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ABC JUEVES 7 s 12 s 2006 OPINIÓN 3 LA TERCERA TIEMPOS MODERNOS Debiéramos saber adónde vamos y averiguar qué errores cometimos. Y luego, proseguir hacia delante por si nos aguardara el paraíso. Si llegara esa hora, la del alba sería. A poco que me espere, me encontrará en la calle. Fabriquemos un tiempo del que estar orgullosos. Que luego sea moderno, resulta inevitable... M E ha traído el correo unas cuantas facturas. La del agua y la luz, la del gas y el teléfono. Por si no fueran ciertas, las miro fijamente. Se sublevan, los euros que les debo. Entonces me imagino un inmenso pantano. O a un genio atormentado exclamando su eureka Me fascina el progreso, pero no me conformo. Y a ratos me pregunto si lo mucho que entrego- -esa mala costumbre de ganarme la vida- -pesa como lo tanto que recibo. Mi casa, por ejemplo: todo el año es verano. Las bombillas se encienden, los amigos me llaman... Y luego está ese fresco, casi obsceno milagro: un aprendiz de río, pero a pedir de boca. Quizás lo que se lleva, acaso lo moderno consista simplemente en un grato artificio capaz de asegurarnos gozar de un mundo propio donde nada se oponga a nuestro propio mundo. Tan sólo un hombre fuerte, seguro, saludable, dormido, descansado, nutrido plenamente, duchado a ser posible, cabalmente compuesto, puede sentarse a gusto en un sofá de espuma a leer algún libro que le lleve a otros mares, o lanzarse a la calle a buscar una cita con la noche más negra, con los labios más vivos. Sólo a un hombre feliz, sin rencor, satisfecho podría no importarle que tosan las gallinas, o que cambie de amante la vecina de enfrente, o que el lastre del mundo se lo lleve un tornado, o que se hundan los pobres como se hundió el Titanic. Lo moderno, señores, es matar el hastío. Qué larga, y qué infumable, es la modernidad. Sabe un gato qué hacer con las horas desnudas en que consiste toda su vigilia porque su condición es la indolencia. Pero nosotros, carne de suceso, retrato a medio hacer, papel en blanco, privados del placer de irnos de caza, desplazarnos por valles y llanuras, protegernos del sol o de la nieve, conquistar a la Venus del Espejo o abrazar al Orlando más furioso, poner nuestra semilla y enseguida morirnos, ¿qué haremos con tan amplio superávit? Deberían, las canas, alumbrar el ocaso. Deberían, los años, negarnos la propina. Pero ya ven que dan para mucha ida y vuelta. Nos hemos estirado tan sin pauta, que llegamos a viejos con un alma de niño, y es como un sarampión, el desencanto. sí no hay quien alcance buenos fines, y sin fines se tuercen los principios. Así no hay quien construya un personaje, ni entre como una tromba en la leyenda. Nadie es capaz de mantenerse puro, ser fiel a su programa verdadero, llamarse Juan o apellidarse Magno, durante casi el término de un siglo. Ve uno acartonarse a las muchachas y temblar de pavor a los valientes. Desquiciarse a los cuerdos y hasta hablar a los mudos, o armarse de bastón a los atletas. Vemos reverdecer a nuestros padres o ya no protestar a nuestros hijos. Nos hemos regalado tantas vidas, que puede que ninguna sea bastante. No sé desde qué limbo con forma de sombrero nos mirará Charlot con su bigote, pero me apuesto el mío a que sonríe. Supo ese vagabundo, como nadie, que hay cosas en el aire que sólo ven los ciegos. Y que los mapamundis no caben en dos manos. Y que a veces las flores olorosas te esperan a la vuelta de un recodo. Le recuerdo asomado a algún escaparate en busca de unos ojos compasivos. O burlando sin odio a un policía. Siempre me lo imagino con un niño a su lado. No merece la pena pasear de otro modo. O echándole remiendos a un tomate, o estirándose ufano la levita. Me gusta, por lo mal abotonada. Para mí la quisiera, tan rota y admirable. S i ustedes son modernos, debieran parecerlo. El único secreto es vestir a la moda. Las mujeres lo tienen más difícil, pero a cambio le sacan más partido. Premisa ineludible: ser un nicho de huesos. Con un buen esqueleto se logra casi todo. Vean que puede ofrecerse, con cierto presupuesto, una imagen procaz y femenina. O temperamental, pero serena. O andrógina a la par que seductora. O tan superficial como profunda. De puro natural, sofisticada. O tímida y pueril, pero salvaje. O como sugiriendo y ocultando. O como muy sabiendo lo que quieres. O mejor: como idiota, pero idiota. Luego están el humor y los sofismas. Aquello de que nada es ni falso ni cierto. De que nada hay tan bueno que no pueda ser malo. Y claro, viceversa. La lógica ya es casi un enemigo. Para vivir a fondo este dislate, es preciso tra- tar de no entenderlo. Hacerse una pregunta, como Hamlet, que sepa responder la calavera, o trenzar un cadáver exquisito. Digan ustedes mimbre y yo diré canasto. Digan ustedes mito y yo diré caverna. Digan ustedes lengua y yo diré veneno. Digan ustedes fama y yo diré tributo. Digan ustedes cielo y yo diré que en llamas. Si ustedes dicen hambre, yo les pregunto qué. Si fin, añado Historia. Si miedo, me bloqueo. Y si me invitan a marcar el uno, suscribo que el infierno son los otros. La humanidad, ya ven, es la de siempre. Con sus tercos rencores y sus mismos complejos, con sus inagotables vanidades, con sus acostumbradas ambiciones, sólo que ahora dotada de más medios. Ésos tan avanzados que permiten a un sátrapa jugar con los neutrones, o a cualquier visionario amenazarnos con mancharnos de sangre hasta los sueños. O armarnos la de Dios a cuatro barbas, o cambiarnos el mapa a un resentido, o al más elemental publicitario explicarte la esencia del deseo y el arte de luchar contra la muerte, como si la desgracia de extinguirse fuera una necedad imperdonable. Porque yo no sé bien si se habrán dado cuenta, pero lo espeluznante de estos tiempos es el casi diabólico mensaje, disparado a diario desde todos los frentes, de que la adversidad, el infortunio, cualquier clase de pérdida o fracaso por fuerza han de tener un responsable. Si se agrava un enfermo, si fallece, como la enfermedad no te indemniza, buscamos un culpable. Si el granizo destroza la cosecha, como las nubes pagan mal y nunca, buscamos un culpable. Sí que a veces lo hay, pero somos humanos. Y es cosa nostra recordar que el hombre, por mucho que nos cueste digerirlo, aún no tiene en sus yemas el teclado del mundo. Antiguamente, si un mortal moría, era porque las Parcas le cortaban los hilos. Con toda su inocente alegoría, con todo su simbólico andamiaje, quizás la explicación no sea tan mala. S A é que nuestro deber de seres libres es luchar contra el viento desatado o contra los reveses del destino. La materia, ya saben, es muy ciega. De puro ciega, peca de sagrada. Pero a veces me digo que sería más fácil soportar lo insoportable, y más dulce, la nata del momento, si paráramos todos los relojes apenas un tic- tac para mirarnos donde no nos engañen los espejos. Debiéramos saber adónde vamos y averiguar qué errores cometimos. Y luego, proseguir hacia delante por si nos aguardara el paraíso. Si llegara esa hora, la del alba sería. A poco que me espere, me encontrará en la calle. Fabriquemos un tiempo del que estar orgullosos. Que luego sea moderno, resulta inevitable. LAURA CAMPMANY