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ABC LUNES 27 s 11 s 2006 CULTURAyESPECTÁCULOS 81 TEATRO Don Gil de las calzas verdes Autor: Tirso de MolinasVersión y dirección: Eduardo VascosEscenografía: Carolina GonzálezsVestuario: Lorenzo CaprilesIluminación: Miguel Ángel CamachosIntérpretes: M. Díez, J. Notario, J. Meseguer, M. Cubero, P. Pedroche, T. Misó, C. Sánchez, I. Irazábal, J. L. Santos, y J. Dauder, entre otrossLugar: Teatro Pavón. Madrid De Doña Juana a donjuán JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Fray Gabriel Téllez, el religioso que agazapó su nombre tras el seudónimo de Tirso de Molina para hacer que sus musas desplegaran las alas en el aire nuevo insuflado por Lope al arte de hacer comedias, es autor de sólido ingenio, ágil inventiva y portentosa habilidad en la carpintería teatral; el más grande de los dramaturgos del Siglo de Oro tras las ciclópeas figuras de Calderón y el Fénix de los Ingenios. Entre sus comedias de intriga, los especialistas coinciden en destacar Don Gil de las calzas verdes nove- dosa en su época por el papel independiente y trasgresor de su protagonista, una mujer que sin pararse en convenciones de disfraza de hombre en pos de su honor perdido, y por la original forma con que renueva y potencia ese viejo recurso del disfraz con un complejo juego en el que maneja significaciones, equívocos, identidades sexuales y prejuicios sociales, y todo ello sin perder ni el vuelo de la comedia ni la altura lírica. La doña Juana protagonista se transforma en todo un donjuán cuando, tras los pasos de don Martín, que le dio promesa de matrimonio, viaja a Madrid, donde el galán, bajo la falsa identidad de don Gil de Albornoz, prepara su boda con la acaudalada doña Inés. Doña Juana se hace a su vez pasar por un tal don Gil, apuesto petimetre de belleza andrógina, que vestido de verde esplendoroso seduce a doña Inés y a alguna que otra dama, aceza de celos a don Martín y a un don Juan que también ronda a las bellas, siembra el desconcierto en su doble juego de doña Juana y don Gil, y vuelve tarumba a Caramanchel, el gracioso criado que toma a su servicio en la por entonces recién estrenada Villa y Corte. Todo para conseguir que su don Martín vuelva al redil de sus afectos. Aunque el final restaure la si- Una escena de Don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina tuación que las convenciones de la época exigen, Tirso ofrece aquí una anticipadora mirada crítica sobre los roles de hombres y mujeres. Una gran comedia que estrenaron en el toledano Mercado de la Fruta, en 1615, Pedro Valdés y su esposa, Jerónima de Burgos, notoria amante de Lope, y que Eduardo Vasco ha dirigido con cierta solemnidad y una opulencia de corte pictórico a la que contribuyen la escenografía de Carolina Suárez y el vistoso vestuario de Lorenzo Caprile. Un montaje muy cuidado, iluminado con densidad barroca por Miguel Ángel Camacho, y que transcurre con cierta lentitud, hasta que se producen el múltiple duelo de los don Giles, con momentos de vertiginosa comicidad, y la posterior anagnórisis, ese culto palabro con el que se denomina el reconocimiento, la revelación de la verdadera identidad ROS RIBAS de quien se esconde. Montse Díez se muestra rotunda como don Gil y preciosa ridícula como doña Juana, forzando tal vez la transición al cargar la acentuación de cada género. Muy bien el Caramanchel de Joaquín Notario, que hace grande cualquier papel, y estupendo el nivel conjunto del reparto, del Quintana de Juan Meseguer, a la doña Inés de Pepa Pedroche o el don Juan de Toni Misó.