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ABC JUEVES 14 s 12 s 2006 OPINIÓN 3 LA TERCERA GALBRAITH Y FRIEDMAN Los dos, sin embargo, cada uno en su estilo, fueron importantes y tienen casi con toda seguridad un lugar asegurado en el panteón de los economistas ilustres. Friedman tiene mayor atractivo para la economía preponderante actual frente a Galbraith, debido a que da la apariencia de ser más riguroso por el uso que hace de las matemáticas y la estadística para sustentar sus propuestas teóricas... N el año 2006 han muerto dos grandes economistas del siglo XX: Galbraith y Friedman. El primero falleció en mayo a los 98 años de edad, el segundo en noviembre a los 94. Ambos, pues, han sido longevos. Friedman fue premio Nobel de Economía, Galbraith no. Aquel, profesor en la Universidad de Chicago, éste de Harvard. Los dos hicieron programas de televisión de carácter divulgativo de sus ideas, que eran contrapuestas. Galbraith era keynesiano e institucionalista, seguidor de algún modo de la tradición de Veblen. Friedman era defensor del libre mercado y crítico con las políticas públicas. De hecho, Friedman construyó sus planteamientos contra Keynes, y como dice Alain Minc en Los profetas de la felicidad (Paidós, 2005) Sin Keynes, Milton Friedman no hubiera sido, sin duda, más que un simpático investigador en el límite de las matemáticas, la estadística y la economía Soy consciente de que para muchos economistas académicos actuales, apresados por los comportamientos convencionales, por la estrechez metodológica y de enfoque de la economía actual, estos dos profesores universitarios no son comparables, pues mientras que Friedman usó el rigor empírico para sustentar sus presupuestos teóricos, a Galbraith se le consideró más sociólogo o literato, teniendo estos calificativos un tono despectivo, que economista riguroso. De hecho, Friedman le calificó en su Contra Galbraith como un misionero que intenta reclutar adeptos Samuelson, por su parte, dijo de él que era el economista americano más conocido para los no economistas. Krugman, en Desarrollo, geografía y teoría económica (Antoni Bosch, editor, 1997) dice: Bueno, tener un doctorado- -incluso cuando se ha conseguido el reconocimiento profesional- -no es garantía de que tus ideas sobre economía vayan a ser tratadas con respeto. Vean si no a John Kenneth Galbraith o a Lester Thurow, ambos economistas muy reconocidos por el público en general, ambos poseedores de todos los títulos formales y ambos totalmente ignorados por la gran mayoría de los economistas académicos E más riguroso por el uso que hace de las matemáticas y la estadística para sustentar sus propuestas teóricas, y esto, sin lugar a dudas, hoy en día gusta más que los trabajos que no disponen de ese aparato cuantitativo. A veces se dan por buenos estos estudios sin cuestionarlos, y da la impresión de que todo lo que se encuentra bien revestido en términos cuantitativos ya de por sí es valioso. Por contra, no se considera si realmente, sin necesidad del uso de instrumental cuantitativo, se están haciendo análisis pertinentes y si se identifican cuestiones importantes que no se recogen y son ignoradas en los modelos económicos matemáticos. or ello Galbraith ha tenido el gran acierto, recogiendo la tradición institucionalista, de ser capaz, lo que no es nada fácil, de tener en cuenta en sus análisis factores no contemplados por la economía más tradicional, como la concentración del poder económico y la necesidad de encontrar poderes compensatorios, el papel del complejo militar industrial, el funcionamiento de lo que denominó como tecnoestructura, y adentrarse en el estudio de la pobreza, entre otros muchos temas que abordó. Para entender la sociedad actual de un modo global, y no solamente en sus aspectos monetarios, es necesario acudir a Galbraith. Friedman, en su afán polémico con el saber establecido en la economía de los años cincuenta y sesenta, lleva acabo trabajos sesudos, como Teoría de la función de consumo, de 1957, y sobre todo, junto con Anna la que es realmente su obra magna: Una historia monetaria de los Estados Unidos 1867- 1960, publicada en 1963. De la elaboración de ese trabajo monumental deduce sus presupuestos teóricos, pues Friedman no fue nunca un gran teórico, como pudo ser Keynes, sino P que de sus trabajos empíricos extrae las conclusiones teóricas. Bien es cierto que él acusaba a Keynes de que sus proposiciones teóricas no estaban sustentadas en análisis empíricos y que por ello dejaban mucho que desear. Friedman puso sobre el tapete la importancia de la política monetaria, que estaba entonces jugando un papel secundario frente el auge de las políticas fiscales, y generó una gran polémica que estimuló al dormido mundo académico más convencional. Las proposiciones de Friedman en los años sesenta no eran bien acogidas en un contexto en el que dominaba, tanto en la teoría como en la práctica, el keynesianismo, pero en la década de los setenta recogió sus frutos. La concesión del premio Nobel en 1976 le dio un gran respaldo académico, y la crisis de esos años hizo que bastantes economistas, incluso anteriormente keynesianos, le prestaran atención. Sus postulados se comenzaron a poner en práctica en la década de los setenta en países de América Latina, como Chile y Argentina, y en los ochenta en países desarrollados, fundamentalmente en Estados Unidos y Reino Unido. os destrozos sociales causados por estas políticas han provocado un determinado retroceso de esos postulados, y si miramos hacia atrás, aun cuando se respete el trabajo serio y riguroso de Friedman, no tanto de sus ideas tan fundamentalistas del mercado, la verdad es que a pesar de lo dicho anteriormente, de que tiene un lugar reservado en la historia del pensamiento económico, sus planteamientos teóricos se han desvanecido más rápidamente de lo que cabría esperar. Si además abogamos por el progreso en un sentido amplio, éste no llegará nunca de la mano sólo del libre mercado, tal como la historia, tan tozuda como siempre, se ha encargado de demostrar. Por otra parte, resulta evidente que el análisis económico, aparte de los modelos, no puede prescindir de las variables institucionales, históricas y sociales, camino por el que Galbraith transitó, por lo que ofreció una visión más amplia acerca de los múltiples problemas que nos acucian, y que no deben quedar reducidos, en ningún caso, a esquemas monetarios. Es más, para lograr una sociedad con mayor grado de justicia y de equidad, que combata la pobreza y la exclusión, y que tenga en cuenta el medio ambiente, resulta más recomendable seguir las proposiciones de Galbraith que proporciona en Una sociedad mejor (Crítica, 1996) que las de Friedman. Y nos ayudan más- -aunque esto es considerado una herejía- -las enseñanzas que se pueden extraer del primero que las del segundo, que deben quedar más bien como una experiencia fracasada del pasado que como recomendaciones válidas para el presente y el futuro. L A nte estas afirmaciones, habría que preguntarse cómo es que entonces Galbraith fue tantos años profesor de economía en la prestigiosa Universidad de Harvard. Sin duda, las críticas que se le hacen es porque en el mundo académico dominante se considera que una idea que no se modeliza no puede tomarse en serio. Además de que no se puede obviar el hecho de que sus enfoques resultaban ciertamente incómodos para la economía convencional. Los dos, sin embargo, cada uno en su estilo, fueron importantes y tienen casi con toda seguridad un lugar asegurado en el panteón de los economistas ilustres. Friedman tiene mayor atractivo para la economía preponderante actual frente a Galbraith, debido a que da la apariencia de ser CARLOS BERZOSA Rector de la Universidad Complutense de Madrid