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82 CULTURAyESPECTÁCULOS El poeta de la pérdida gana el Cervantes VIERNES 1 s 12 s 2006 ABC EL BLUES DE GAMONEDA EDUARDO JORDÁ Poeta y crítico L a primera vez que vi a Antonio Gamoneda pensé que tenía delante al ogro de Pulgarcito. Una cabeza que parecía una de esas rocas kársticas esculpidas por las contorsiones de un planeta endemoniado, unas cejas de granjero transilvano, unos ojos pequeños y asustados y casi avergonzados de recibir la luz, un cuerpo enorme, unas manos que podrían haber servido como cepo para tejones. Gamoneda no dijo nada en toda la noche. Se mantuvo abstraído, lejano, tal vez dormitando, o quizá abriéndose paso en su mente por una de esas ásperas parameras que llenan sus poesías. En un momento dado, el poeta derribó una botella de vino sobre la mesa del restaurante. Gamoneda apenas se inmutó. Dio un par de manotazos lentos, abrió un poco los ojos, vio cómo la mancha roja del vino se extendía sobre el mantel, y musitó unas palabras que nadie oyó, tal vez una súplica dirigida a aquella mancha roja que avanzaba por el mantel, Vuelve atrás, deténte, no te caigas al suelo, no nos arrastres contigo hasta que volvió a sumirse en el sopor geológico. En la siguiente ocasión que lo vi, durante una lectura de poemas, Gamoneda estaba entre el público, con la cabeza gacha y los ojos cerrados, perdido Su vida no ha sido fácil. Basta tenerlo delante un minuto y uno puede notar, hasta de forma física, sus tormentas interiores, los aullidos que le llegan desde dentro o esa oscuridad que se va extendiendo por su alma en uno de esos parajes por los que deambula su poesía, y que siempre imaginamos llenos de lápidas y de nieve, y por los que alguien avanza a tientas, sin saber que se ha perdido y que nunca va a encontrar el camino de vuelta a casa. La vida de Antonio Gamoneda no ha sido fácil. Basta tenerlo delante un minuto y uno puede notar, hasta de forma física, sus tormentas interiores, los aullidos que le llegan desde dentro o esa oscuridad que se va extendiendo por su alma a la misma velocidad con que se extendió aquella noche la mancha roja del vino. Y la poesía de Antonio Gamoneda, como es natural, es inseparable de estas tormentas y de estos aullidos y de este cansancio interior. Sus poemas son abruptos, oscuros, desapacibles. Gamoneda nunca se ha preocupado de modas ni de estilos, porque siempre ha ido por donde ha querido, eligiendo el camino más incómodo y menos transitado. Es cierto que a veces cae en la palabrería, y que otras veces no logra encontrar el sentido, pero también es verdad que a menudo logra elevarse hacia una especie de luz desgarrada, esa luz que los ojos de Gamoneda- -tan pequeños, tan doloridos- -se han acostumbrado a mirar desde lejos, siempre desde lejos. Si tuviera que citar un libro suyo, me quedaría con Blues castellano (1982) Hay en ese libro un puñado de poemas que resplandecen como hogueras en la noche, con sus vías de tren, sus casonas decrépitas y sus campesinos silenciosos que avanzan por un campo que no parece tener fin. Robert Johnson, si hubiera podido entender esos poemas, les habría puesto música con aquella guitarra que compró en unos almacenes de Dallas, poco antes de que un marido celoso lo matara con una botella de whisky envenenado. La vida, nos dice Gamoneda, también es una botella de whisky envenado. Pero hay que bebérsela. Y a tragos largos. Gamoneda, el miércoles durante la presentación de su antología Sílabas negras Miguel Delibes Escritor César Antonio Molina Director del Cervantes y poeta Luis Alberto de Cuenca Poeta CREER CREANDO HUGO MÚJICA Poeta Gamoneda es un poeta auténtico, que siente, no que simula sentimientos para epatar al lector Representa como pocos la poesía pura y veraz. El premio le llegaen plena vitalidad artística Es una persona con una independencia de criterio envidiable y de una modestia digna de tenerse en cuenta S ólo un verso suyo entre tantos: He tirado al abismo el hueso de la misericordia; no es necesario cuando el dolor es parte de la serenidad... Sólo alguien que ha abrazado la desnudez, la del abismo, puede nombrar la desesperación sin despojarla de belleza, es decir, crear la compasión; abrazarnos en ella, verso a verso. No la desesperación estridente, larvada de narcisismo, no la otra: la realidad aceptada. Aceptada y en esa aceptación, esa apuesta final, transfigurada: escribir, es decir, aún creer, creer creando. Sin esperar de sí, olvidándose. Así, como usted, en la poesía, en el olvido que habla, que nombra. FRÁGIL Y FORMIDABLE La escritura de Gamoneda lleva años afirmando la confianza de sus primeros lectores. El premio será una valencia de expansión mayor ILDEFONSO RODRÍGUEZ Poeta uve la suerte, por pura proximidad local, de conocer el gran libro de Antonio Gamoneda Descripción de la mentira recién publicado, hace casi treinta años. Era un libro parecido a cualquier otro de la hermosa colección Provincia, creada precisamente por él. Fuimos sólo unos pocos los que entonces lo conocimos y leímos, viendo, experimentando, la potencia de aquella escritura. Para el lector que ha tenido tal deslumbramiento, todo lo que a continuación se produzca en la expansión de la obra parece confirmar su primera seguridad. La escritura de Gamoneda lleva años afirmando la confianza de sus primeros lectores. Traducida a otras lenguas, multiplicada en publicaciones y en textos críticos. Ahora, el premio Cervantes lo veo como una valencia de expansión mayor y no me sorprende, me confirma en lo que siempre hemos sabido. Pero pienso sobre todo en los lectores y lectoras que, gracias a esta publicidad debida al galardón, obtendrán la misma- -y diferente- -experiencia que yo tuve de lo que desconocía. En cuanto al amigo escritor, brindo por su suerte merecida, me alegro con él y por él. Le ha tocado un premio gordo T