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78 CULTURAyESPECTÁCULOS JUEVES 7 s 12 s 2006 ABC Preminger y su capricho español Se acaba de cumplir el centenario del nacimiento del director austriaco, que vivió entre dos aguas: Europa, para algunos su etapa más creativa, y Estados Unidos, la más comercial. Enrique Herreros acompañó al cineasta durante una de sus estancias en España POR ENRIQUE HERREROS Si Otto Preminger siguiera vivo- ¡pobres peliculeros! acabaría de cumplir ¡100 hermosísimos tacos! Vienés universal que había nacido en esa inolvidable ciudad en diciembre de 1906, su apasionante vida cinematográfica estuvo siempre dividida por los criterios de dos continentes. En Europa se le consideraba como un importante creador, mientras que estaba tildado en Estados Unidos como un realizador productor de títulos comerciales. Fue un contestatario a la hora de saltarse a la torera hasta las estrictas normas de la censura, como lo hizo en La luna es azul o en filmar temas inabordables en aquellos tiempos, como era el mundo de las drogas, en El hombre del brazo de oro con un Sinatra insuperable que perdió el oscar ante Ernest Borgnine, el carnicero bonachón de Marty Sin embargo, Otto Preminger era una pura personificación, bien calificada, del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, que resultaba insoportable filmando pero encantador en el trato social. Tuve la suerte de convivir con su lado bueno. Todo empezó en la primavera de 1956, cuando Cary Grant rodaba entre nosotros Orgullo y pasión Una buena mañana se presentó en aquel romántico Barajas, que tenía hasta un arbolito propio en su entrada principal, para intentar convencer- -el inolvidable faquir Daja- Tarto diría tangar -a Cary Grant para que interviniese en Bonjour Tristesse su inmediato proyecto. La Metro se disputaba con nosotros, la United Artist, la ejecución del mismo. Ambas importantes firmas nos desplazamos al aeropuerto para acaparar la hegemonía en atenderle y estar pendiente de lo que pidiese durante sus días madrileños; pero el único que conocía su rostro era yo. Por ello, la UA se llevó el gato al agua. Mi primera sorpresa fue descubrir que tenía reservada una habitación en el exclusivo Hotel Ruiz donde, en aquellos lejanos tiempos, sólo habían aceptado la estancia de Rita Hayworth y de Grace Kelly, embadurnadas como espectaculares princesas. Al día siguiente, me hizo estar en el hotel a las siete de la mañana para preparar el plan de las próximas horas mientras nos trajinábamos un suculento desayuno que Preminger adornaba con fresas, al parecer su fruta favorita. Cruzamos la calle y nos metimos en el Museo del Prado, recorriendo todas sus salas en menos de dos horas; aunque después comentase con todo detalle los cuadros que más le habían impresionado. Acto seguido me dijo que quería hacer algo de ejercicio y me llevó andando deprisa desde Neptuno hasta Nuevos Ministerios. A mis 29 años, aquel paseíto ya suponía un largo trayecto para mí. Por más que le sugiriese que muchos de los taxis en Madrid eran como los de Londres, nos hicimos todo el recorrido en el coche de San Fernando, unas veces a pie y otras andando. Valentín con Cary Grant y su entonces esposa, Betsy Drake, y por más que Preminger intentase tangarlo Grant no entró por el aro y la película la acabó protagonizando David Niven con Jean Seberg y Deborah Kerr. Pero mi mayor sorpresa ocurrió al otro día, cuando me personé en el Ruiz para recibir nuevas instrucciones. Entré en su suite, Preminger se estaba bañando mientras comía más fresas y se restregaba con una toalla muy empapada en agua. Dejó de masticar y muy sonriente me lanzó esta lapidaria frase: Kii... kii... I want to fuck a beautiful girl! (quiero joder con una chica guapa) No supe contestar, pasaron por mi cabeza escenas de Laura, ¿Ángel o diablo? o de La zarina recordando que aquel consagrado director, célebre por sus amoríos con importantes actrices como la Seberg, se saliera por las ramas de manera tan descarada. Llamé a mi oficina de la Gran Vía; de allí conectaron con la de Barcelona, la de Londres, hasta con la de Nueva York. De todas ellas brotaba la misma contestación: ¡Hay que darle a Mr. Preminger lo que pida. No podemos perder Bonjour tristesse Al toro por los cuernos Esa tarde fue a la plaza de Las Ventas acompañado por Luz Márquez, una cara nueva de nuestro cine que estabamos lanzando junto al gran Manolo Morán, en Manolo, guardía urbano La corrida no le interesaba mucho a Preminger. Al empezar el segundo espada su faena, el cineasta inició la suya agarrando al toro por los cuernos: fue de lleno a su tajante proposición, que dejó medio estupefacta y escandalizada a la señorita Márquez, que iba aquellos días de señorita, quedándose el cineasta más solo que la una en la barrera. Esa noche cenó en el desaparecido A las órdenes del cineasta La orden pasó desde el mariscal en jefe de la United Artists hasta el cabo furriel, que era yo mismo. Me encaminé a Chicote, en cuyo agradable bar encontré la mercancia más apropiada; a quien tuve que maquillar y disfrazar un poco en plan de secretaria a la puerta del hotel para que pareciese menos puta y no tuviesemos disgustos con el conserje, que tenía cara de enterraor Dejé bien claro con ella que respecto al dinero, al chorvo, nada de nada, que quien pagaba sería yo. Otto Preminger quedó muy satisfecho con aquella operación trueno; después, colorín colorado, pero ese cuento no acabaría ahí. Años después, una tarde que chispeaba bajo el poco hospitalario Nueva York, iba por la Quinta Avenida y al pasar por el 711, edificio de la Columbia Pictures, Otto Preminger aguardaba, pacientemente, un taxi. Me paré a saludarle y le pregunté si se acordaba de mí y con su cerrado acento, sonriéndome, contestó: It was a great fuch! (Un gran polvo) Me alejé del portal de la Columbia dudando si el converso Fernando de Rojas había dejado sin escribir algún capítulo de La Celestina Más información sobre el cineasta en: http: www. abc. es abcd Cruzamos la calle y nos metimos en el Prado, recorriendo todas sus salas en menos de dos horas; aunque después comentase con todo detalle los cuadros que más le habían impresionado De todas ellas brotaba la misma contestación: ¡Hay que darle a Mr. Preminger lo que pida. No podemos perder Bonjour tristesse Preminger, durante el rodaje de Primera victoria (1965) ABC