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ABC DOMINGO 10 s 12 s 2006 CULTURAyESPECTÁCULOS 89 La baronesa Dadá Aparece la biografía de Freytag- Loringhoven (Circe) una mujer que empezó como bailarina en Berlín y fue baronesa en la Nueva York de los dadaístas Man Ray o Duchamp, de los que fue compañera y musa POR TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO MADRID. No se había escrito Tatuaje cuando ella soñaba que un marinero de ojos verdes y piel curtida la raptaría a China, India, a parajes, en fin, exóticos. Y es que ya a los 12 años estaba convencida de tener más sangre en las venas que cualquier otra adolescente: disfrutaba provocando y seduciendo, permitiéndose imaginar que el hombre de sol y mares viviría con ella la pasión y no el drama de la canción citada. Elsa von Freytag- Loringhoven (1874- 1927) empezó como bailarina en Berlín y fue baronesa en el Nueva York en el que triunfaban dadaístas como Man Ray o Marcel Duchamp, perteneciendo ella misma al célebre movimiento artístico, como poeta y escultora. Se la conoció como la baronesa de Greenwich Village título de la biografía novelada o novela con grandes dosis de investigación, de René Steinke, que en España publica Circe. Elsa Plötz, con sólo 19 años, decidió escapar de la casa paterna, dado que no podía soportar a un padre, que, entre otras lindezas, la llamaba desastrada, estúpida e irresponsable. Un día de noviembre se descolgó por una ventana para coger un tren que la llevara desde su pueblo natal hasta Berlín. La muchacha que se presentó en la capital ya tenía en su haber dibujos, poemas destinados a ensalzar la primavera y las lecturas que hacía su madre en voz alta. Elsa supo, así, de Goethe, Novalis, Hölderlin... Su madre era una pianista con talento- -algo que no pudo arrebatarle su marido- que esparcía música en el páramo de un hogar desdichado. da. No perdió la oportunidad que le dio un anuncio: Compañía busca chica con buena figura La aceptaron en un cabaret para hacer de estatua griega y se la admiró como a la Venus de Milo. Dominaba la quietud obligada, pero sabía abandonar el escenario como flotando, algo que, según quienes la conocieron, hacía a la perfección cuando salía de una habitación llena de hombres. Para parecer libertina no dudó, como George Sand, en vestirse como ellos. De que fue promiscua no hay la menor duda, pero lo pagó caro. Cuenta Steinke que, la mujer que siempre creía que detrás de una aventura la esperaba el amor, enfermó de sífilis. Sobre este asunto existe, también, la opinión de que la contrajo en el vientre materno, ya que su padre frecuentaba prostitutas. Para Elsa, sobre quien siempre pendió el peligro de la dolencia, la desgracia significó dejar de ser tan despreocupada y atender a un consejo amigo: Despierta o te convertirás en una ramera Ella tampoco dudó en decir que las mujeres del teatro se perdían para hacer ricos a otros Claras las ideas, le espetó a un tipo: No voy a ir a un burdel, quiero dedicarme al arte A fin de cuentas, éste fue su primer amor. Como sólo esta potencia es capaz, dio un giro a su vida y frecuentó amistades que hablaban de San Agustín, Hegel, Kant, Flaubert, Rilke... Acudió a clases de interpretación, ahorró para comprar libros y permanecía en la biblioteca pública hasta su cierre. Como mujer, se liberó del corsé. Norteamérica la vio llegar del brazo de su esposo: el barón Leopold von Freytag- Loringhoven, a quién dibujó con gafas, cigarrillo y humo incluidos. Si siempre había vestido a su modo y manera, en Nueva York fue el acabóse. Ella diseñaba y cosía los modelos que lucía. Se adelantó a los punkies con imperdibles y los objetos más impensables. Podía cubrir un vestido con trozos de periódico- podría leerte le dijo Duchamp- cascabeles- todas las mujeres deberían caminar con música fue otro piropo- y un etcétera en el que caben alambres, utensilios de automóviles, y cucharas. Una vez se colocó tal artilugio en la cabeza que la presión la condujo A Marcel Duchamp Los álamos susurraban sus sueños, Marcel- reían- -se volvían para volverse de nuevo- -reían- -parloteaban como tú sonreían CON el sol- -con la misma sonrisa francesa escrutadora MORBOSA que tú- -Marcel- Su madre dijo de ella: He malcriado a Elsa a propósito, para que siempre sepa a qué tiene derecho al punto de desmayo. Pero no era de las que sucumben. La ponía furiosa no poder entrar en clubs, restaurantes y casinos por ser mujer, así como el hecho, acontecido cuando su madre le leía poemas, de que ninguno estuviese firmado por una mujer. ¿Cosa ésta de la Naturaleza o de leyes incluso no escritas contra el sexo femenino, algo así como la circunstancia de haber nacido hembra? Pero la baronesa escribió poemas en los que, por cierto, abundaban los guiones, que ella calificaba como signos de libertad He aquí una muestra: ¡Coge una cuchara- -escalpelo- y extrae con ella tus sesos ¡cuanto duele estar vacío! Publicó en The Little Review donde firmaban Mina Loy y Djuna Barnes y se recibían cartas de Gertrude Stein. La publicación, -en muchas de sus portadas se reprodujeron cuadros de Picabia (a quien Elsa le interesó igual que a Man Ray y a Duchamp) supo bastante de la Elsa Plötz, la creativa baronesa dadaísta censura y de problemas económicos. En tiempos de apuros, Ezra Pound le buscó un patrocinador. La censura se hizo especialmente dura cuando publicó un capítulo del Ulises de BETTMAN CORBIS La Venus de Milo La capital a la que Elsa aportó su juventud era un lugar al que acudían muchas personas en busca de trabajo e, incluso, de fortuna. La muchacha tomó tierra berlinesa en una pensión con lo puesto, un vestido de recambio y poemas del autor de Al éter Las ofertas de empleo no abundaban y, en cierta ocasión, estuvo tres semanas a pan, leche y algún bizcocho que le daba la dueña de la pensión. Pero su físico resistía. Algo desgarbada por su alta estatura, conocía bien sus recursos como pelirroja bien planta- Joyce, y la baronesa luchó con denuedo contra la situación. Residía en el Village, un barrio en el que algunos de sus habitantes se tumbaban en el ascensor para experimentar levitaciones. La mujer de la que se escribió que no es futurista, es el futuro rompió con muchas normas. No puedo ser una buena esposa, argumentó, porque nunca he sido capaz de postrarme ante los hombres; sólo sé abalanzarme sobre ellos Se conocía y los conocía bien. En sus comentarios era ocurrente pero mordaz. Lo explicaba: Una mujer tiene que defenderse de los farsantes y fanfarrones, para proteger la propia dignidad Cuando se fue de casa, su madre comentó: He malcriado a Elsa a propósito, para que siempre sepa a qué tiene derecho Quizás atendiendo a esas razones, la baronesa dadá tuvo un principio esencial: No soy de nadie