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ABC VIERNES 1 s 12 s 2006 OPINIÓN 3 LA TERCERA Antonio Gamoneda fue proclamado ayer premio Cervantes de Literatura, el mismo día que recogía el Reina Sofía de Poesía de manos de Su Majestad. Tal conjunción favorable supone un reconocimiento, tal vez tardío, pero de ineludible justicia para un autodidacta cuya poesía encarna la lucha de un hombre que ha sabido sobreponerse a sus circunstancias. Ofrecemos en esta página el artículo sobre Antonio Gamoneda del poeta y crítico Miguel Casado del que ha editado su poesía completa (1947- 2004) que quedó plasmada en el libro Esta luz: poesía reunida (Galaxia Gutenberg Círculo de Lectores) También Eduardo Jordá, Hugo Múgica, Andrés Sánchez Robayna e Ildefonso Rodríguez escriben en páginas interiores sobre el nuevo premio Cervantes EL MUNDO DE UN GRAN POETA Cuando leí por primera vez a Gamoneda- -hacia 1983- su poesía era un secreto bien guardado entre las murallas de León, aunque hubiera ya publicado tres libros, entre ellos el memorable Descripción de la mentira Veintitantos años después, su nombre se ha convertido en la más importante referencia de la poesía española actual... T RATANDO de definir el impulso que animaba la poesía de Baudelaire, escribió Walter Benjamin: El problema de Baudelaire podía plantearse así: ser un gran poeta, pero no ser ni Lamartine, ni Hugo, ni Musset Yo no digo que este propósito fuera consciente, pero estaba necesariamente en Baudelaire- -e incluso era esencialmente Baudelaire- En el terreno de la creación, la necesidad de ser distinto equivale a la existencia misma Son frases que no hablan sólo de un poeta: la poesía moderna encuentra su ser en la discontinuidad, en la apertura en cada caso de una lengua- mundo singular, distinta, en la que sin embargo los lectores puedan encontrarse. Así, en Baudelaire o Rimbaud, en Vallejo o Dickinson, en Celan. En la obra de Antonio Gamoneda ha alentado esta misma conciencia: que la escritura traza un espacio propio, que perseverar en ello es el compromiso que contrae el poeta. De ahí procede seguramente tanto la fuerza de sus textos como las vicisitudes que ha padecido su recepción. Cuando leí por primera vez a Gamoneda- -hacia 1983- su poesía era un secreto bien guardado entre las murallas de León, aunque hubiera ya publicado tres libros, entre ellos el memorable Descripción de la mentira. Veintitantos años después, su nombre se ha convertido en la más importante referencia de la poesía española actual; no se puede hablar de poesía moderna en nuestra lengua sin reconocer el papel clave de su obra. El proceso que ha llevado de aquel silencio a este reconocimiento reúne, de modo emocionante e insólito, la necesidad con la justeza. Y hoy la escritura de Gamoneda ya es patrimonio de todos los que aman una poesía que lleve al máximo singularidad e intensidad. Se encargó después de poner en marcha la actividad cultural de la Diputación leonesa, dirigiendo la colección Provincia en su mejor época y una prestigiosa sala de exposiciones, aunque fue separado de su cargo, tras un proceso legal, por falta de determinados títulos académicos. Sus últimos años profesionales los dedicó a la Fundación Sierra Pambley, entidad surgida, hace más de un siglo, en el campo de energía de la Institución Libre de Enseñanza. Su jubilación ha venido a coincidir con el reconocimiento de su obra. Quizá la poesía de Gamoneda tenga como núcleo central la tensión entre autonomía del texto y referencia autobiográfica. Se trata de una tensión tan manifiesta como difícil de nombrar: una construcción lingüística rigurosa y autosuficiente que, a la vez, no conoce otros materiales, otras temperaturas que los de la propia vida. Así, indagar en la memoria del poeta se hace indistinto de releer su obra; no hay en ella propiamente relato, pero sí diseminación y fragmentación de cápsulas narrativas, de figuras y personajes que reaparecen una y otra vez. Las imágenes y los núcleos emocionales del poema proceden del lugar del relato y en ellos se manifiesta la vida; sin llegar a declararse, se muestra. e este modo, por debajo de las palabras fluye una corriente de memoria, para cuyas emergencias Gamoneda encuentra una imagen presente también en autores como Walter Benjamin o Cesare Pavese: la del relámpago. El sustrato de memoria aparece, estalla en súbitos relámpagos que tiñen, cambian el color, las proporciones y perspectivas de la luz, hacen que el sentido exceda siempre su circunstancia concreta. De este excedente de sentido proceden las formas invisibles que habitan cada frase, del mismo modo que las personas que estaban próximas, cercanas, y han desaparecido, siguen habitando la vida, son las pérdidas que en ella no cesan de arder. Esta permanencia de la memoria, y la actividad de sus formas invisibles componen la materia del mundo cristalizado en Descripción de la mentira (1977) y que se prolonga, aun con muy fuertes transformaciones, hasta los recientes Arden las pérdidas (2003) y Cecilia (2004) Las palabras van sumergiéndose en el mundo creado entonces, moviéndose dentro de sus coordenadas, y eso provoca- -cada vez que se pronuncian de nuevo- que se enciendan con luz retrospectiva: cada poema hace nuevos los anteriores, alterando, removiendo sus condiciones de lectura; cada libro queda abierto y sigue transformándose al compás de cada libro posterior que aparece. El mundo de un gran poeta crece así. Hay en ello un espesor o una consistencia existencial y, a la vez, un pálpito de límite, de inminencia destructiva, una intensa intuición de negatividad. Lo que se ha calificado como poética de la muerte de Antonio Gamoneda es, realmente, una poética de la vida conducida a su límite. El mundo de Gamoneda- -cuando se decanta en la mitad de los años setenta- -era el de un superviviente, y daba cuenta, a la vez, de la precaria identidad del yo y del estado de un país oprimido y esquilmado: hacerse fuerte de manera beckettiana en los residuos- -lo que queda- hallar en la necesidad virtud, producir en ese lugar pobre y precario una concentración de energía existencial han sido el poder de los poemas. n la constancia de las formas invisibles se asienta la capacidad mítica del lenguaje de Gamoneda: para fundir la intimidad y el ser de la vida, para prolongar hasta la obsesión ciertas sensaciones tenidas en la infancia, para hacer persistente a lo largo de décadas el olor de unas hortensias, el tacto de unos guantes, la luz de una habitación donde alguien lloraba, unas manos lavando la ropa en una tabla de lavar- -la taja- la serpiente prodigiosa de una melodía deslizándose sobre el corazón. Trabajo mítico, pero también- -en una síntesis admirable de niveles- -de auto- análisis, ya que el mundo creado no se distingue de la propia vida: el deseo de un conocimiento de sí impulsa toda la obra de Gamoneda. Por eso hubo de escribir en ocasiones que lo que estaba diciendo le resultaba a él mismo incomprensible, indescifrable, que le inducía a perplejidad. Escribir para entender, para entenderse. El poeta se sitúa ante una sustancia de memoria y palabras que se le impone, que se ofrece desbordante de emociones oscuras, que no muestra otra claridad que la del retorno obsesivo. El poeta persigue ese núcleo, nos permite a los lectores acompañarle en esa lenta erosión, en ese conocimiento aplazado, intenso y efímero, como el de los relámpagos de la memoria infantil. E D T ambién su trayectoria biográfica resulta infrecuente entre los poetas de esta época. Nacido en Oviedo en 1931 y enseguida huérfano de padre, su madre se trasladó con él a León en 1934, comenzando una etapa de grandes estrecheces económicas; Gamoneda empezó a trabajar como recadero en un banco el mismo día que cumplió los catorce años, y permaneció luego en la misma entidad, en distintos puestos, otros veinticuatro años. La dureza de una vida laboral sin límites de jornada y las necesidades familiares no impidieron su formación autodidacta, su intensa dedicación a la escritura desde adolescente y tampoco su larga militancia antifranquista. MIGUEL CASADO Poeta, crítico y editor de la poesía completa de Antonio Gamoneda