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ABC DOMINGO 3 s 12 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL TAPÓN DEL LAVABO D LA LOTERÍA DEL PAÍS VECINO A España del Ladrillo Corrupto sobre cuyos peligros alerta la ONU se ha inventado su propio calendario litúrgico, con el más largo y adelantado Adviento, el Adviento Pontificio, que no viene de Papa, sino de puente: del Puente del Pilar al Puente de la Purísima. Cada vez cuelgan antes las luces de Navidad y empezamos a recibir catálogos de compras. Es la Navidad sin sin Niño Jesús, sin sentimiento religioso, sin villancicos (o en todo caso laicos) sin belenes, no se vayan a enfadar los moros. Hasta sin Calvo de la Lotería, no se vaya a enfadar Coto Matamoros por alusiones. La Navidad es últimamente un campeonato de chorradas, a ver a quién se le ocurre el mayor disparatón. De aquí a nada saldrá un tío chumino, muy progre él, que proclamará que no hay derecho a que Baltasar sea negro. Pedirá que la fiesta de los Reyes Magos sea suprimida: no por cristiana, sino por racista. Que sean multados los niños que hablen del Rey Negro. Y que Baltasar sea conocido como el Rey Subsahariano. Ya oigo a las manipuladas criaturas: ¿Tú a qué Rey le pides los juguetes, Iván Israel? -Yo, al Suhsahariano, que es el más ANTONIO simpático. BURGOS Queda intacta la suprema contradicción de la Lotería. Los únicos símbolos patrios aceptados en todos los territorios del Reino eran hasta hace poco la selección nacional de fútbol y la Lotería Nacional. A la selección ya le han quitado lo de nacional ahora es La Roja. La de Navidad, sin embargo, sigue siendo Lotería Nacional de todas, todas. Llegará un tiempo en que, más que la Corona, las Fuerzas Armadas o la acuñación del euro, lo único que una a las 17 Españas (más las realidades nacionales de Ceuta y Melilla) sea la Lotería Nacional. Si Rilke decía que la verdadera patria del hombre es la infancia, la verdadera patria de los españoles es la Lotería de Navidad. Del Todo por la Patria de Daoiz, Velarde y Ruiz hemos pasado al Mañana, mañana sale de Quintero, León y Quiroga. Me extraña bastante la suprema incoherencia sobera- L nista y estatutaria de que ni las Vascongadas que piden la retirada del Ejército ni la Cataluña que pide se vaya la Guardia Civil hayan dicho hasta ahora ni media palabra acerca de la retirada de los niños de San Ildefonso. ¿Por qué un tricornio o la sardineta de un brigada son símbolos del Estado opresor y en cambio se acepta la cantinela de los niños de San Ildefonso chorreando millones? La Cataluña que descuelga el retrato del Rey es la misma que cuelga el pizarrón centralista y opresor de la Lotería Nacional a la puerta de la administración de Sort: El Gordo vendido aquí Me inquieta el lotero de Sort, el administrador de La Bruja de Oro, don Javier Gabriel. No porque vaya vestido con la camisa negra del uniforme oficial de Izquierda Republicana de Cataluña. Ni porque tenga planta de presidente del Parlament. Ni porque sea tan rico que se permita el lujo de sentar plaza como el primer español (uf, lo que he dicho, español) que aspira a ser turista espacial. Me inquieta porque en España cambian los gobiernos, reformamos los Estatutos, hacemos el Proceso- de- lo- quesea, pero los premios gordos de Navidad siguen cayendo en Sort. Mi interpretación es clara: si claudicamos ante los etarras y rendimos el Estado ante ellos, ¿por qué no hemos de claudicar ante el sentido catalán de la pela es la pela, para amañar, con el visto bueno del Fiscal General, que los niños de San Ildefonso saquen la bola de modo que el gordo caiga siempre en Sort? Lo que más me escama es que Cataluña, que lo ha pedido todo para su nuevo Estatuto, no haya reclamado y blindado las competencias centralistas y opresoras de la Lotería Nacional. No le hace falta. Son beneficiarios del amañado Proceso de Suerte. Tenía la esperanza de que al menos los soberanistas vascos y los separatistas catalanes pidieran competencias propias en la Lotería de Navidad, porque así había más posibilidades de que el gordo cayera en Sevilla. Mi gozo en un pozo. Van los de ERC y se dedican a hacer participaciones del sorteo de Lotería de Navidad que se celebrará en Madrid, capital del país vecino Eso sería del todo punto lógico si los catalanes devolvieran luego hasta la última opresora y centralista peseta de ese gordo que, miren qué puntería, siempre cae en Sort. ESDE que el presidente Zapatero permitió, con una mezcla de osadía y de inconciencia, que Cataluña levantase con su Estatuto el tapón del desagüe del Estado, las escasas competencias nacionales que quedaban en la estructura territorial se están vaciando por un sumidero de reclamaciones autonómicas. El modelo constitucional del 78, que era uno de los más descentralizados de Europa, se está convirtiendo en una carcasa hueca, mientras las autonomías engordan con bulimia administrativa; se apropian de la justicia, las agencias fisIGNACIO cales, los impuestos, los CAMACHO aeropuertos y hasta los ríos. Los ministros del Estado tienen cada vez menos poder, y algunos apenas sí dirigen algo más que un pomposo gabinete de coordinación y estudios cuyos criterios se los pasa por el forro cualquier consejerillo uniprovincial. El Estado ha quedado inerme ante una emergencia o una catástrofe, para la que no resta otra herramienta unificada que el Ejército; el batiburrillo de funciones y recursos transferidos ha acabado estableciendo fronteras administrativas que dificultan, cuando no impiden, la igualdad efectiva de los ciudadanos. La gran paradoja de este Gobierno es que con su permisividad centrífuga se está haciendo el harakiri, y acabará gobernando sobre unos cuantos edificios de la capital: sólo aquéllos que no haya traspasado a la Comunidad de Madrid. Escandalizado ante la anorexia progresiva del Estado que garantiza los derechos elementales, Mariano Rajoy trata de proponer un tirón jacobino de las riendas que sujeten lo poco que queda del modelo convencional de nación de ciudadanos, pero su discurso cae en un desierto de incomprensiones e intereses que parten de la estructura regional de su propio partido. Ayer reclamó una reforma que amarre ciertos vínculos comunes y permita un mínimo margen de actuación racional por encima de las voluntades autonómicas. Lo transferido ya es irreversible, y en general ha funcionado de modo bastante eficaz, pese a los excesos y desmanes de algunos orates nacionalistas; de lo que se trata ya es de conservar ciertos mecanismos operativos en el conjunto del territorio. Algo así como ponerle el tapón al lavabo antes de que se vacíe del todo. Hoy por hoy, ese necesario impulso de racionalidad tendría que pasar por una reforma de la Constitución, inviable por falta de consenso. El gran error de la Transición fue creer que los nacionalismos serían leales a un proyecto colectivo, pero a ello se ha sumado la deriva enloquecida del Partido Socialista, cuyo líder proclama ante el estupor de muchos de los suyos que la nación es un concepto discutible, poco menos que una antigualla. Si el jefe del Gobierno de la nación no acaba de creer en la nación que gobierna, es para salir corriendo y el último que apague a luz, en el supuesto de que el interruptor no se lo haya apropiado alguna autonomía. Lo que propone Rajoy es tan imprescindible como inalcanzable: significa, nada menos, que volver a creer, un poco siquiera, en España.