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ABC JUEVES 14 s 12 s 2006 Tribuna Abierta ESPAÑA 33 Javier Zuloaga Escritor ALGO SE CUECE EN BARCELONA LGO se cuece en Barcelona, y no me refiero con ello ni al asunto de las banderas, provocado al parecer por un funcionario subalterno que, con gran celo, quería ser más nacionalista que el nuevo consejero de Gobernación, ni a la gran resaca que, entre la clase política, ha producido el hecho de que un no nacido en Cataluña, con dominio aún imperfecto de la lengua catalana y venido, ahí es nada, del Gobierno de Madrid, esté al frente de la Generalidad, sin que pase, como debe ser, absolutamente nada. En Barcelona se cuece el caldo del gran debate social sobre la vivienda, ese derecho que, según nuestra Constitución, acompaña a todo español por el simple hecho de serlo. El problema va tomando otro color, más preocupante, al margen de que su precio tenga mayor o menor grado de desaceleración, términos acuñados para mayor consuelo de los menos adinerados para quitarle hierro a la evidencia de que no se producirán grandes oscilaciones a la baja. Los movimientos okupas han brotado como un sarampión potente en Barcelona, buscando la vulnerabilidad de un Gobierno que comienza, y puede que también la paradoja de que el nuevo responsable autonómico del orden público pertenezca a un partido que ha planteado públicamente la despenalización de la ocupación A gítimos de la misma manera que lo hacen en las grandes superficies comerciales o en la alimentación. La diferencia, sin embargo, es que se puede doblar la vida de una camisa o concentrar en las proteínas necesarias en los garbanzos mientras se enmarca una foto de un solomillo y se cuelga en la cocina, pero no existe cintura posible para ajustar a la talla de cada uno el precio del metro cuadrado. Y en ese contexto, los movimientos okupas han brotado como un sarampión potente en Barcelona, buscando la vulnerabilidad de un Gobierno que comienza y puede que también la paradoja de que el nuevo responsable autonómico del orden público pertenezca a un partido que ha planteado públicamente la despenalización de la ocupación, esa suerte de hecho consumado de estos nuevos conquistadores de la propiedad ajena a la sombra de la cultura y el ejercicio de los juegos malabares circenses. asalta esta reflexión tras los sucesivos episodios ocurridos en Barcelona desde el pasado mes de septiembre, referidos todos ellos a la vivienda. No había acabado el verano cuando la autodenominada Asamblea Popular por una Vivienda Digna reunió a más de 5.000 personas en la plaza de Cataluña para hacer pública demostración de que el asunto se podía convertir en bandera. Algún diario completaba la crónica con una desalentadora información acerca de la imposibilidad de encontrar un piso por debajo de los 240.000 euros, más de cuarenta millones de pesetas a cincuenta kilómetros de la capital catalana, y pocos días después las tertulias radiofónicas profundizaban en el asunto. No se trataba ya sólo de espantarse y rasgarse las vestiduras por los aumentos exponenciales de los precios de la vivienda, que hace volar la imaginativa ambición de quien ya ha comprado y aleja la meta soñada de quien ha de conformarse solamente con pensar hacerlo, sino del oscuro y extenso horizonte que las nuevas generaciones de españoles tienen por delante para poner el cimiento de su independencia personal, el cimiento de la vivienda propia. Tras aquella manifestación, el Gobierno de España aplazó, con difíciles argumen- Me tos, la cumbre de ministros de la Vivienda de la Unión Europea, seguramente bajo el temor a un aprovechamiento del nuevo escenario sensible nacido en torno a la vivienda por manifestantes más o menos organizados. Que el sector de la construcción es un gran negocio resultaba evidente desde hace muchos años, pero esa gran verdad ha ido apalancándose en la conciencia de los ciudadanos como algo desmedido, y no son pocos quienes sienten irritación al ver cómo los grandes protagonistas de la vida pública tienen, en algunas ocasiones, fortunas sostenidas sobre el desbocado negocio del metro cuadrado y el ladrillo. La actualidad okupa ha recibido además un auténtico brindis al cielo de la ministra de la Vivienda al afirmar que lo de estos inconcretos movimientos ideológicos poco tiene que ver con la cuestión (la vivienda) sino que se trata simplemente de una alternativa de vida diferente actualidad es a veces caprichosa o alguien mueve hábilmente sus hilos, porque lo cierto es que en los últimos meses la sombra de la sospecha ha comenzado a planear sobre el problema, una corrupción que se ha llevado a prisión a alcal- La des de comunidades tan alejadas como Canarias, Andalucía y Baleares. Caro, carísimo y además sucio. He ahí dos elementos, el primero evidente y el segundo que, por extensión tan fácil como injusta, se sobrentiende para quienes se juegan sus dineros y obtienen sus beneficios le- cisiones judiciales y en las declaraciones políticas, un colchón cómodo, tal vez mucho más del que soñaban cuando se instalaron en las viejas fábricas de Can Ricart, que tienen dueño legítimo. La Justicia no ha visto urgencia en la orden de desalojo y ha echado a andar el lento reloj que acompaña a la mayoría de los sumarios que se instruyen en España por la vía ordinaria. La actualidad okupa ha recibido además un auténtico brindis al cielo de la ministra de la Vivienda, María Antonia Trujillo, al afirmar que lo de estos inconcretos movimientos ideológicos poco tiene que ver con la cuestión (la vivienda) sino que se trata simplemente de una alternativa de vida diferente a la de la mayoría de los mortales. Sin dejar de ser evidente, que lo es, lo cierto es que la reflexión ministerial, por una cuestión de rango, pudiera animar a los indecisos y elevar imprudentemente el nivel del problema. Viene a mi cabeza esa interesante descripción de los movimientos sociales por la justicia global del libro del profesor Manel Castells, La Sociedad en Red en el que uno de sus colaboradores, Jeffrey Juris, describe la potencia del MRG, el Movimiento por la Resistencia Global, nacido y acuartelado en Cataluña, y explica de qué manera los fundamentos anarquistas del fenómeno antisistema saben buscar sus mensajes y su propia justificación en las grandes desigualdades. Si esto es válido para lo que ahora se cuece en Barcelona, la vivienda, ese gran problema nacional, se nos habrá ido bastante de las manos. Yhanencontrado, enlasde-