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36 INTERNACIONAL Chile afronta su futuro sin Pinochet MIÉRCOLES 13 s 12 s 2006 ABC Una Policía secreta sin fronteras La DINA nació como un organismo dedicado a derrocar cualquier resistencia al régimen militar. El ex jefe del Ejército Carlos Prats, el ex ministro Orlando Letelier y el ex vicepresidente Bernardo Leighton estuvieron en su punto de mira POR LIBIO PÉREZ CORRESPONSAL SANTIAGO DE CHILE. Un día de octubre de 1973, a menos de un mes del golpe de Estado, el entonces dictador Augusto Pinochet recibió en sus oficinas a un desconocido coronel de Ejército a quien le encargó la misión de formar un organismo dedicado exclusivamente a derrotar cualquier resistencia al régimen militar. Nacía la temida Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) El coronel Manuel Contreras recibió de Pinochet carta blanca para crear la policía secreta del régimen militar, podía disponer de fondos reservados para sus operaciones, contratar a civiles y pagar por información, además de una autorización para sacar de cualquier rama de las Fuerzas Armadas a los efectivos que pasarían a formar la DINA. La DINA- -que tendría existencia legal desde abril de 1974- -sería encabezada como director ejecutivo por el coronel Contreras, pero sólo respondería a las órdenes de Pinochet, saltándose a todo el cuerpo de generales e incluso a los otros miembros de la Junta Militar. Según informes oficiales, la DINA fue responsable de los casi 3.000 muertos que dejó la dictadura, entre ejecutados y detenidos desaparecidos en Chile. para preparar la inteligencia en terreno de un atentado contra el ex comandante en jefe del Ejército, el general Carlos Prats. Semanas después, el 30 de septiembre, el agente Michael Townley activó una bomba escondida bajo el automóvil del ex jefe militar que le quitó de inmediato la vida. También murió su esposa, Sofía Cubhert, que le acompañaba. Prats- -de enorme prestigio y ascendencia en el mundo castrense- -había sido el jefe militar que recomendó a Pinochet ante el presidente socialista Salvador Allende para que asumiera el mando del Ejército. Pese a su exilio en Argentina, Pinochet veía en Prats una amenaza. Después de 30 años, 16 personas- -la mayoría de la DINA- -fueron condenadas por este crimen, pero Pinochet logró eludir el juicio. En 1975, el neofascista italiano Stefano delle Chiaie, prófugo de la justicia en su país por diversos atentados terroristas, llegó a Chile como huésped de la DINA y fue atendido por Michael Townley, quien coordinó sus reuniones con los jefes del organismo. El 5 de octubre de 1975, Delle Chiaie y un comando ultraderechista atentaron contra ex vicepresidente de Chile Bernardo Leighton, y su esposa, Anita Fresno, quienes vivían exiliados en Roma. Ambos lograron sobrevivir al ataque, aunque quedaron con graves secuelas. Leighton, era percibido como un eventual presidente en el exilio. Con el respaldo de Pinochet, en 1974 Contreras invitó a Santiago a los jefes de los organismos de inteligencia de los países del cono sur de América Latina, para coordinar un plan conjunto de lucha contra la subversión y el comunismo El Plan Cóndor como lo bautizó el propio Contreras, tuvo su sede en Santiago y marcó el inicio de una cooperación, intercambio de informaciones, acciones conjuntas para secuestrar a subversivos intercambio de prisioneros y ejecución de los mismos, que involucró a Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil. Asesinato en Washington En 1976, el subjefe de la DINA, el entonces coronel Pedro Espinoza, ordenó a Townley y al capitán Armando Fernández Larios liquidar al ex canciller Orlando Letelier, que vivía exiliado en Washington. Ambos agentes de la DINA ejecutaron la misión el 21 de septiembre de 1976. Letelier, al igual que Escuela de las Américas Contreras, un militar especializado en Inteligencia y formado en la Escuela de las Américas en Panamá, reunió en un regimiento del puerto de San Antonio a unos 500 efectivos de las Fuerzas Armadas y comenzó el entrenamiento en técnicas de torturas con los mismos prisioneros que estaban allí. Si bien la represión de la DINA comenzó a operar de inmediato y creó más de dos centenares de cárceles clandestinas en todo el país, arrestó a millares de opositores a la dictadura y desarrolló técnicas especiales para hacer desaparecer los cuerpos de las víctimas, su acción no se detuvo en las fronteras de Chile. Un comando de la DINA viajó a Buenos Aires a inicios de septiembre de 1974, bajo el mando del jefe exterior del organismo, el hoy general retirado Eduardo Iturriaga Neuman, Estado en el que quedó el coche de Letelier tras el atentado de la DINA el 21 de septiembre de 1976 en Washington, donde vivía exiliado AP Ivan Jaksic Director del Programa de la Universidad de Stanford en Chile INTELECTUALES Y PINOCHET L a semana pasada fue complicada para todos los chilenos, y los intelectuales no han sido ajenos a esta experiencia. El dictador llegó gravemente enfermo al Hospital Militar, pero la opinión inmediata de al- gunos fue que la coincidencia con el último proceso judicial era demasiado grande. Se llegó incluso a pensar que se trataba de una distracción más para evitar las molestias de un nuevo procesamiento. Además, Pinochet, hasta el mismo día de su muerte, presentaba señales de clara mejoría. Y de pronto, muy súbitamente, falleció después de intentos frenéticos de recuperación a las 14: 15 pm del 10 de diciembre, sorprendiendo a los chilenos en medio de su tradicional y relajado almuerzo del domingo. A pesar de los altos y bajos, la opinión de los intelectuales no variaba mucho de la del resto del país. La figura del dictador iba opacándose en medio de otras prioridades y problemas, aunque con la tarea pendiente de lo que sería el legado de su muerte, y su evaluación de largo plazo. La claridad cada vez mayor respecto de las violaciones de los derechos humanos, y del papel directo que le cupo a Pinochet, además de la revelación de fondos ocultos, habían cristalizado una imagen del dictador como un ejemplo cada vez más obvio de los abusos de poder que ninguna retórica podía ya esconder. Pero los intelectuales se preocupan ahora de lo que significa incorporar a Pinochet a la historia, ya sea como un ejemplo más de una tradición autoritaria que late aún en la vida política del país, o de una excepción en la larga tradición republicana nacional. Y sobre todo, de la medida en que la actual situación del país, favorable en lo macroeconómico, se debe a los cambios introducidos por el régimen de Pinochet. Sin embargo, quedan heridas abiertas, como lo demuestran las opiniones encontradas que han salido como un torrente en las últimas horas. Los intelectuales enfrentan, en este momento, la difícil búsqueda de una interpretación ponderada de lo que es el legado del general, incluyendo elementos favorables, en el contexto de entender su período en el poder como uno de los peores momentos en la historia del país.