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ABC LUNES 11 s 12 s 2006 ESPAÑA 25 EL OBSERVATORIO Germán Yanke EL PLACER DE DESTRUIR AL ADVERSARIO Vivimos en el paraíso artificial de quienes quieren salirse con la suya antes que ser razonables, hasta el punto de que el falso debate parece centrarse en demostrar que sólo se preservará la sociedad democrática si gobiernan los de un lado H AY un tipo de argumento en el que lo importante no es la coherencia interna sino el resultado satisfactorio para los prejuicios de quien lo pone en funcionamiento. Si la conclusión me agrada o agrada a los que considero míos, tiene que ser, además de útil, correcto. Como no siempre es fácil dar incluso la apariencia de que lo que se pone en juego es un argumento, ya que necesita al menos el esfuerzo de dotarlo de una cierta estructura, podemos añadir que hay gestos cuya única justificación es la satisfacción íntima que producen, íntima pero comunicable a los propios. Me parece que este modo de presentarse en el escenario de la política es hoy, en España, el más habitual. Por ejemplo, el objetivo de la izquierda se reduce a menudo a demostrar- -o más bien a mostrar- -que el PP es la extrema derecha, inmovilista, incapaz de moverse en la modernidad y de encarar las reformas que se demandan por estar anclado en un pasado antidemocrático. Si los argumentos y los gestos, por inconsistentes y absurdos que sean, alcanzan esa conclusión, se dan por buenos porque producen una satisfacción que resulta estar vedada a la inteligencia y al espíritu crítico. La derecha no escapa tampoco a este procedimiento. El argumento válido el que emociona y congratula, es frecuentemente el que termina con un PSOE de raíces totalitarias y antidemocráticas que pretende destruir todos los valores de la sociedad occidental, entre ellos España, que sería el bien moral que se opone a las conquistas revolucionarias. Si basta con las diferentes versiones de este esquema, unas más espectaculares que otras, para enardecer, ¿para qué otras sutilezas con las que cuesta tanto cautivar? rio, incluso la aceptación parcial de sus argumentos, supone el derrumbe. Y si hay que restaurarlo, porque se ha perdido, no se pueden aceptar ni la legitimidad efectiva ni los puntos de vista de quienes lo han arrebatado. Esta semana pasada, celebrando precisamente la Constitución vigente, el líder de la oposición y el presidente del Gobierno no se saludaron, como gesto paradigmático de lo que ocurre en la política española. Buena parte de la estrategia gubernamental es dejar fuera de juego al PP. Buena parte de la de la oposición es demostrar hasta qué punto desprecia al presidente y los suyos. Mariano Rajoy, en la última Conferencia celebrada por su partido- -en esta ocasión para tratar del modelo de Estado- -situaba la única solución posible en el momento en que no sólo gobernara el PP, sino que también haya desaparecido Rodríguez Zapatero de la política. El presidente ha reiterado que la solución, por el contrario, ya nos refiramos a la reforma constitucional o a lo que se ha dado en llamar proceso de paz se logrará cuando los partidarios de Rajoy le aparten y se coloquen junto al Gobierno socialista. La falta de saludos no es un problema de cortesía: es un síntoma de cómo están las cosas. El Vivimosenelparaísoartifi- cial de quienes quieren salirse con la suya antes que ser razonables, hasta el punto de que el falso debate parece centrarse en demostrar que sólo se preservará la sociedad democrática si gobiernan los de un lado. Si ha ocurrido o puede ocurrir lo contrario, sería una suerte- -o mala suerte- -de excepción histórica que hay que resolver sin contemplaciones. Mientras se soporta la excepción o se trata de sostener el único camino viable, bastan esos argumentos y esos gestos consoladores. Pero lo razonable, en esa sociedad democrática y abierta que PP y PSOE dicen defender, es basar la discusión- -también la discusión encendida y profunda- -en un sustrato común que no se discute para el adversario. Es más, que se trata de mantener y construir juntos. No se defiende contra el otro, sino mediante aquella conversación que nos mantiene unidos a la que tantas veces se refirió don Miguel de Unamuno y que, más que incluirla, se basa en la confrontación democrática. El fundamentalismo en nuestras sociedades adquiere carta de naturaleza cuando se piensa que el fundamento de las mismas es sólo el gobierno de los nuestros Elfundamentalismoennues- tras sociedades adquiere carta de naturaleza cuando se piensa que el fundamento de las mismas es sólo y únicamente el gobierno de los nuestros. Hay que mantenerlo a toda costa porque el triunfo del adversa- La falta de saludos entre Zapatero y Rajoy el día del aniversario de la Constitución no es un problema de cortesía: es un síntoma de cómo están las cosas consenso que se predica es una trampa, porque sólo se pide el desistimiento del discrepante. No resuelve nada. Las coordenadas del debate parecen ser afirmar que el PP es enemigo de la paz y que el PSOE ya ha entregado la libertad. No resuelve nada. Si se reclama el entendimiento entre los grandes partidos, más allá de la retórica partidaria, se diría que se pide a unos y otros una debilidad inaceptable. Tampoco resuelve nada. Nos falta lo que Popper definía como una buena discusión, que no es aquella en la que uno se impone a otro, sino la que termina con los contendientes en una situación que no era exactamente la del comienzo. Este anquilosamiento puede producir en el entorno político una satisfacción similar a la de los argumentos consoladores: sólo nosotros tenemos la razón. Pero los problemas siguen ahí, sin resolverse, y los grandes retos- -también eso que se llaman grandes oportunidades- -se van poco a poco pudriendo. Cabe echar la culpa al adversario. Pero también, deshaciéndose del placer de hacerlo, descubrir cuál es el enemigo. Produce menos satisfacción, pero es más útil. Y, sobre todo, tiene más sentido.