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ABC JUEVES 30 s 11 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CAPULLOS SIN FRONTERAS L SOBRE EL APOYO DEL PAPA A TURQUÍA UÉ ha cambiado en el Papa? La diplomacia vaticana es sutil e imprevisible. Pero a veces, frente a las falsas verdades evidentes, están los hechos: el cardenal bávaro sentía resistencia ante Turquía en la Unión Europea. Benedicto XVI, no. En su entrevista con el jefe del gobierno turco, el Papa dispara de pronto, en estos o parecidos términos: sí, puede usted contar con nosotros, apoyaremos a Turquía a entrar en la Unión. Las palabras oficiales han sido, claro, más diplomáticas: avanzaremos en el camino del diálogo, acercamiento e integración en Europa, sobre la base de valores y principios comunes El Papa y Recep Tayyip Erdogan han hablado de libertad religiosa, de defensa de la paz, de la común civilización universal: una sola civilización, aunque subsistan los fraccionamientos entre modelos históricos. Los protagonistas del diálogo han ido, de pronto, muy allá. Más allá que el presidente americano, George W. Bush. Erdogan y Benedicto simbolizan lo opuesto a la ligereza, la absoluta volatilidad del ser que Bush es. DeDARÍO fienden además un entendimiento de VALCÁRCEL la guerra moderna como mal atroz, casi siempre evitable. Precisamente por lo anterior, han considerado la radical infiabilidad del presidente americano (limitada, sí, por la elección del día 7) ¿Es aventurado hablar en términos políticos? Quizá no. Estamos ante un problema civilizacional, pero también político. Es probable que el recorrido vital de Benedicto XVI sea más breve que el de su antecesor. Juan Pablo II era carismático. Pero no era un gran teólogo. Su sucesor tiene una formidable cabeza teológica y algunas lagunas en los escalones inferiores. Será curioso ver a un vigoroso pontífice de 79 años frente a un buen conocedor de la religión musulmana como Erdogan, decidido a defender un is- ¿Q lam pacífico, no fanatizado. ¿Rebajamos el diálogo Cristiandad- Turquía si aludimos a Bush? Quizá no. Es el líder de la nación hegemónica. Su presidencia se abrió con el 11- S y el hundimiento de las Torres Gemelas. Escalofría ver el austero rectángulo al sur de Manhattan. Apenas doce fotografías con sobrias leyendas al pié: horario de aquel día, 07.01 a. m, el sol comienza a iluminar las dos fachadas oeste de las Torres... El silencio de los que peregrinaban allí el día 18 de este mes, las escondidas lágrimas de algunos bomberos, visitantes del ground zero... Todo era sobrio y verdadero. Pero la vida está hecha de contrastes. La Casa Blanca respondió torpemente, incompetentemente, mentirosamente: invadió Irak, país del todo ajeno a Al Qaeda, sin armas atómicas. Guerra inútil, costosísima en muertos, en heridos y en general sufrimiento. Turquía es aliada de la OTAN. Sería raro que un socio responsable de la alianza militar fuera rechazado en el club civil. Hay diferencias culturales profundas, sí. Pero Estambul es más próximo a Lisboa, Nápoles o Cádiz que Helsinki, Riga o Estocolmo. Bush quiso acabar con la UE, como J. M. Aznar, al que, atención, debemos dejar en paz. Frente al criterio de los diez presidentes anteriores, de Eisenhower a Clinton, el actual habitante de la Casa Blanca quiso matar a la vieja máquina europea, que, por cierto, resistió bien (el euro se cotiza a 1.3141 frente al dólar) En 2003, Bush se atrevió a pedir a los líderes europeos que Turquía fuera aceptada en el mercado único (creía que eso era la Unión) Fue oportuna la nota que le pasaron entonces. En el extremo opuesto, Benedicto XVI apoya la integración cultural turca. El Papa y el primer ministro Erdogan salen en defensa de la paz, del diálogo de la razón y de la transparencia contra el uso secreto de la violencia. En esto coinciden con Eisenhower, Kennedy, Reagan, Bush padre o Clinton. Pero no con George W. Bush. O malo de esta costumbre de adelantar hasta noviembre los preparativos de la Navidad es que también madrugan las habituales sandeces de sus objetores. No se trata ya de las consabidas, y siempre algojustificadas, diatribascontraelconsumismo y el derroche, sino de la más reciente crecida del multiculturalismo de salón. Las primeras forman ya parte del propio folclore navideño, casi tan entrañables como los mazapanes, las lucecitas y el turrón, y constituyen un contrapunto más o menos necesario del manifiesto dispendio que efectivamente se produce al conIGNACIO juro del consumo masivo. CAMACHO Pero el segundo tiene que ver con un virus mutante de progresía aguda, que bajo la cobertura de un presunto laicismo neutralista esconde un tufo de alianza de civilizaciones tan hostil a la tradición de portales y pastorcillos como proclive a la de babuchas y turbantes. En fin, ya saben: la nueva milonga que protesta de que Baltasar sea negro y el Niño Jesús judío, o el neologismo reduccionista que pretende despojar a la fiesta de su raíz cristiana para ceñirla a una escueta rutina de revista de decoración, con abetos adornados y bolitas de colores, como si tales ritos no proviniesen de una simbología tan religiosa como la protestante. Esos luminosos maestros de Zaragoza que han decidido clausurar la función infantil navideña para sustituir los villancicos por poemas de invierno son el último grito de esta corriente de fundamentalismo inverso. Por supuesto que no han dudado en celebrar con los niños una fiesta tan arraigada como Jalouín, que debe suscitar en la conciencia popular aragonesa una emoción tan profunda como la de la Pilarica. Es la misma vacua mentalidad pendular que el año pasado inventó en Cataluña las primeras comuniones laicas o la que ha convertido el honesto y austero matrimonio civil en una parodia del canónico, con su homilía a cargo del concejal de turno y su ceremonial escrupulosamente transferido del rito católico. No consta, sin embargo, que los ilustres pedagogos zaragozanos estén dispuestos a renunciaralasvacaciones deNavidad, queenlalaica Europa finalizan el 2 de enero y aquí se prolongan hasta después de Reyes por mor de esa odiosa y opresiva tradición dela Epifanía católica. Da un poco de pereza discutir sobre esta estupidez flagrante y novelera, que esconde sin embargo un designio liquidacionista de lo mejor de nuestra tradición, no ya religiosa, sino cultural, y una renuncia quintacolumnística a las señas de identidad que conforman la médula espiritual de nuestra forma de ser. Llevada al límite, esta objeción neutralista dibuja el horizonte de una sociedad átona, triste, deshabitada de símbolos e inerme ante el empuje de otras civilizaciones que sí defienden los suyos, y con pocos tiquismiquis a la hora de imponerlos. Una sociedad con velos y sin crucifijos, con chilabas y sin belenes. Cada uno es libre de creer en lo que quiera, pero sugiero modestamente que estos arúspices de la más trivial multiculturalidad se organicen en una ONG para mejor defender su modelo social: Capullos sin Límites, digo, sin Fronteras.