan al Islam, que no puede haber tierra del Islam que no esté regida por la ley coránica. Los dirigentes de Hizbolá en el Líbano o de Hamas en Gaza y Cisjordania no piensan muy diferente. No les basta el estado palestino, aspiran a la eliminación de Israel. Pero hay más, en la destrucción de Israel los islamistas no sólo ven la destrucción de todo un pueblo, sino que ven su victoria sobre lo que consideran que es la cabeza de playa en tierra del Islam del mundo occidental. El pequeño Satán, Israel, sólo se entiende en relación al Gran Satán, América. La derrota de Israel es el primer paso de la derrota de Occidente. De nosotros. Por eso es tan importante que Israel siga siendo un país próspero y libre. Por eso es tan importante para nosotros que Israel siga existiendo. Y debería serlo también que pueda hacerlo en unas condiciones libre de amenazas, lluvia de cohetes katiuskas y de terroristas suicidas. El pueblo de Israel debe contar con nuestro apoyo para vivir libre de bombas, dentro de unas fronteras reconocidas y defendibles. No es una aspiración desorbitada, me parece. Un primer paso es parar en seco a Ahmadinejad. Las protestas orales por la convocatoria de la Conferencia contra el Holocausto están bien, pero son del todo insuficientes. Mientras nuestros diplomáticos se expresan enérgicamente, el presidente iraní le sigue diciendo a su audiencia que los días de Israel están contados. Así como la Unión Soviética fue derrotada y no existe hoy, muy pronto el régimen sionista será eliminado gracias al deseo de Aláh fueron sus palabras del pasado martes en Teherán. Aún peor, mientras el gobierno de Rodríguez Zapatero se empeña en liarse con Irán en su niña bonita exterior, la Alianza de Civilizaciones, los iraníes siguen su curso imparable hacia el arma atómica. Con sus continuas provocaciones, Teherán se ha hecho merecedora de represalias por nuestra parte. Las sanciones económicas y personales contra sus dirigentes son un primer paso necesario. uede que Irán nos parezca muy lejano. Pero si abandonamos a Israel en estos momentos, estaremos cavando nuestra propia tumba. Los enemigos de Israel son nuestros enemigos. Nuestra existencia, en tanto que sociedades libres y prósperas, depende vitalmente de su existencia. Es nuestro deber moral y nuestro propio interés garantizar que Israel siga existiendo y llegue a vivir en paz. Y los Ahmanidejads del mundo deben saberlo. Como deben ser conscientes de que el Holocausto, por desgracia, sí existió y que no estamos dispuestos a aceptar un nuevo genocidio. Decírselo y hacérselo ver. Alto y claro. E L E P RAFAEL L. BARDAJÍ