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ABC DOMINGO 10 s 12 s 2006 INTERNACIONAL 37 El Papa critica la prohibición de símbolos como una degeneración en laicismo Benedicto XVI afirma que su exclusión en público atenta contra la libertad JUAN VICENTE BOO. CORRESPONSAL ROMA. Benedicto XVI desenmascaró ayer las nuevas amenazas a la libertad al advertir que la hostilidad a la relevancia política y cultural de la religión y a la presencia de símbolos religiosos en las instituciones públicas no es laicidad sino una degeneración en laicismo El Papa defendió la sana laicidad entendida como separación de competencias entre las autoridades civiles y las religiosas, pero se opuso a quienes disfrazan de laicidad una nueva forma de intolerancia religiosa, visible en España y en algunos ambientes europeos. Dejando claro que en el mundo de hoy, la laicidad se expresa de muy diversos modos e incluso se presenta casi como emblema de la postmodernidad Benedicto XVI salió al paso de una versión agresiva que propone excluir la religión de los diversos ámbitos de la sociedad y negar a la Iglesia cualquier derecho a intervenir sobre temas relativos a la vida y al comportamiento de los ciudadanos llegando incluso a excluir los símbolos religiosos de los lugares públicos destinados a las funciones de la comunidad política como las oficinas escuelas, tribunales, hospitales, cárceles, etcétera El Santo Padre no mencionó explícitamente ningún país, pero la sintomatología descrita reflejaba la actuación de poderosas corrientes laicistas en España y de los gobiernos que hostigan la religión. Su intervención era un test para los hombres de Estado, y el primer ministro italiano, Romano Prodi, manifestó que he leído con atención el discurso, y creo que es profundamente justo. Los símbolos religiosos son una manifestación de la memoria colectiva. Además, el discurso es absolutamente respetuoso de la libertad de todos En su discurso de ayer al congreso de los Juristas Católicos Italianos, Benedicto XVI recordó que el Concilio Vaticano II proclamó la legítima autonomía de las realidades terrenas explícitamente conforme a la voluntad del Creador Ese principio es la base doctrinal de una sana laicidad que reconoce a las realidades terrenas una efectiva autonomía, no de la moral sino de la esfera eclesiástica. La Iglesia no puede indicar el ordenamiento político y social que hay que escoger, sino que debe decidirlo libremente el pueblo. Cualquier intervención de la Iglesia en ese campo sería una injerencia indebida Al mismo tiempo, la sana laicidad exige que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual que se puede relegar al ámbito privado. La religión, organizada en estructuras visibles como sucede con la Iglesia, debe ser reconocida como presencia comunitaria pública Según el Papa, eso implica garantizar el libre ejercicio de las actividades de culto- -espirituales, culturales, educativas y caritativas- -a todas las confesiones religiosas, siempre que no sean contrarias a la moral o peligrosas para el orden público Tampoco es sana laicidad- -concluyó el Santo Padre- -negar a la comunidad cristiana y a quienes la representan el derecho a pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todo ser humano, en particular los legisladores y los juristas Nazis y la RDA Para Benedicto XVI, la hostilidad gubernamental a la fe no es un fenómeno nuevo, pues esa versión moderna de un Estado que desplaza la religión es precisamente la que impusieron los nazis en Alemania en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, y la que mantuvo férreamente el Partido Comunista en la República Democrática Alemana hasta que cayó el muro de Berlín.