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ABC VIERNES 15 s 12 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LOYOLA, LA INDOMABLE S LA METÁLICA FURIA DE LA MUERTE L murmullo de la muerte se adivinaba desde algunas esquinas antes de llegar a su corajuda manera de entender la vida. Ni siquiera todo el ímpetu de una mujer resuelta en gobiernos podía ser capaz de frenar esa tarántula incansable del adiós prematuro. Loyola, la que brindaba con una copa de cielo redondo en cada idea, ha tomado la trocha de la leyenda varios años antes de su turno con la prisa de las inmortalidades absurdas, con la precipitación de las biologías equivocadas. Hoy leerán en la prensa, escucharán en todos los medios, obituarios generosos de todos aquellos que la conocieron y que supieron de la blanca tozudez de una hembra que en su pensamiento tenía más de un renglón en el que todos podríamos encontrarnos cualquier tarde de visita. En esta Europa de luces desorientadas ella era capaz de volverse la llama repentina a la que acogerse en los días de frío conceptual: resolutiva, directa, pertinaz e impenitente, De Palacio despreciaba el tiempo muerto tal y como ahora la muerte, el fin de todos los milagros, no ha querido despreciarla a ella. Una mujer que supo CARLOS resolverle al sector aceitero español HERRERA las consecuencias de las embestidas de un becerro austriaco es una mujer que no puede ser olvidada con el trámite simple de un lamento. Una mujer que ejerció la libertad personal desde la fidelidad a una pauta de comportamiento políticamente en desuso no puede caer en la simple estadística de personas fallecidas ayer en Madrid. Harta de pensamientos mudos, Loyola dio varios pasos al frente sabiendo dar, en la imposible fraseología de la política española, algunos pasos al lado; verbalizó las inquietudes de muchos temerosos algo renuentes a manifestar una ideología acomplejada; mostró sin recato devociones religiosas que jamás le impidieron ser al- E guien de su tiempo; ejerció el poder desde la determinación y la convicción sabiendo combinar eficazmente ambas con la imprescindible necesidad de la seducción ideológica. No es poco. Habiéndola visto desplegar el encanto de su hielo caliente, uno piensa si la historia no nos estafa en demasía privándonos de una coqueta dama de acero y miel a la que acudir en tiempos de desorientación e indigencia. Esas piedras grises en las que crece la pena se acumulan en el camino que lleva al norte, allá donde ha ido a parar su voluntad irredenta de vasca sin diáspora, de española a horario completo. Las brumas recién levantadas de Marquina, a hora de hoy, se abren pudendas y religiosas para ceñir de tierra su cintura en un adiós de madera temprana. Esa cierta hierba fresca que brillaba en sus ojos y que viene creciendo desde que se puso la historia en posición de firmes se acomoda definitiva en el costado caído de aquellos que ya son memoria. En sus últimos días, vividos a tientas, ignoro si habrá podido diagnosticar el estado de salud del país que tanto amó: de haber sido así, de haber mantenido los ojos abiertos hasta el parpadeo definitivo, Loyola habrá clavado el alfiler afilado de su superioridad en el deprimente escenario de medianía con el que se despacha la gestión diaria de las cuitas y las cosas. En qué poco se quedan las solemnidades de los vivos, las mediocridades de los vendedores de delirios, cuando se oye el golpe agudo de los cierres de zinc. No es la vida, al fin, la que te mata; es la metálica furia de la muerte la que llama violenta a la puerta de los adentros. Su rostro matinal, emboscado en la gravedad silente de sus maneras, viene a ser ahora un esbozo de luna que se asoma sobre su nombre aún por desdibujar. Estos dolores de vieja arboleda en el pecho de los suyos nos dicen que hay hoy, dos lunas después del adiós, un lento cauce de lágrimas saladas con sabor a deriva. I hubiese sido de izquierdas, el feminismo le habría erigido monumentos en vida; entre otras cosas fue, como vicepresidenta de la Comisión, la mujer española que más alto ha llegado en Europa. Como era del PP admiraba a Fraga, servía a Aznar y creía en España, le colocaron remoquetes zumbones y sambenitos injustos, que sólo le quitó ayer, con dignidad que le honra, la vicepresidenta De la Vega en un elegante elogio parlamentario. Guerra la bautizó como la monja alférez un mote envenenado que jamás habría dirigido a una correligionaria, peIGNACIO ro que en el fondo venía a CAMACHO admitir la corajuda tenacidad de su carácter arrollador, indómito y porfiado. Más que como una monja alférez, Loyola combatía los problemas con el ímpetu de un sargento de lanceros bengalíes, y se bebía la vida a tragos largos y secos como una heroína de Chavela Vargas, cuyas rancheras le vi cantar una noche en Jaén, siendo ministra de Agricultura, tras pelearse a trompadas con el comisario Fischler para salvar las subvenciones a los olivos. Fischler, que era un ogro austríaco capaz de comerse las aceitunas crudas en el árbol, la admirabatantocomotemíasu combativa perseverancia. Esa terca insistencia con que se fajaba contra los italianos por las cuotas agrícolas españolas, y que más tarde, desdesu puesto en la UE, le sirvió para imponerse a la burocracia bruselesa en tareas de una eficacia silenciosa, como acabar con el overbooking de las líneas aéreas o poner en marcha el proyecto de la sonda Galileo. Le gustaba la política real, la que sirve para cambiar las cosas más allá de las intrigas de pasillo y las conspiraciones de salón, y se aplicaba a los proyectos con un denuedo implacable y un entusiasmo sin matices ni fisuras. Quizá por esonoperdía tiempoen maquillarse; era de esas mujeres que confían para iluminarse la cara en la fuerza interior que emana del espíritu y se proyecta en la lealtad abierta de una sonrisa. LoyoladePalaciovivía como un tiro: conducía a toda velocidad, navegaba a todo trapo, cantaba a toda voz y se sumergía a pulmón libre. Cuando empezó a dolerle la espalda creyó que era una molestia del submarinismo, y descreyó de su tos sospechosa pegándoletientosa unabotelladejarabe. Al saber que le había traicionado el cáncer reaccionó como siempre que se le planteaba un reto: levantando la caray apretandolos dientes para ofrecer una nueva batalla. Ésta era de las que casi siemprese pierden, pero en su breve curso no le faltó entereza para pelear con el mismo coraje con que defendía todas sus causas. En la hora del adiós me cabe la duda de si su partido supo aprovechar, una vez fuera del poder, el caudal de energía de esta mujer tan valerosa y consistente, cuya agenda era una mina de influencia y de prestigio. Una mujer que, sin hacer jamás bandera de feminismos sectarios, mostró con su impetuosa pujanza el alcance moral de una igualdad sin complejos. Qué digo igualdad; ya quisiéramos ver en la política española muchos hombres capaces de llegarle al tacón de sus zapatos.