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Lunes 27 de Noviembre de 2006 Editado por Diario ABC, S. L. Juan Ignacio Luca de Tena 7. 28027 Madrid. Teléfono: 913399000. Publicidad: 902334556. Suscripciones: 901334554. Atención al cliente: 902334555 Diario ABC, S. L. Madrid 2006. Prohibida la reproducción total o parcial sin el permiso previo y expreso de la sociedad editora. Número 33.223. Depósito Legal: M- 13- 58. Apartado de Correos 43, Madrid Precios de ABC en el extranjero. Alemania: 2,05 Bélgica: 2,00 Estados Unidos: 2,50 USD. Francia: 2,05 Irlanda: 2,10 Italia: 1,75 Holanda: 2,00 Portugal: 1,35 Reino Unido: 1,20 LE. Suiza: 3.40 CHF. Marruecos. 16 Dh. Una despedida funesta No empezó bien al escoger para su fiesta de soltero un templo del delito. Afroamericano, no eludió la pelea en un local trufado de policías. La fatalidad llevó a que los agentes lo cosieran a tiros POR MERCEDES GALLEGO EN EL AIRE Mónica FernándezAceytuno LOS CEDROS DEL LÍBANO C A las cinco de la mañana del día de su boda, Nicole Paultre, de apenas 22 años, se encontraba en la sala de urgencias del hospital Jamaica, en el barrio neoyorquino de Queens, preguntándose si el padre de sus tres hijas sobreviviría para llevarla al altar. Cinco horas después, los médicos le enseñaban su cadáver. Sean Bell, un afroamericano de sólo un año más, había fallecido después de que la Policía pusiera fin a su despedida de soltero a la puerta de un club de streaptease con 50 disparos. Se suponía que hoy iba a ser el día de su boda, no el de su muerte sollozaba Oniaja Shepherd, tía del novio que iba a ser enterrado. El padre del joven observaba perplejo, con los ojos hinchados, el sol que brillaba el sábado. ¡Mira qué día! murmuraba, Hubiera sido precioso Una detective en la pista de baile La tragedia de Bell empezó al elegir para su fiesta el club Kalua, un cabaret bajo vigilancia policial por prostitución y tráfico de drogas. Una detective disfrazada bailaba en la pista, mientras cinco policías de paisano la cubrían en un coche aparcado fuera. Bien entrada la madrugada, la detective escuchó a una de las bailarinas decir que alguien tenía una pistola. Salió e informó a sus compañeros. A las cuatro, una pelea en la puerta. Según el Comisionado de Policía, Raymond Kelly, Bell dijo a sus amigos: ¡Vamos a joderlo! Uno de sus colegas, Joseph Guzman, que también resultó herido en el altercado, le secundó: Hey, tú, ve y tráeme mi pistola La pelea se resolvió sin tiros y los dos grupos se disolvieron. La detective siguió a Bell y a El malogrado Sean Bell, con su novia Nicole y una de sus hijas tres de sus amigos hasta un Nissan plateado, pero a la manzana siguiente se estrellaron precisamente contra el monovolumen negro donde se escondía la policía. Bell dio marcha atrás, y esta vez casi atropella a la detective, pero, en lugar de eso, chocó contra la persiana de metal de un comercio. Metió la directa y volvió a embestir el coche policial de incógnito. Fue aquí cuando los agentes salieron, pistola en mano, y dispararon a quemarropa hasta agotar los cargadores. AP Uno de ellos disparó 31 balazos, cifra cercana a los 41 que recibiese el emigrante guineano Amadou Diallo en 1999, que fue víctima en otro caso de abuso de fuerza policial que desató chispas entre la comunidad negra. La Policía niega que se trate de un caso de racismo, y aduce que dos de los cinco agentes involucrados eran negros, uno hispano y dos blancos. Bell falleció en el hospital, donde dos de sus amigos se encuentran en estado crítico. Un tercero se dio a la fuga. No se ha encontrado ningún arma. ORTÓ una familia un cedro tan alto que le dio para hacer la tarima, la mesa del comedor de una pieza y toda la carpintería de la casa. Frente al ciprés, que ensalza las líneas rectas de los edificios, el cedro tiene una altura y una caída de ramas que dulcifica la verticalidad de los bloques de viviendas y disimula con elegancia la ropa tendida en las terrazas. El cedro lo tapa todo. Por aquí hubo un alcalde que se erigió en un parque un monumento a sí mismo, un obelisco, un monolito con su placa de bronce y su leyenda, y cuatro relojes en lo más alto parados desde hace años cada uno a su hora. Como responsable de los jardines, me propusieron hace tiempo derribar el monumento, a lo cual me negué pues su derribo ofendería seguro a alguien y me parece que no hay mayor manifestación de la falta de inteligencia que la ofensa por la ofensa. Así que planté un cedro, un gran cedro del Líbano, justo delante. Su cima toca ya las agujas paradas y está el cedro tan hermoso que la gente, que tiene ya más que olvidado al alcalde y su monolito, pregunta al pasar: ¿qué árbol es ése? Que yo recuerde, hay unos buenos ejemplares de cedros en la plaza de Cuzco de Madrid, y en el parque del Oeste, pero en casi todas las ciudades hay un cedro del Líbano o de Salomón, alternando su respiración con la nuestra. Resulta chocante contemplar estos días las imágenes que llegan de Beirut, en las que una multitud enfebrecida agita en sus banderas la silueta de un cedro del Líbano, ese árbol majestuoso y tranquilo que, aunque soplen los vendavales, tiene unas ramas de tanto peso que se mueven como si no sucediera en el aire más que una ligera brisa.