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68 AGENDA Tribuna MIÉRCOLES 29 s 11 s 2006 ABC Carlos Murciano Escritor EMILIA L día 10 del pasado mes de junio, aparecía en la editorial barcelonesa Candaya la obra completa del poeta venezolano José Barroeta, fallecido cuatro días antes. Era como la última jugada del destino a este cantor de Pampanito, zarandeado por los avatares del vivir, nacido en 1942, miembro de La Pandilla de Lautrèamont residente algunos años en Barcelona y Madrid, y afincado al cabo como profesor universitario en la Mérida andina, en donde le alcanzó la muerte. E La voz de Barroeta crepitó siempre, memorativa y sacudidora, como una salamandra de andar sosegado y coletazos rebeldes; un hálito vallejiano se manifiesta en sus giros imprevistos, en sus frases golpeantes nura de los muertos y le pregunta, desolado, dónde estarán mi padre y mi madre, con sus rostros a obra poética de Barroeta, iniciada en 1971 con el poemario que da título a esta edición, Todos han muerto es más intensa que extensa, pues la integran sólo seis libros, el último de los cuales, EIegías y olvidos se recoge aquí, inédito. La voz de Barroeta crepitó siempre, memorativa y sacudidora, como una salamandra de andar sosegado y coletazos rebeldes; un hálito vallejiano se manifiesta en sus giros imprevistos, en sus frases golpeantes- si no me amas, mato a mi padre en sus modos. El mundo familiar, su ayer áspero, si acogedor, regresa con frecuencia, lastimando verbo y verso: Esta casa donde fuimos amenos... se ha convertido en polvo de la carne, en barro oscuro Pide a su pueblo terrenal y celeste que le dé la caliente ter- L Y es precisamente la figura de la madre la que hoy me mueve a escribir. En ese libro último, Elegías y olvidos Barroeta inserta un poema titulado Emilia en el que la evoca con violenta terneza: Sobre mi madre caen piedras, palos viejos, tribulaciones... Mi madre Emilia Paolini, nieta de un italiano aventado por hambre y destino de la isla de Elba a los valles calientes de Trujillo, me habla de sus ojos de higo y aguas marinas, los cuece en la melancolía olorosa de la tarde El estremecedor poema de Barroeta, me lleva a otro de igual título y nombre, en el que aquella terneza se dulcifica y amansa; Emilia de Gerardo Diego, primero del capítulo Mis hermanos de ese libro capital en su obra, por íntimo y corazonado, que es Mi Santander, mi cuna, mi palabra (1961) Son trece estrofas de cuatro versos asonantados, dedicadas a esa hermana mayor, rica de primogenitura sordomuda, que se ocupó del poeta niño con una entrega maravillosa y como premonitoria de su brevedad, adelantada ella en la tierra- -como dice el poeta- pero también en el cielo: Yo era un niño de meses, tú una infanta, virgen de musas y de músicas. Entre tus brazos de soñada madre tú me estrechabas con ternura En ninguno de los cincuenta y dos versos del poema pierde el poeta pulso y delicadeza. La sabiduría poética y musical del santanderino se afina y se afila en esta evocación entrañada de esa hermana que se fue, y que tantas cosas le expresó con sus ojos, muda su lengua. ecuerdo que, en un homenaje póstumo que le ofrecimos al poeta, Elena Diego llevó una cinta con la voz de su padre, en la que, entre otros, leía este poema. Tuve la suerte de escuchar al maestro en vida decir sus versos, pero nunca me conmovió tanto como en esta recitación ausente, trémula su voz emocionada: ¿Acaso ya sabías, dulce hermana, dulce doncella sordomuda, que Dios que te selló boca y oídos para embriagarte de su música, desataría un día mi trabada len- R gua discípula y adulta? ¿Sabías ya que yo iba a ser poeta? ¿No eres tú, Emilia, quien me apunta? Un tercer poeta, Ángel García López, titula también con esas seis letras, Emilia uno de sus poemas. En 1963, cuando da a la luz su primer libro, ese nombre signaba ya cubierta y contenido: Emilia es la canción Tenía el poeta gaditano veintiocho años, crecido el amor, cálido el verso; y el soneto brotaba ya de su pluma con limpieza: Emilia es la canción. Sopla el levante las torres de mi Cádiz, la bahía. Reseca el sol la piel de Andalucía. Conmigo Emilia va, sueño adelante Casi cuarenta años después, Emilia sigue yendo con él, vida adelante. Y el soneto. Y a esa forma se aferra para decir una vez más su canción a quien sigue siendo para él sostén y compañía. Emilia titúlase su último soneto, aún inédito, al que he tenido acceso, y del que transcribo su primer cuarteto: Vivir se nos acaba. El tiempo tiene su momento anotado, esposa mía, y hoy juro que te quiero igual que te quería ayer, mañana, ahora y el instante que viene Tengo a Ángel por uno de los mejores sonetistas vivos de nuestra lengua, por lo que esos alejandrinos que se instalan tras los endecasílabos tradicionales, no son- -nadie lo piense- -un desliz, sino una habilísima manera de ratificar la rotundez de su juramento. Madre, hermana, esposa: tres fidelidades. Y tres poetas distintos para un solo nombre verdadero. Amador Griñó Escritor DE HONESTA VOLUPTATE ARTOLOMEO Sacchi, bibliotecario del Vaticano durante el pontificado de Sixto IV escribió a finales del siglo XV (1474) el libro titulado De honesta voluptate e valetudine De la honesta voluptuosidad y salud bajo el seudónimo de Platina. Este gran florentino ya prefería la calidad a la abundancia, y apostaba por el máximo refinamiento dentro de la mayor naturalidad, despreciando el abigarramiento barroco en la comida. Platina estaba convencido de que existe una infinidad de placer en las combinaciones sencillas, como por ejemplo un excelente vino acompañado de un exquisito queso y unas aceitunas de primera calidad bien aliñadas. No hay nada nuevo bajo el sol, esto es la nouvelle cuisine con quinientos años de antelación. Sacchi confiaba más en el propio paladar que en las normas preestablecidas respecto a los alimentos. Siguiendo sus enseñanzas y mi propio paladar, B Platina estaba convencido de que existe una infinidad de placer en las combinaciones sencillas, como por ejemplo un excelente vino acompañado de un exquisito queso y unas aceitunas de primera calidad bien aliñadas creo que los matrimonios indisolubles que la moda decimonónica francesa decretó entre el vino blanco y los pescados y mariscos, o los tintos y la carne, pueden hoy en día disolverse. Este divorcio incluso está bien visto, y si no os lo creéis, os aseguro que merece la pena realizar la experiencia. a mayoría de las personas prefieren escudarse en lo ya sabido, en lo conocido y establecido para no tener que poner en funcionamiento sus neuronas. Pensar es muy difícil. Esta incapacidad investigadora, o terror pánico a la innovación, nos escatima toda una serie de posibilidades placenteras y, lo que es peor, impide la formación del buen criterio personal. Sin error no hay acierto. El miedo a hacer el ridículo y la desconfianza en nuestro propio paladar, son dos terribles dragones que nos paralizan ante este delicioso líquido. Es bien cierto que difícilmente L podemos elegir un vino si no lo hemos probado anteriormente. En estos casos, hay que pedir ayuda al restaurante o al sommelier (si el establecimiento dispone de tal empleado) sin complejos, explicando cual es el tipo de vino preferido. Si la elección ha sido buena o mala, que nos sirva para nuestro fichero interior. Lo importante no es que sea blanco o tinto, lo que no se puede beber es vino malo, y esto hasta la iglesia lo sabe, pues ya en el siglo V en el Síno, do de Berito, se acusó al Obispo Ibas de Edesa porque ofrecía en el sacrificio vino de mala calidad errores y aciertos. Pero en este aprendizaje vale poco la teoría y mucho la práctica. Q H ay que saber, y este saber no es memorizar un catálogo de normas y protocolos, esquemas y clasificaciones. Dejemos esto para los franceses que tanto les gusta. Al vino hay que lanzarse como nos lanzamos a la conquista de un amor, y os aseguro que en muchos casos el vino es un perfecto aliado para estas aventuras. Es bien cierto que este saber no se adquiere por ciencia infusa. Necesita tiempo y maestros, uiero terminar con una recomendación escrita en 1744 por el agustino portugués Fray Joaõ Pacheco, Predicador General de la Orden en el convento de Nuestra Senhora da Graça de Lisboa: el vino tomado con moderación, causa buenos efectos, porque da buen nutrimento al cuerpo, fomenta el calor natural, purifica la sangre, abre el apetito, disipa los humores tenebrosos que inducen tristeza, calienta los cuerpos fríos, refresca los cálidos, humedece los secos, deseca los húmedos, infunde valor, y aguza el entendimiento. Aguza el entendimiento, porque en la sangre inspira el vino unos alientos, que fortifican el cerebro, y ayudan en sus operaciones el juicio. Infunde valor porque con sus espíritus infunde vigor, y alienta el corazón; por eso los Lacedemonios lavaban con vino a sus hijitos en la infancia, y lo daban a beber a sus soldados Hay que aplicarse el cuento.