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ABC JUEVES 7 s 12 s 2006 Tribuna abierta ESPAÑA 17 Julio José Ordovás Escritor LA GUERRA DE NUESTROS ABUELOS En las conversaciones con mis amigos no sale jamás el tema de la Guerra Civil, y no porque lo evitemos deliberadamente. Y hable con quien hable, nunca hablo de aquella guerra. Porque aquella guerra no es la guerra de mis amigos ni es la guerra de la gente con la que trabajo. Aquélla fue la guerra de mis abuelos, Eso es lo que es: pasado, historia M I infancia son recuerdos del pueblo viejo de Belchite, un decorado tétrico, espectral, en el que de noche no había quien se atreviera a adentrarse porque decían que se oían las voces suplicantes de los muertos, esas supuestas voces congeladas en el tiempo que algunos pirados y algunos mercachifles aseguran haber atrapado en esotéricas psicofonías. Pero cuando cae el silencio de la noche sobre el viejo Belchite no son voces lo que se oye. Se oye el bramido del viento. Se oyen los goznes chirriantes de algunas puertas que se quedaron abiertas para siempre. Se oyen- -si es verano- -los grillos y- -si es primavera- -los maullidos de los gatos en celo y los ladridos lejanos de algún perro asustado. Nada más. Las cuerdas vocales de los que murieron sepultados bajo los escombros pronto se convirtieron en polvo. Y los ecos de las explosiones probablemente se quedaran flotando en el aire, pero sólo durante unos instantes. Luego se apagaron, al menos fuera de las cabezas de quienes sobrevivieron a aquel horror. no de ellos me contó batalla alguna, ni me mostró sus medallas o sus cicatrices. ¿Por qué? A menudo me lo he preguntado, y a menudo no he sabido qué responderme. Aunque creo haber dado con algunas posibles respuestas. Primero, porque no querían encizañar, con la semilla del rencor, el corazón de su nieto. Segundo, porque no querían dejarme como herencia un legado de sombras y de fantasmas. Tercero, porque consideraban que ya había habido suficientes, demasiados muertos. Cuarto, porque sabían que el camino del odio sólo conduce a la locura y al abismo. Y quinto, porque seguramente estaban convencidos de que otra España, por fin, era posible. rando con rotundidad: La cultura española de la guerra se nos aparece hoy como un conjunto de restos sueltos, habiendo desaparecido- -afortunadamente- -el espíritu que un día los animó Han pasado veinte años, veinte, desde que Benet diera fe de la desaparición de ese malhadado espíritu guerracivilista. ¿Por qué hay ahora quienes tratan de hacerlo resucitar? ¿Qué sentido tiene buscar héroes y verdugos donde, en definitiva, no hubo otra cosa que muertos y supervivientes? La Guerra Civil fue un estallido de odios largo tiempo larvados del que hace ya también largo tiempo que no quedan más que las cenizas. ¿Y quién pretende reavivar esas cenizas? Nadie en su sano juicio, desde luego. El La Guerra Civil fue un estallido de odios largo. ¿Y quién pretende reavivar esas cenizas? Nadie en su sano juicio, desde luego Nacíconlademocracia, na- cí casi cuarenta años después de que acabara la guerra, aquella guerra en la que habían participado mis abuelos, cada uno en una trinchera, enfrentados no por firmes convicciones ideológicas, ni a causa de sus distintas posiciones sociales: los dos eran unos muchachos, los dos conocían bien el hambre, las heladas y las sequías. Ambos murieron cuando yo empezaba a dejar de ser un niño. Me contaron muchas cosas, pero nunca jamás ningu- que no soy el único que está ya cansado de que le cuenten el cuento de las dos Españas. O de la España cainita. O de la España fratricida. Siempre el mismo cuento, claro que con distintas versiones, según quién sea el narrador. ¿Qué interés puede tener alguien en mantener vivos a aquellos fantasmas, en continuar alimentando, quién sabe por cuánto tiempo, el estómago insaciable del rencor? Es terrible, es delirante, pero todavía hay quienes se empeñan en hacernos creer que aquella guerra no ha concluido. La historia la hicieron y la hacemos todos día a día, pero son los historiadores los encargados de escribirla, no los novelistas, ni los políticos. Y se ha hecho mucha y muy ramplona y muy rencorosa literatura con la Guerra Civil. Y se ha hecho mucha y muy barata y muy peligrosa política con la Guerra Civil. Digámoslo más claro aún: la histo- Supongo ria no la escriben ni los vencedores ni los vencidos. La escriben los historiadores. En 1976, al comienzo de su libro ¿Qué fue la Guerra Civil? Juan Benet enjuiciaba con pesimismo y severidad a aquella España que salía a trompicones del agujero negro de franquismo, y aunque constataba que su aspecto había cambiado radicalmente en cuarenta años, no podía sino concluir que el país seguía aquejado por la misma enfermedad que con frecuencia le ha llevado a la extenuación, las amputaciones y las sangrías Pero tan sólo diez años después, en 1986, Benet escribió un artículo sobre La cultura en la Guerra Civil en el que terminaba asegu- país en el que yo nací tenía hambre de futuro, y continúa teniendo hambre de futuro. La sombra errante de Caín se ha esfumado definitivamente del mapa, aunque algún tarado nos quiera hacer creer que sigue deslizándose como una serpiente en busca de su presa. En las conversaciones con mis amigos no sale jamás el tema de la Guerra Civil, y no porque lo evitemos deliberadamente. Y hable con quien hable, nunca hablo de aquella guerra. Porque aquella guerra no es la guerra de mis amigos ni es la guerra de la gente con la que trabajo ni es la guerra de mi familia ni es mi guerra. Aquélla fue la guerra de mis abuelos, y de los padres de mis abuelos, y de los abuelos de mis abuelos. Aquella guerra pertenece al pasado, a la historia, porque eso es lo que es: pasado, historia. La lija del tiempo ha sido implacable con el pueblo viejo de Belchite. Aquel osario arquitectónico no es ahora sino un montón de ruinas tambaleantes donde sólo se oye el silbido del viento. El silbido del viento y el silencio de los muertos. Respetémoslo.