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ABC LUNES 4 s 12 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA TIRANOSAURIOS U LA DESTRUCCIÓN DE LA SOCIEDAD N la entrevista de Jesús Bastante y Álvaro Martínez al arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián, que ayer publicaba ABC se contaban muchas cosas interesantes. Hablaba monseñor Sebastián, entre otros muchos asuntos, de la emergencia de un nuevo totalitarismo, disfrazado de formas democráticas, y también de la destrucción minuciosa de la institución matrimonial y, por extensión, de la familia. Ambos fenómenos, en apariencia diversos, creo que deben contemplarse como concomitantes; y aun me atrevería a afirmar que la herramienta más eficaz con la que cuenta este nuevo totalitarismo (cuyo objetivo primordial es la creación de individuos desarraigados) es precisamente la destrucción de la institución familiar y de los vínculos que en ella se entablan, que hoy por hoy siguen siendo el principal escollo- -declinante escollo- -para la reeducación de la sociedad. Trataremos de explicar sucintamente esta reflexión. El matrimonio, como muy certeramente señala monseñor Sebastián, ha dejado de ser una institución protegida jurídicamente. Las leyes han dejaJUAN MANUEL do de velar por su continuidad y sosteDE PRADA nimiento, para conspirar contra su destrucción. Hoy en día es mucho más sencillo divorciarse que casarse: para casarse hay que asumir unas obligaciones; para divorciarse, ni siquiera hace falta alegar una causa, basta la mera voluntad caprichosa de los cónyuges. Cada vez es mayor el número de matrimonios que se disuelve por razones pueriles, irresponsables, por puro egoísmo disfrazado de autonomía personal que ni siquiera repara en el bien de los hijos. Resulta sumamente aleccionador observar que, a la vez que el matrimonio ha dejado de ser una institución digna de protección jurídica, sus enemigos se llenan la boca hablando del derecho al matrimonio bajo dicha expresión lo que se encubre es la desvinculación del matrimonio de un compromiso duradero. Aquellas viejas cláusulas que acompañaban la formalización E de dicho compromiso han dejado de ser efectivas: hoy la gente se casa y se descasa cuando le da la real gana, como quien se cambia de camisa, porque es su derecho que ejerce cómo y cuándo le apetece. Naturalmente, el totalitarismo que viene vende esta destrucción del matrimonio como una conquista de la libertad individual. Y es que nada le conviene tanto como la creación de un espejismo de libertad para imponer su nueva tiranía. Por supuesto, al nuevo totalitarismo no le interesan los individuos libres, sino desarraigados, huérfanos de asideros vitales que los protejan contra la sibilina labor de reeducación social. La magia del nuevo totalitarismo consiste, precisamente, en disfrazar ese desarraigo de libertad. Los totalitarismos siempre se han cimentado sobre una destrucción de la sociedad, de los vínculos que los individuos entablan entre sí; toda forma de asociacionismo humano ha sido contemplada con desconfianza, incluso con franca hostilidad, por los tiranos. El nuevo totalitarismo ha descubierto que el último bastión que le restaba por derruir era el matrimonio, y con él los lazos afectivos y transmisiones educativas que en su seno se entablan de forma natural. La familia tradicional (del latín traditio, que significa entrega, transmisión) se convierte así en el enemigo primordial del nuevo totalitarismo; desaparecida esa transmisión o fluencia de convicciones que se produce en el seno de la familia, rotos los vínculos solidarios que anteponen el bien común al interés particular, el individuo se convierte en un ser mucho más frágil y permeable a la reeducación También, por supuesto, se convierte en un individuo enfermo: carente de afectos, entregado a pulsiones de satisfacción inmediata que sustituyen ilusoriamente esos afectos, carne de psiquiatra y pasto de adoctrinamientos varios, amoral e incapaz de asumir responsabilidades, lacayo del Nuevo Régimen. El nuevo totalitarismo puede sentirse orgulloso: ha logrado destruir la sociedad, haciendo además creer a los damnificados que son más libres, cuando en realidad no son sino despojos arrojados a una trituradora de almas. N viento borrascoso de agonía sacude la hojarasca que malcubría a los últimos tiranosaurios de América. Llega la glaciación y es tiempo de extinciones, hora de morir después de tanto tiempo de matar. El corazón de piedra de Pinochet se pudre en un hospital de Santiago, entre las alamedas ya democráticas de la última primavera austral, mientras las esquinas desconchadas de La Habana susurran la ausencia del Comandante en el cincuentenario del Gramma conmemorado por patéticos discursos de huecos guiñoles de cartón asustados ante la orfandad de su tiranía. Se va el caimán, se marchan los últimos caimanes del siglo IGNACIO XX por un pico de la HisCAMACHO toria que sembraron de muerte, desolación, opresión e infamia. Ha cambiado ya el ciclo de las dictaduras hispanoamericanas, sustituidas ahora por neocaudillismos de apariencia democrática que se renuevan a sí mismos en pantomimas electorales como la que Hugo Chávez diseña a la medida de su vociferante populismo de barraca. Y el tránsito simultáneo de Pinochet y Castro constituye una especie de relevo simbólico a ambos lados del hemisferio político, como si el libro de los despotismos se cerrase de golpe en el anaquel del pasado. Ambos van a morir, sin embargo, en sus camas, a salvo de la ira que desataron, a bordo del privilegio de serenidad que negaron a tantas y tantas víctimas de su crueldad: derrota silenciosa de la justicia que no ha logrado colocarles en el lugar exacto que demandaba su vileza. Pequeñas diferencias objetivas, empero: Pinochet negoció la impunidad a cambio de una evolución sin traumas rupturistas, y hoy Chile es una próspera democracia gobernada por una izquierda razonable. Castro decidió morir con las botas puestas, en numantina rebeldía contra la razón histórica, y ha condenado a su pueblo a una innecesaria agonía de privación y de tristeza. Inútil discutir quién fue más cruel o más vesánico, porque ambos representan el lado oscuro de la condición humana, por más que cierto progresismo de salón decidiese convertir al cubano en el icono de una revolución que nunca desearon para sí mismos estos adalides de la gauche caviar. Detrás de los dos dinosaurios queda una estela de represiones, fusilamientos, torturas, cárceles y exilios; un sendero de abyección y vileza que sólo desde el sectarismo puede hallar magros paliativos de una casuística miserable y hemipléjica. Ni una lágrima por ellos, pues, ni un pestañeo de compasión ni de misericordia. Si acaso, el lamento de que hayan tardado tanto en desfilar, y lo acaben haciendo bajo el imperativo de la biología; todo lo más, la pena de que no les haya alcanzado siquiera de refilón, como a Somoza o a Trujillo, una migaja de la venganza y la rabia que sembraron, un ápice de la zozobra que causaron, una gota del veneno que inocularon en su delirio de despótica autocracia. Desearles que descansen en paz sería sólo un piadoso alivio si lo hicieran pronto.