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Jueves 30 de Noviembre de 2006 Editado por Diario ABC, S. L. Juan Ignacio Luca de Tena 7. 28027 Madrid. Teléfono: 913399000. Publicidad: 902334556. Suscripciones: 901334554. Atención al cliente: 902334555 Diario ABC, S. L. Madrid 2006. Prohibida la reproducción total o parcial sin el permiso previo y expreso de la sociedad editora. Número 33.226. Depósito Legal: M- 13- 58. Apartado de Correos 43, Madrid Precios de ABC en el extranjero. Alemania: 2,05 Bélgica: 2,00 Estados Unidos: 2,50 USD. Francia: 2,05 Irlanda: 2,10 Italia: 1,75 Holanda: 2,00 Portugal: 1,35 Reino Unido: 1,20 LE. Suiza: 3.40 CHF. Marruecos. 16 Dh. Irene Lozano SOL EN LOS ROSTROS H Allen Carr rompía un cigarrillo durante el discurso de presentación de un nuevo centro de tratamiento en Málaga Y el tabaco le ganó la partida Allen Carr llegó a fumar hasta cien cigarrillos al día. El último se lo fumó hace 23 años, y se convirtió en un apóstol de los métodos antitabaco. No bastó este antídoto. Ayer murió, víctima de un cáncer de pulmón POR NURIA RAMÍREZ DE CASTRO FOTO FRANCIS SILVA on sus libros y sus métodos la vida parecía sencilla. Era fácil tener éxito dejar de preocuparse o perder peso como proclamaban sus manuales de autoyuda. Pero sobre todo resultaba sencillo dejar de fumar. Millones de personas dejaron el tabaco con su método. Tan seguro estaba de su éxito que las 70 clínicas que había abierto por todo el mundo devolvían el dinero a quien no fuera capaz de dejarlo. El escritor británico Allen Carr había sido un fumador empedernido durante 33 años. Probó innumerables técnicas para dejarlo, pero fracasó estrepitosamente con todas. Ni siquiera la última voluntad de su padre funcionó. Contaba que cuando estaba a punto de morir de un cáncer de pulmón su padre le rogó que abandonara el tabaco. Apenas podía hablar, aunque su mensaje me llegó claro: Prométeme que dejarás de fumar me suplicó al oído. Un minuto después salí del hospital y me encendí un cigarrillo les confesaba a sus seguidores. En 1983, con 48 años de edad, dio el paso que cambió su vida. Pasó de fumar 100 cigarrillos al día a cero de forma instantánea, fácilmente, sin recurrir a su fuerza de voluntad, ni sufrir ningún síndrome de abstinencia. Descubrió aquéllo con lo que todo fumador sueña. Y consagró su vida a extender su método para dejar de fumar con una resultona prosa de telepredicador que movía voluntades. Sólo el año pasado por sus centros pasaron 45.000 fumadores, entre ellos celebridades como el actor Anthony Hopkins, el millonario Richard Branson o el futbolista italiano Gianluca Vialli. Su historia no tuvo un final feliz, casi acabó en un mal chiste. Tras querer alejar el fantasma del cáncer de millones de fumadores, Carr murió a los 72 años, víctima de un tumor en el pulmón. Ni su lucha, ni sus más de 23 años sin encender un sólo cigarrillo bastaron como antídoto. El gurú antitabaco perdió su última batalla. Cuando le diagnosticaron el cáncer de pulmón, sus médicos le advirtieron de que era inoperable, que su aparición se debía a sus años de fumador y a las intensas jornadas que dedicó a sus fervientes seguidores envuelto en humo. Quien acudía a sus primeras sesiones podía fumar y se convirtió, así, en un fumador pasivo expuesto al dañino humo. Sus médicos también le dijeron que le quedaban nueve meses, un tiempo que aprovechó para seguir su cruzada contra la nicotina. En una de sus últimas entrevistas concedidas al rotativo británico Daily Mail decía con una actitud filosófica: Calculo que he curado a 25 millones de fumadores en mi vida. Si mi enfermedad es el precio que debo pagar por ello, ha merecido la pena C AY gente que vive encerrada porque teme el espanto que provoca su rostro. En vez de cara, el destino les ha dado una máscara funeraria, con la que sólo pueden vivir sepultados entre cuatro paredes y contemplar en su espejo clandestino un alma que agoniza silenciosa. Ahora la cirugía ha encontrado un remedio y ya hay lista de espera para salir del nicho. Lo llaman trasplante de cara, pero yo diría que es el cuerpo el trasplantado. Un cuerpo muerto que quiere regresar a la vida, asomarse a ver el sol sin miedo al pavor de los otros; un cuerpo que necesita identidad: porque si tienes cara de monstruo, eres un monstruo. En la cara se escribe nuestra historia. Primero, los rasgos de los antepasados, los gestos de la madre o del abuelo, luego nuestros. Y en seguida, las cicatrices del tiempo: la pedrada de una amiga, la herida de un disgusto, la zancadilla de una enfermedad. Historias que contar a un desconocido que inquiere ¿Ahí qué te pasó? Donde cada ahí es un episodio de la vida. Y después las arrugas, surcos de un campo fértil trabajado golpe a golpe, cada año, porque la vida no nos permite quedarnos en barbecho. El rostro guarda sabores de otros besos y deseos de otros ojos, recuerdos a veces tan feroces que viene bien un antifaz para jugar a ser distinto en carnaval. Los crímenes, por cierto, también perduran en la cara de los criminales. Hay gente que obliga a las mujeres a esconder todo eso bajo un velo. Lo manda Dios, dicen. Yo no le he preguntado, pero seguro que no quiso convertir a la mitad de la humanidad en una oquedad que retumba invisible desde el fondo de unos harapos. O le han entendido mal o temen que un día esos rostros hablen lo que ahora callan.