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32 INTERNACIONAL Muere Pinochet sin ser juzgado LUNES 11 s 12 s 2006 ABC EL ACOSO COMENZÓ EN LONDRES El periplo de Augusto Pinochet por el Reino Unido marcó el principio de lo que sería ya un constante cerco de la Justicia, que le perseguiría hasta su mismo lecho de muerte. Una peripecia judicial algunas veces bufa y las más de ellas dramática, de la que siempre logró zafarse por alguna triquiñuela legal der de secuestros, asesinatos y desapariciones. Cierto. Pinochet, en un alarde de cinismo y simulación, logró escapar a esa suerte basándose en unos informes médicos evidentemente sesgados, pero que le sirvieron al gobierno británico para quitarse el incordio de encima, pasando por encima de las resoluciones judiciales y decidiendo que Pinochet fuera repatriado a Chile debido a su estado de salud mental Y así fue, una mañana gris, un gris avión de la Fuerza Aérea chilena recogió en un aeropuerto de Lincoln al ex dictador en su silla de ruedas, un viejo derrotado, compungido, triste... Que se transformó en un anciano animoso que dejó esa silla y saludó con grandes risas a quienes le esperaban al pie del avión a su llegada a Santiago. La imagen de un pillo siniestro, no de un general con hombría. Claro que no fue este el único timo del dictador. Cuando se comprobó que su estancia en la capital inglesa se prolongaría, hizo ver a sus amigos que andaba fatal de dinero y desde luego no tenía para alquilar la lujosa villa en las afueras de Londres donde permaneció esos quince meses en detención domiciliaria. ¿Y de dónde va a salir el dinero? ¿Qué va a ser de tu familia? Sólo tenemos tu pensión? le decía su esposa Lucía para que todos la oyeran. Esos amigos, como Lord Lamont y la misma Margaret Thatcher, se movilizaron en agradecimiento a la ayuda que les prestó Pinochet durante la guerra de Las Malvinas. Luego resultó que el aliado ocultó en el extranjero una cantidad de dinero que le hubiera permitido vivir como un duque en el Reino Unido, no durante unos meses, sino toda su vida. Todo comenzó aquel 28 de octubre, cuando el juez Garzón, que ya había sido noticia durante el verano (una vez más) al anunciar su intención José Manuel Costa urante quince meses, entre el 28 de octubre de 1998 y el 2 de marzo de 2000, el caso Pinochet se paseó por todas las instancias judiciales británicas, dejando tras de sí una historia de horrores y una jurisprudencia que acabó reconociendo la responsabilidad de Pinochet en miles de crímenes de lesa humanidad (ahora contra la Convención Internacional de los Derechos Humanos) La Justicia británica abrió las puertas para que Pinochet fuera extraditado a España y se sentara en el banquillo de los acusados frente al juez Garzón para respon- D de iniciar procedimientos legales contra el ex dictador, fue informado de que éste se hallaba de visita en Londres para resolver unos asuntos de empresa (un negocio de armas probablemente) y ser tratado de una afección menor en un hospital de la capital británica. Garzón envió de inmediato una solicitud de extradición plagada de errores (luego corregidos a toda prisa ante indicaciones de los abogados británicos que actuaban como fiscales) pero que sirvió para una escena dramática y sin precedentes: la de unos bobbies explicándole en el hospital que quedaba detenido, ¡a todo un ex jefe de Estado que encima había sido aliado una guerra! Después vino la larga historia judicial que se mencionaba. Nada menos que dos tribunales de los Lores, la más alta instancia del país, escucharon las extensas aportaciones de la acusación y la defensa. Por allí pasaron toda la gama de tortu- La Justicia no ha permitido que disfrutara sus últimos años; su memoria no será la que él deseaba ras y métodos represivos utilizados por la dictadura militar chilena. O expresiones tremendas, como la afirmación de una abogada de Pinochet que les espetó a los Lores: Según está la ley inglesa, si Hitler reviviera y se paseara por las calles de Londres, no habría capacidad para condenarle Pero también visitamos otras instancias como la High Court o uno de los juzgados de primera instancia con mayor carga histórica en todo el mundo, los de Bow Street. Descubrir el peculiar funcionamiento de la Justicia británica en semejantes condiciones supuso un choque notable. Por lo prolijo y, vista la solución final, por lo impredecible. En todo caso, se había roto el aura de inmunidad que rodeaba a uno de los más cínicos personajes públicos del pasado siglo, incapaz de mostrar, no ya arrepentimiento por sus actos, sino la más mínima muestra de condolencia hacia quienes sufrieron los efectos de una represión salvaje. Pinochet ha muerto en un hospital en vez de en una cárcel. Pero la Justicia- -la internacional y la de su propio país- -no ha permitido que disfrutara los últimos años de su vida y le ha señalado como autor de los crímenes más execrables. Su memoria no será la que él deseaba.