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ABC VIERNES 8 s 12 s 2006 Tribuna Abierta ESPAÑA 29 Cardenal Amigo Vallejo Arzobispo de Sevilla APOTEOSIS DE GÉNERO L A violencia no tiene género. Es simplemente violencia, maldad, injusticia, extorsión y no dejar vivir tranquilo a nadie. Unos la sufren directamente, pero el dolor alcanza siempre a otros muchos. Que es tanto como decir que a unos les mata y a otros les amarga la vida en tal forma que hasta desearían que las bombas y los cuchillos hubieran caído sobre uno mismo y no sobre los que desaparecieron. No tienegénero, aunque parece que cierto tipo de violencia se ha cebado en la mujer. Es la llamada violencia doméstica o de género, que llamaremos simplementeviolencia y con alguna circunstancia agravante y particularmente abyecta, como puede ser todo aquello que atenta contra el amor, el matrimonio y la familia. He querido abrir esta página con ese preámbulo acerca de la violencia. De una manera particular, aquélla que con harta frecuencia viene sufriendo la mujer. Y quiero hacerlo para reflexionar sobre todo lo contrario. Es decir, la apoteosis de género. A ello nos da pie la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. La mujer enaltecida y valorada en tal manera que la generosidad llega hasta elegirla para ser la Madre de Dios, y estar adornada de gracias y favores divinos solamente a ella concedidos. De alguna manera se puede decir que, en María, todas las mujeres han recibido una especial benevolencia de Dios. Juan Pablo II escribió una carta entrañable sobre la dignidad de la mujer. Decía, tan querido y recordado Pontífice, que Dios se hizo hombre en las entrañasdeunamujer. Y hasido la mujer quien fuera elegida para ser Madre de Dios. La Iglesia desea dar gracias a Dios por cada mujer, por lo que constituye la dignidad femenina y de todo cuanto gracias a ella se ha realizado en la historia de la humanidad. Esta apoteosis de género no es aprovechamiento oportunista de un problema desgarrador y actual, como es el de la violencia que cae sobre la mujer, sino valoración objetiva de la personalidad femenina, siempre reflejo, en la tradición cristiana, de la Virgen María. La persona tiene valor en sí misma, independientemente de su condición genérica, de su sexo, de sus condiciones personales. Podríamos ampliar y extender esta apoteosis y valoración de género a todas las personas, independientemente de cualquier diferencia. La violencia es un atentado contra la persona, sea cual fuere el momento de la vida de quien lo sufre. No hay más que pensar en la misma discriminación embrionaria a No se nos puede pedir que renunciemos a ofrecer públicamente nuestros convencimientos religiosos y de hacerlo de una manera humilde, positiva y convincente. No se trata de imponer a nadie ni nuestras creencias religiosas, ni nuestra moral, simplemente ofrecemos aquello que tenemos personas. Pero esa paridad no puede ser algo meramente formal, de distribución de despachos y desempeño de funciones y papeles. Hay que ir más lejos y buscar todo el valor de la complementariedad. Cada cual, hombre o mujer, tiene su propia realidad personal, la que ha recibido por naturaleza y don de Dios. Es una riqueza particular y de cada uno, de la que no puede hacer dejación alguna. No sólo se trata de una complementariedad afectiva, social, sexual, sino de una totalidad antropológica que hace al hombre y la mujer más persona en la medida en que ambos participan de igual misión solidaria de interdependencia y apoyo recíproco. Los la hora de decidir quién ha de nacer y quién no; si este sexo es el elegido y éste el rechazado. Y que se preparen los viejos, los enfermos, los incómodos, los más débiles en definitiva, porque llevan todas las de perder en esta batalla, no de género, sino contra la persona misma. Del aborto a la eutanasia hay todo un nefasto recorrido de violencia y de muerte. Tenemos serios motivos de preocupación cuando aparece ese empeño en imponer, casi como principio incuestionable, un laicismo beligerante contra lo religioso y con una moral caprichosa, sin referencia alguna a una norma objetiva. Ni podemos renunciar a lo que son las fuentes de nuestra fe, ni tampoco a las verdaderas raíces de nuestra cultura, de nuestra historia. Ello no quiere decir que no tengamos que estar abiertos y llenos de comprensión y respeto a los que tienen otras ideas, otros modos de comportamiento religioso y social. Pero no se nos puede pedir que renunciemos a ofrecer públicamente nuestros convencimientos religiosos y de hacerlo de una manera humilde, positiva y convincente. No se trata de imponer a nadie ni nuestras creencias religiosas, ni nuestra moral, simplemen- te ofrecemos aquello que tenemos. Lo de la violencia de género a unos les parece una discriminación, a otros una cursilada. El hombre y la mujer, con los mismos derechos, obligaciones y cualidades. La diferencia no llega por defecto de valores y aprecios, sino por unas cualidades específicas propias de cada uno, que enriquecen a los dos y son un bien para la misma sociedad. Cuando se habla de paridad a la hora de elegir cargos y representantes, algunos varones se frotan las manos pensando que así tendrán posibilidades que creían perdidas con el imparable ascendiente de la mujer en la sociedad. Y no es que nadie le regale nada a la mujer, sino que lo consigue con su dedicación, su esfuerzo. Tampoco porque sea ni más ni menos inteligente y trabajadora que el hombre, sino porque pone en ejercicio su responsabilidad personal. Algunos dicen que también se debe a la necesidad de superar cierta sospecha que la lleva a pensar que por ser mujer la sociedad le va a exigir más, incluso que le van a poner unas trabas añadidas de acceso a puestos directivos y de gran responsabilidad. Importante es la dignidad y, también, la complementariedad y la unión de lo diverso. Hombre y mujer poseen la misma e incuestionable valoración como más avispados están deseando, al ver tanto elogio del género femenino, sacar el registro de lo eclesial y preguntar acerca de las limitaciones que pone la Iglesia al acceso de la mujer a puestos directivos y de gobierno de la misma Iglesia. Prefiero que a esta cuestión responda una voz tan autorizada como es la de Benedicto XVI: No hay que pensar que en la Iglesia la única posibilidad de desempeñar un papel importante es la de ser sacerdote. En la historia de la Iglesia hay muchísimas tareas y funciones. Basta recordar las hermanas de los Padres de la Iglesia, y la Edad Media, cuando grandes mujeres desempeñaron un papel muy decisivo, y también en la época moderna Las mismas mujeres, con su ímpetu y su fuerza, con su preponderancia con su fuerza espiritual sabrán crearse su espacio. Y nosotros deberíamos tratar de ponernos a la escucha de Dios, para no oponernos a Él; es más, nos alegramos de que el elemento femenino obtenga en la Iglesia el puesto operativo que le corresponde, comenzando por la Madre de Dios y por María Magdalena (Entrevista 5- 8- 06) Hay que aceptar la Iglesia como Jesucristo ha querido que sea, con su propia identidad espiritual y carismática. Y no empeñarse en verla como ese modelo, casi único, de una comunidad política, con las mismas estructuras, los mismos elementos de poder, con sus fueros y valores democráticos. La Iglesia tiene una identidad muy propia, la que le ha dado su fundador, Jesucristo. Con un principio fundamental de gobierno: el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos. Volvamos a la Virgen y a la fiesta. La Inmaculada en la señal de la increíble valoración de la mujer en los planes salvadores de Dios. No hay figura de la humanidad, en nuestro orbe cristiano, excluyendo a Jesucristo, más enaltecida y querida que la Madre Dios. En verdad, Ella es la honra de nuestro pueblo.