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ABC SÁBADO 2 s 12 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA POETA DE CABECERA Ahora vendrán los días de las grandes milongas (Antonio Gamoneda) N PAGANA, LÚDICA Y CONSUMISTA ON la delicadeza que caracteriza su humor, capaz de hacernos sonreír con las verdades más hondas o pavorosas, Mingote acertaba en su chiste de ayer a sintetizar el vacío inerme que atenaza a las sociedades occidentales. Un musulmán conversa con un señor castizo, sobre un fondo navideño; ambos tienen las manos ocupadas con paquetes envueltos en papel de regalo: El Islam- -dice el musulmán- -no nos prohíbe celebrar la Navidad como una fiesta pagana, lúdica y consumista. O sea, como si fuésemos cristianos Cualquier celebración navideña que no se atenga a esa caracterización se contempla con suspicacia, incluso con franca hostilidad; cualquier manifestación festiva que incluya alguna connotación religiosa se tacha inmediatamente de ofensiva. No otra fue la razón (disfrazada con excusas peregrinas) que impulsó a la dirección de una escuela zaragozana a prohibir un festival navideño en el que, inevitablemente, los alumnos acabarían entonando villancicos y haciendo sonar la pandereta. Alguien me opondrá que el episodio de la escuela zaragozana no consJUAN MANUEL tituye en sí mismo sino una anécdota DE PRADA de ribetes chuscos. Pero con frecuencia las anécdotas, incluso las más chuscas, definen las categorías sobre las que se sostiene (o se tambalea) una época. Y nuestra época ha decidido relegar lo religioso al ámbito privado, como si su mera expresión fuese constitutiva de delito; la vida pública se configura en torno al agnosticismo, incluso en torno al escarnio de creencias y símbolos religiosos (o sólo de determinados símbolos y creencias, para ser más precisos de los que atañen al cristianismo) Que esta expulsión de lo religioso al lazareto de la privacidad se impulse desde las escuelas, bajo una fachada de escrupuloso laicismo, debería obligarnos a reflexionar sobre el sentido de la educación. No existe verdadera educación que no transmita un significado sobre la realidad, que no permita reconocernos en nuestra C historia, en nuestras tradiciones, en nuestra configuración cultural. Este reconocimiento, por supuesto, no implica una aceptación dócil y acrítica; pero la crítica de la realidad sólo se puede alcanzar cuando existe un conocimiento previo de la misma. Y en iniciativas como la que acaba de adoptar la dirección de esa escuela zaragozana se percibe un afán desaforado, enfermizo, por negar la realidad que nos conforma, por desarraigar a las nuevas generaciones de su propia historia, por desvincularlas de un legado adquirido, procedente de la tradición cristiana. Nuestra época postula una realidad en la que no tiene cabida el espíritu, lo trascendente. Sin darnos cuenta, estamos favoreciendo una degeneración cultural en la que la visión del mundo se reduce a lo puramente material. En esta actitud degenerativa subyace un afán suicida por volver la espalda a nuestra propia historia, por abolir nuestro propio pasado, del que absurdamente nos avergonzamos, del que insensatamente queremos privar a las nuevas generaciones. Parece como si, al evitarles el contagio de lo religioso, deseáramos devolverlas a una especie de idílico estado natural, previo a toda contaminación; pero lo que en realidad estamos haciendo es despojarlas de un elemento medular de la naturaleza humana, las estamos condenando a la intemperie espiritual, a la inanidad histórica. Hoy quizá parezca que la negación del espíritu puede suplirse con la promesa de paraísos terrenales de consumismo y hedonismo a granel; pero esa negación terminará acarreándonos consecuencias funestas. Quienes la promueven saben perfectamente que la estación final es el suicidio, la disolución en la pura nada; pero su apetito autodestructivo es mucho más fuerte que el miedo a ese futuro abocado al vacío. El cristianismo es la síntesis encarnada en Cristo entre la fe de Israel y el espíritu griego. Occidente nace de esa síntesis y se sustenta en ella; extirpado de esa síntesis, dejará de ser Occidente. Para entonces, sólo le quedará esa fiesta pagana, lúdica y consumista a la que se refería Mingote. O seré yo quien, desde mi humilde condición de mero aficionado a la literatura, discuta los méritos del hondo, fino y melancólico Antonio Gamoneda para recibir un Premio Cervantes que en cierta ocasión honró a la mediocre poetisa Dulce María Loynaz, pero resulta objetivamente imposible desvincular su galardón de la influencia del presidente Zapatero, que le tiene por uno de sus autores de cabecera- -lo IGNACIO cuál habla bien de sus gustos CAMACHO literarios- -y con quien comparte, además de amistad personal, paisanaje adoptivo. Como consumidor cultural estimo, sin embargo, que en España hay autores que por obra, empaque, edad, difusión e influencia merecerían la prioridad del jurado del Nobel hispánico. Pienso, por ejemplo, en Juan Marsé y Caballero Bonald, entre otros de los que habitualmente suenan como aspirantes. Pepe Caballero, que pasa por ser el preferido de la ministra de Cultura, no estuvo esta vez ni siquiera en las votaciones del jurado, porque Carmen Calvo no es tan desavisada como para postular un candidato distinto de quien la ha nombrado. Donde hay patrón, ya se sabe lo que pasacon los marineros. Se ha convertidoen costumbre que los presidentes del Gobierno- -desde González a Aznar- -se den a sí mismos una pátina de barniz intelectual imponiendo en el Cervantes autores de su referencia, y Gamonedalo es sin lugar adudas deun Zapatero que menudea sus citas en los discursos y que recibió del poeta asturleonés apoyo expreso en un manifiesto preelectoral. Detalle éste del que carecen en sus currículos tanto Caballero como Marsé, cuyas inequívocas convicciones izquierdistas conviven con una intensa independencia personal y política. Tan fuera dedudacomola calidad poética de Antonio Gamoneda resulta, pues, la evidencia de que era el candidato del presidente, quizá con prisa porque el año que viene toca por tradición no escrita galardonar a un autor de Hispanoamérica, y en el 2008 a saber dónde estará Zapatero, y por supuesto a saber dónde andará Carmen Calvo. De modo que era ahora o probablemente nunca. Y ha sido ahora cuando la corona cervantina ha ceñido las sienes serenas de un Gamoneda al que, repito, nadie con gusto literariopuedenegarlahonduralíricadesu voz luminosa, aunque su público sea reducido yparamuchos lectores españoles forme parte de la selecta Brigada de la Poesía Secreta. El artículo primero del manual del poder reza que el jefe siempre tiene razón, y en caso de quenotengarazónseaplica deinmediatoelcitado artículo primero. El poder está para eso, para ejercerlo, y si un presidente no puede lograr que se premie a su autor favorito, ni es presidente ni es nada. Decía Humpty Dumpty que las palabras significaban lo que él quería que significasen, y en virtud del mismo principio, los poetas valen en el mercado de los premios lo que el que manda quiere que valgan. Un Cervantes, por ejemplo. Así que Caballero y Marsé tendrán que seguir en la cola. Aunque, si Zapatero renueva mandato, yo no descartaría para otra edición a Suso de Toro.