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16 ESPAÑA LUNES 4 s 12 s 2006 ABC EL OBSERVATORIO Germán Yanke EL MODELO DE ESTADO DEL PP L presidente Rodríguez Zapatero asegura no creer en la debilidad del Estado ni en el carácter residual del Gobierno nacional. Es como si, instalado en La Moncloa y con la única referencia de su pasado como secretario general del PSOE, hubiera descubierto un sinfín de resortes del poder y, por otro lado, el carácter demiúrgico de una determinada imagen. Se pueden hacer muchas cosas desde el Gobierno, es evidente, y se puede- -en una partitocracia como la nuestra, tan poco regenerada a pesar de las promesas- -utilizar mecanismos para que la interpretación de los Tribunales, desgraciadamente politizada, sea favorable a la dirección que tomen esas decisiones. Y luego está la imagen, la cosmética política: un ambiente en el que la propaganda asienta la idea del diálogo y el entendimiento entre el Gobierno y las comunidades autónomas, aunque el contenido sea vaporoso o pavoroso, es más eficaz que la rigidez de los procedimientos y la claridad de las normas. ¿Eficaz para qué? Para mantener el poder que, en este sentido, no puede considerarse residual. El PP espera a ganar las elecciones, incluso a la desaparición política del presidente del Gobierno, para poner sus propuestas en marcha con un nuevo PSOE. Pero lo que de verdad necesita es una nueva opinión pública E PP, sino a políticos, jueces, gobernantes autonómicos, etcétera que pueden hacer una interpretación dialogada de las leyes hasta hacerlo posible. Ahora viene el PP con la atractiva idea de que debe basarse en instituciones. Y por ello, con su propia lógica, no apela a personas, ni a sus propios presidentes autonómicos, sino al PSOE, considerado como la otra gran corriente de opinión alternativa con la que hay que establecer las bases claras y permanentes de las instituciones y los procedimientos. Las dificultades ambientales antes descritas son la causa, seguramente, de que este modelo haya sido presentado en la Conferencia como una cuestión más de eficacia del Estado que como un tema de calado político, de concepción del Estado. Él mismo, antes de llegar a La Moncloa en marzo de 2004, había, si no teorizado sobre el asunto, que sería decir demasiado, sí elaborado un curioso esquema mental. Con su firma, aunque luego fuera corregido momentáneamente por la Declaración de Santillana del PSOE, dibujó España como la suma de las comunidades autónomas y, al comienzo de la campaña electoral, pronunció una conferencia en Galicia en la que animaba a esa comunidad autónoma, y a todas las demás, a plantear sus deseos y reivindicaciones hasta que estuvieran a gusto en el Estado. Su poder en un PSOE convulso se había consolidado por agregación de baronías y organizaciones regionales y ha terminado por ser más indiscutible e indiscutido que el de sus antecesores. ¿No se podía intentar lo mismo en España? La nación podía ser una idea discutida y discutible, pero no el poder. Para este modo de ver las cosas, el presidente Rodríguez Zapatero cuenta con que el concepto- -nebuloso- -del Estado de las Autonomías tiene buena prensa, buena acogida en la opinión pública y magnífica en los círculos políticos de cualquier color, ya que, a su sombra, se han formalizado, consolidado y hasta esclerotizado poderes que, aunque no sean los del Estado, en ningún caso son residuales. En ese ambiente, encaja bien la doctrina de la bilateralidad entre el Estado y las comunidades autónomas como alternativa a la que la razón de ser de estas últimas, su encaje y su sentido formaría parte de una arquitectura constitucional que precisa el entendimiento nacional de los dos grandes partidos, los que, antes o después, podrían gobernar el país. Y es ese ambiente el que el PP ha organizado su Conferencia sobre el Modelo de Estado los últimos días de la semana pasada. Un ambiente, añado, complicado. Complicado porque ya ha pasado el efecto mediático de la reforma del Estatuto de Cataluña que, en su tra- mitación esperpéntica, sirvió a las posiciones del PP. Complicado también porque no es políticamente correcto que cualquier propuesta se entienda como una crítica al Estado de las Autonomías y a aclararlo dedicó Mariano Rajoy parte de su intervención en la Conferencia. Y porque el PP tiene poderes autonómicos que, en la subasta para que todos estén a gusto, suelen echar su cuarto a espadas. Sin olvidar, además, que las reformas constitucionales que se sugieren abren un dificultoso y de improviso final para otros debates y modificaciones. El modelo de Estado del actual PSOE se basa en personas, en las que detentan el poder aquí o allá y en cuyo control se fundamenta el del Gobierno. Para llevarlo a la práctica, lógicamente, el PSOE no apela al temo que al presidente Rodríguez Zapatero estos debates le parecen palabras, palabras Se lo pareció cuando se discutía sobre el concepto de matrimonio ante la posibilidad de que se casaran los homosexuales. Se lo pareció igualmente en el debate sobre la reforma estatutaria catalana. Tiene el convencimiento de que, en cuanto están las reformas en el panorama de la legalidad vigente, las palabras ceden a los hechos, y ya nadie se preocupa por ellas. O, mejor, quienes se preocupan quedan fuera del juego de una realidad que se impone. Y la eficacia no parece, en su esquema mental, una cuestión de procedimientos y reglas, sino de recursos. Así se entiende, por ejemplo, su reacción ante las reformas alemanas que pretenden, para poner en marcha determinadas políticas federales, evitar el bloqueo de algunos länder o la lentitud y las limitaciones de tener que negociar y pactar con ellos. Para Rodríguez Zapatero estos problemas se reducen al pobre crecimiento económico de Alemania en los últimos tiempos. Con un crecimiento como el de España no existirían. Y, con ese crecimiento, no tienen por qué existir aquí. Esta tesis gubernamental se basa en la apariencia más que en el análisis. Es tan cierto como creer que el diálogo es el procedimiento en vez de aceptar que no hay diálogo posible sin procedimientos. Pero son apariencias que dificultan en la opinión pública las propuestas del PP, que, como se ha visto, espera a ganar las elecciones, incluso a la desaparición política del presidente del Gobierno, para ponerlas en marcha con un nuevo PSOE. Pero lo que de verdad necesita es una nueva opinión pública. Me