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ABC LUNES 11 s 12 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL ERROR LAUREN L LAICISMO PARA PÁRVULOS L manifiesto evacuado por la facción gobernante con el muy evidente propósito de refutar la Instrucción de la Conferencia Episcopal nos deja estupefactos por muy diversas razones. A algunas se refería en su artículo de ayer, titulado Vuelta a las andadas Álvaro Delgado- Gal. Sorprende, en primer lugar, la elocución tartamuda del bodrio, su sintaxis traspillada e indecorosa; en esto, al menos- -sin entrar en otras consideraciones de fondo- no admite parangón con la Instrucción de los obispos, que saben organizar las frases y dotarlas de sentido. Superada la perplejidad que provoca la expresión paupérrima del bodrio, perturba su tono doctrinario y esquemático, que postula un lector con las neuronas arrasadas por el napalm. Así ocurre, por ejemplo, cuando se caracteriza la religión como factor que obstaculiza la convivencia social; afirmación que se disimula aludiendo a un presunto fundamentalismo monoteísta que sin embargo no se distingue de las prácticas y creencias religiosas sanas. Aquí se observa que los redactores del bodrio confunden la JUAN MANUEL laicidad del Estado (esto es, su sepaDE PRADA ración nítida de la Iglesia) con la perniciosa separación entre moral y política, que destruye los fundamentos del Estado. En el célebre debate que, desde posturas muy diversas, mantuvieron el filósofo Habermas y el entonces cardenal Ratzinger en la Academia Católica de Baviera, en torno a las bases morales del Estado liberal, se llegó a la conclusión de que la supervivencia del Estado dependía de la solidaridad de los ciudadanos, que podría agostarse por culpa de una descarrilada secularización de la sociedad. Por supuesto, los ciudadanos religiosos no pueden aspirar a imponer los dogmas que profesan al resto del cuerpo social, pero sí a ejercer legítimamente su influencia en el espacio público. Como sostiene Habermas, la supervivencia del Estado depende de una integración E política de los ciudadanos que no puede agotarse y no puede reducirse a una adaptación del hecho religioso a las normas impuestas por la sociedad secular, en términos tales que el ethos religioso renunciase a toda clase de pretensión Por el contrario, el orden jurídico y la moral social han de quedar conectados al ethos de la comunidad religiosa, de suerte que lo primero pueda también seguirse consistentemente de lo segundo En definitiva, Habermas propone entender la secularización como un doble proceso que obliga tanto a las tradiciones de la Ilustración como a las doctrinas religiosas a reflexionar sobre sus propios límites Pero el manifiesto evacuado por la facción gobernante no aboga por la sana laicidad del Estado, sino por lo que Habermas denomina una modernización descarrilada de la sociedad, en la que sus miembros se convierten en individuos aislados que actúan interesadamente, que no hacen sino lanzar sus derechos subjetivos como armas los unos contra los otros Que a esto, en fin, conduce el divorcio pleno entre religión y política. Cuando el Estado deja de respetar y cuidar aquellas fuentes culturales de las que se alimenta la conciencia normativa de una sociedad (y, desde luego, el cristianismo es fuente medular de la conciencia normativa de las sociedades occidentales) cuando el Estado no entabla diálogo con ellas, ignorando su valiosa contribución al bien común; cuando el Estado renuncia a la voluntad de aunar mentalidades religiosas y mentalidades agnósticas, y destierra a las primeras al ostracismo, tachándolas groseramente de fundamentalistas, la sociedad se descompone y entra en crisis. Pero sospecho que a los redactores tartamudos del citado bodrio nada les interesa tanto como la descomposición social. Aunque ignoran los rudimentos de la sintaxis, no desconocen en cambio que los individuos desvinculados, amputados de esas fuentes que alimentan la conciencia normativa de la sociedad, son infinitamente más frágiles y manipulables. Son párvulos con las neuronas arrasadas por el napalm. A gran paradoja de la moderna derecha española consiste en que su lealtad al proyecto de nación le cuesta en ciertas autonomías los votos que necesita para sostenerlo. En una España cuyo electorado se declara mayoritariamente de centro- izquierda y donde los nacionalismos periféricos gozan de una prima proporcional que multiplica el valor de sus sufragios, lo raro no es que la derecha haya podido gobernar alguna vez, incluso en mayoría absoluta, sino que no haya desaparecido como alternativa política. Éste parece el objetivo del actual Gobierno, mucho menos IGNACIO sensible que el felipismo al CAMACHO concepto de la unidad nacional y dispuesto, por lo que parece, a liquidar cualquier opción de recambio mediante una estrategia que convierte a los nacionalistas- -incluyendo su variante secesionista o radical- -en eje o bisagra de un proyecto que vacía de competencias el poder del Estado a cambio de mantener su titularidad. Esa pinza entre nacionalismo y socialismo ha atenazado al centro- derecha desde la refundación democrática, empujándolo en ocasiones a un laberinto sin salida. La muerte de Lauren Postigo, cuya voz de copla impostada de tópicos fue elegida por Suárez y Martín Villa como banda sonora del suicidio político de la UCD al invitar a los andaluces a la abstención en el referéndum autonómico de 1980, ha rescatado de la memoria reciente aquel mayúsculo error táctico que si no se ha repetido estos días ha sido gracias al instinto de Javier Arenas y a la prudencia de Mariano Rajoy. Entre ambos han impedido que los viejos demonios de la intransigencia resuciten el fantasma de un negacionismo sin matices, que el PSOE y sus aliados siempre han sabido agitar como emblema de la falsa incapacidad de la derecha para articular un proyecto moderado de gobernancia susceptible del respaldo de una mayoría social. Nos guste mucho o poco, para gobernar la España de la Constitución del 78 es menester modular una cierta flexibilidad entre el concepto de nación igualitaria y el diferencialismo autonómico, y el PP sólo podrá romper su aislamiento con un delicado ajuste fino de su estrategia, que aúne la firmeza en los principios y una cierta ductilidad táctica. Es decir, huyendo del error Lauren al que, en Cataluña como en Andalucía, en Valencia como en Galicia, lo quiere empujar un zapaterismo que se desentiende de cualquier responsabilidad histórica que tenga que ver con la idea de nación española. Difícil es, desde luego, sobre todo cuando el presidente del Gobierno proclama su indiferencia sobre ese concepto esencial- discutido y discutible -y se alía con unos socios que no sólo descreen de España, sino que se aplican con denuedo a desguazarla. Pero alguien tiene que demostrar aquí que un Estado descentralizado y plural no significa un Estado desigual y fragmentado. En vista de que la izquierda dimite de ese esfuerzo, es al PP a quien corresponde el desafío. Necesita cintura, cautela y un responso para la memoria del pobre Lauren Postigo, que acaso en su buena fe nunca comprendió hasta qué punto perjudicó a su propia causa.