Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 11 s 12 s 2006 OPINIÓN 3 LA TERCERA EL OCASO DE UN DICTADOR Desde el día que bombardeó el Palacio de la Moneda, la imagen de Pinochet está indisolublemente ligada a la de Salvador Allende, en una de las grandes paradojas del Chile contemporáneo. Hablar del fin del uno implica hablar del principio del otro... C ON 91 años moría Augusto Pinochet, como consecuencia de un agravamiento del infarto sufrido la semana anterior y del que se recuperaba en el Hospital Militar de Santiago de Chile. Esta noticia prácticamente coincidía en el tiempo con otra dada el fin de semana por el periódico británico The Independent, que informaba del cáncer de estómago que tendría Fidel Castro y de las remotas posibilidades de pasar del fin de año o, en su defecto, de durar sólo algunos meses. Más allá de la veracidad de la información, la venganza de la historia suele ser, a veces, retorcida y complicada. La posibilidad de que los dos mayores dictadores latinoamericanos del siglo XX murieran juntos hubiera sido algo digno de ser contemplado. No en vano, ambos sintetizan lo peor del totalitarismo y del autoritarismo criollo y retratan, mejor que muchos otros epígonos, los horrores de toda una época. Como no podía ser de otra forma, los sucesos que rodearon el último cuadro médico que acompañó al infarto de Pinochet de hace una semana atrás fueron objeto de polémica. Fueron muchos los que decían que era una nueva estratagema judicial, que esta vez tenía por objeto eludir la prisión domiciliaria a que estaba sometido como consecuencia del enésimo juicio penal en su contra como consecuencia de violaciones de derechos humanos. La utilización de la enfermedad no era algo nuevo. Venía ocurriendo desde el 16 de octubre de 1998, cuando fue arrestado en Londres por orden del juez Baltasar Garzón. Lo más patético fue la visión del viejo general, en silla de ruedas, levantándose de la misma con renovados bríos, tras aterrizar en suelo chileno el avión que finalmente lo devolvía a su país después de la peripecia europea. Sonaba paradójico que un militar de su graduación, que había hecho del valor a lo largo de toda su vida uno de sus valores más emblemáticos, se escondiera de esa manera detrás de las batas blancas de los galenos que con sus informes científicos podían descargarlo de sus responsabilidades jurídicas. ces desconocido para ellos. Tuvieron que esperar hasta el 11 de diciembre de 1989, con la elección de Patricio Aylwin, para que retornara la democracia. Desde el día que bombardeó el Palacio de la Moneda, la imagen de Pinochet está indisolublemente ligada a la de Salvador Allende, en una de las grandes paradojas del Chile contemporáneo. Hablar del fin del uno implica hablar del principio del otro y esto como consecuencia de la aventura golpista iniciada por Pinochet y sus seguidores. Eran los años negros en que muy pocos creían en la democracia en América Latina. No creían en ella ni la izquierda ni la derecha. La izquierda por tratarse de un fenómeno sólo formal y a favor de la burguesía, la derecha por abrir las puertas del comunismo. Como consecuencia, la mejor salida era o bien la revolución o bien un golpe de Estado, pero nunca, nunca, las elecciones, el disenso y la resolución negociada de los conflictos en el marco de un sistema democrático. ese al deseo de las muchas de las víctimas, y sus familiares, de sus horribles crímenes contra los derechos humanos cometidos durante los largos años de dictadura, Pinochet nos dejó sin haber sido condenado por la justicia de su país. No es éste el fallo de la historia y de la opinión pública chilena, que ya han emitido su duro veredicto. Por eso, no llama la atención el resultado de una encuesta publicada el domingo por la mañana (antes de conocerse la noticia de su muerte) por La Tercera, de Santiago, según la cual el 55 por ciento de los chilenos considera que Pinochet no debe ser enterrado con honores de Jefe de Estado. Es más, un 72 por ciento se niega a declarar duelo oficial y sólo un 51 por ciento aprueba P que las Fuerzas Armadas le rindan honores como Comandante en Jefe del Ejército. Se trata de un gran vuelco en el sentir de muchos chilenos, un vuelco que comenzó a vivirse tras su detención londinense. Todavía entonces, fuera de Chile y especialmente en España, posiblemente por el complejo de culpa por haber propiciado su detención, muchos temían en un rebrote autoritario. Eran los que especulaban con un golpe de mano militar contra un gobierno que luchaba por traerlo de vuelta pero no por reivindicarlo políticamente. Nada de eso pasó, más allá de los insultos y las bolsas de basura que los energúmenos pinochetistas arrojaban sobre nuestra embajada en Santiago. La democracia chilena evidenció ser más sólida de lo que parecía y hoy, tras su muerte, la calma prevalecerá en el país. El vuelco definitivo de la opinión pública, especialmente de sus seguidores más recalcitrantes, se dio cuando se hicieron públicas las noticias de los fondos que el general tenía en cuentas secretas de la Banca Riggs. Pinochet había dejado de ser un dictador excepcional, el que libró al país de los peligros del comunismo, pese a haber empleado métodos execrables, para compararse al resto de sus coleguillas de entonces, que no sólo eran reprochables militares sino también vulgares rateros. S C omo en la fábula del lobo y las ovejas, o en la historia del cántaro y la fuente, a la última fue la vencida. La golpeada salud del duro dictador terminó quebrándose por causa de la edad y, posiblemente, de los remordimientos. En este sentido no es casual que la última declaración pública de Pinochet se hiciera el día de su último cumpleaños, el 25 de noviembre pasado, cuando a través de su esposa admitió la responsabilidad política de los actos cometidos tras el golpe de Estado del 11 de septiembre 1973 que acabó con el gobierno constitucional de Salvador Allende. A partir de ese momento la noche se instaló durante largos años y los chilenos sufrieron algo hasta enton- in embargo, a diferencia de otros dictadores latinoamericanos de los años setenta, como Jorge Videla o Alfredo Stroessner, Pinochet tenía numerosos seguidores. No debe olvidarse que llegó al poder con un importante respaldo popular y un más que extendido consenso social. Pinochet no es, no fue, sólo el reflejo de sus propias patologías sino de los males de la sociedad de su época. Esto se demostró cuando se aprobó su Constitución, en 1980, en un plebiscito, así como en los numerosos votos que obtuvo cuando la campaña para impedir su reelección en el referéndum de 1988, que abrió las puertas a la transición democrática. Pese a la pérdida de peso que los pinochetistas han tenido en la vida política chilena, su nostalgia y su melancolía pueden provocar, todavía, más de un dolor de cabeza. Por eso, una de las mayores preocupaciones del gobierno de Michelle Bachellet, despejado el escenario sobre el tipo de honores, funeral y representación política en el mismo, es qué hacer con las cenizas de Pinochet. Difícil es que retornen en forma de una tragedia renovada. En este sentido, la mayoría de los chilenos y los políticos que los representan han sabido dar a su transición a la democracia una seriedad y una solidez que se echan en falta en muchas otras partes de América Latina. CARLOS MALAMUD Investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano