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S 6 2 12 06 EL DIARIO DE JENNIFER ZAMBUDIO 16 S 6 LOS SÁBADOS DE ROSA BELMONTE Jamones en el paso de cebra e tenido que dar a mi madre una tila que no tenía. Sólo gasto té rojo, té verde y té blanco (y porque no hay azul, que si no caigo) He debido bajar a comprar la tila al chino de la esquina, que ha dejado de mirar por un momento sus películas de chinos y patadas en el ordenador. Mi madre necesitaba la tila porque acababa de atropellar a alguien. ¿Cómo que has atropellado a alguien? ¿Y le ha pasado algo? No lo sé, ha salido corriendo, muy mal no estaría me contesta con el habla entrecortada. Y sigue: En realidad, me ha atacado. No lo he visto, ha salido de detrás de los coches aparcados y se me ha echado encima. Me he dado un susto de muerte y cuando iba a ver cómo estaba ha dado un respingo y ha salido corriendo con un jamón ¿Con un jamón? pregunto. Un jamón, jamón. E inmediatamente ha llegado, también corriendo- -de hecho, persiguiendo al otro- -un señor con bata blanca que debía de ser el dueño del jamón En este momento del relato ya no podía aguantarme la risa. Sí, ríete. A mí también me ha dado la risa floja, seguramente ha sido un shock postraumático gracioso. He buscado la cámara oculta, pero no había termina mi madre su cuento. O sea, que no hay posibilidad de que el atropellado vaya a denunciarte alegando fracturas imaginarias Hija, yo qué sé, supongo que no. Dudo que le diera tiempo a apuntar mi matrícula en el jamón, aunque cualquiera sabe. Pero vámonos a la peluquería, que para eso he venido me dice ya más tranquila. H Cortar jamón, todo un arte, sobre todo en las próximas fechas go riendo como uno de esos presentadores de televisión a los que da un ataque de risa y no pueden cortar. Qué contenta vienes hoy me dice Maurice, el chico de la recepción de la peluquería. Es que mi madre ha atropellado un jamón Pero no sigo explicando, pese a la cara de pasmo del discreto Maurice, como de no haber pillado el chiste, y la de odio de mi madre. Hala, vamos a que nos froten la cabeza, que eso relaja mucho más que la tila. Tumbada en el sillón masajeador llega la pregunta de siempre: ¿Cuánto tiempo hace que se ha lavado el pelo? Y PEPE ORTEGA Maurice se preocupa Ahora mi madre va a mi peluquería. Cuando era pequeña, claro, yo iba a la suya. Y cambiábamos cada dos por tres, cada vez que mi madre cogía un rebote con el peluquero, rebote que me tocaba subsidiariamente. Siempre me sentí como una de esas hijas de militares que andaban trasladándose cada año. No conseguía arraigarme en ninguna peluquería (y luego, si me cruzaba por la calle con alguno de los peluqueros repudiados, me moría de la vergüenza) Pero ahora yo dirijo mi vida y elijo a qué peluquero quiero ir. A ese señor en cuyas creativas manos dejas tus pelos hay que conocerlo, hay que tener la suficiente confianza para imponerte a sus ocurrencias. Vamos por la calle y no puedo parar de reír. No dejo de pensar en El caso del jamón atropelladito. Llegamos a la peluquería y si- Me he dado un susto de muerte y cuando iba a ver cómo estaba ha dado un respingo y ha salido corriendo con un jamón ¿Con un jamón? pregunto. Un jamón, jamón Tumbada en el sillón masajeador llega la pregunta de siempre: ¿Cuánto hace que se ha lavado el pelo? Y a ti qué te importa. Es una pregunta de lo más indiscreta a ti qué te importa. Me parece una pregunta de lo más indiscreta. O sea, entiendo que el ginecólogo se interese por tu vida sexual pero no sé por qué un chaval que me va a lavar la cabeza tiene que saber cuándo me la he lavado por última vez. Porque vamos a ver, ¿eso en qué influye? ¿Va a usar desinfectante en lugar de champú? ¿Va a echar mano de un cepillo de los de limpiar elefantes? Siempre contesto hoy o ayer, que además es la respuesta verdadera. Es que si por cualquier razón, un secuestro, un naufragio o algo así, llevara dos semanas sin meter la cabeza debajo del agua, no iba a ir a la peluquería a quitarme la costra, hombre. Lo cierto es que la pelu es un sitio donde pasan cosas extrañas y donde te hablan de forma rara. Me gusta ese momento en que se expresan en plural: Nos ponemos de pie. Nos volvemos a sentar Es como una canción de Teresa Rabal. Aunque lo más peculiar suele ser lo que te hacen en el pelo. Eso sí, ahora tengo tila en casa para cuando vuelva.