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ABC LUNES 27 s 11 s 2006 Tribuna AGENDA 59 Joaquín Albaicín Escritor EN LA SEVILLA DE ENRIQUE EL LILLO NO de los más emblemáticos integrantes de lo que llamo sección de botines o brigada taconeadora de la Generación del 27- -toreros a la par que músicos o danzarines- -fue Enrique Ortega Lillo. Primo hermano de Joselito y Rafael El Gallo- -con el primero de los cuales alternó en sus breves tentativas novilleriles- -y también del padre de Manolo Caracol y del dramaturgo y pareador Cuco, progenitor a su vez de Rafael Ortega Gallito, Enrique El Lillo brilló como banderillero de solera y bailaor de la compañía de Argentinita antes de retirarse como mozo de espadas de su sobrino, José Ignacio Sánchez Mejías. Tacón, espada y flámula, su sonrisa resplandece en la histórica foto del elenco de Las calles de Cádiz junto a las de Argentinita, Pilar, mi tío Miguel, Niño Gloria, La Macarrona, La Malena, Espeleta... A su Sevilla, a la Sevilla de callejas benaresíes de Lillo- -de la que llevábamos ausentes desde los Domingos de Resurrección de Curro Romero, Rafael de Paula y otro más- -fuimos a celebrar la boda de Manuel Loreto, hijo de Manolete, de esa misma familia de la que brotó Manuel Soto Loreto, siguiriyero de leyenda al que apodaron Torre por su estatura y uno de cuyos nietos, Tomás de Perrate, triunfó esa misma noche por todo lo alto en la Bienal. La misma prosapia, sí, de Maleni, madre de Julio Aparicio. Lo que no imaginábamos era ir a encontrarnos allí con la estela del Lillo. Nuestras miradas se cruzaron ya en la boda, en el atrio de la Macarena ante cuyo altar don Salvador, oficiante de las nupcias, bramó durante la homilía contra la ignorancia por la palabra dada reinante en el orbe. Luego, en el banquete, co- U Cualidades- -evoca, sin falsas modestias- las tenía todas. Para hacer llorar a la gente. Pero me faltaba la más necesaria: el aguante, el valor do con la flámula en la zurda. Habrá que verle, como habrá que ver a Oliva Soto y que seguir viendo a Cayetano, y a Aparicio, y a Manuel Amador, y a Curro Díaz... Cae la noche y, en una estancia de la antigua mansión, suena dulce la guitarra de Jerónimo, padre de Julio, voz cantante del grupo Sinlache, y la bulería de Salomé, y el recitado de Manolete. Al incidimos en la misma mesa. Me refiero a Manuel Ortega Ramírez, el hijo de Lillo, camarero que pega bandeja en mano trincherazos de alta escuela. De esa escuela en la que no puede uno matricularse, porque hay que traer aprobada su principal asignatura, la del sentimiento, antes de soltar el primer vagido. -Cualidades- -evoca, sin falsas modestias- las tenía todas. Para hacer llorar a la gente. Pero me faltaba la más necesaria: el aguante, el valor. vio, a quien el tío Manuel refresca la memoria sobre los días en que su progenitor tenía el puesto de pescado donde se ponía siempre Enrique Ponce... Y claro, me pierdo. Hasta que Miguel- -que, tras unas cuantas Pasiones saliendo de armado, lleva ya un cuarto de siglo de capataz del Cristo de la Sentencia- -aclara que su padre no era Canorea y, el Enrique Ponce en cuestión, no quien todos pensamos, sino un comerciante de atunes, gambas y merluzas. Toda una institución en la plaza, sí, pero... en la del mercado. en el rostro la bondad personificada y, bajo la camisa, el hábito del Gran Poder. Recuerda cuando, siendo niño, acompañó a su padre al Hotel Madrid a saludar a mi abuelo, que hacía esa tarde el paseíllo en Sevilla. Añora el cante de La Paquera. Y el toreo de Pepe Luis Vázquez. Y el debut de su prima Luisa Ortega en el Calderón. ¿Cómo es Madrid? -nos pregunta- Mi padre decía que, de Madrid, al Cielo... En nuestra mesa come también Miguel Loreto, tío del no- Lleva Porallí, unhijodeLuqueGa- go, ¡tantas tardes en la cuadrilla de Rafael! Y, junto a su padre Juanma, capataz de la Hermandad de los Gitanos, otro torero: Luis Martín Núñez, que gustó en su recentísimo debut en la Maestranza, sin caballos y con erales del Marqués de Domecq, de la mano de Curro Romero y que acaba de estrenarse con los del castoreño en Guillena. Dicen que en Sevilla perdió las orejas con el descabello, después de haber entusiasma- día siguiente, vamos a la Alameda a ver la estatua de Caracol, entre las Columnas de Hércules. Pero la plaza está en obras y la han retirado temporalmente. Allí sigue, en Trajano, la casa de Joselito El Gallo. Mil veces he pasado ante su fachada, y hasta hoy no me había detenido ante ella. ¿O sí? Quizá haya tenido que venir con Salomé y haber conocido la víspera al hijo de Lillo. El tiempo se ha parado en las contraventanas silenciosas de la finca, donde hoy vive un anticuario. Cubre la fachada un azul celeste de seda torera apagada, dormida. Parece eso, un traje de luces antiguo. Un suspiro de José. Para suspirar también, el jamón serrano de Albariza, en la calle Betis, que está de bueno que da pena comérselo e incorporo a los entremeses de mi menú de degustación ideal junto a las gambas a la plancha de La Pesquera (Marbella, cerca de la Plaza de los Naranjos) y los trigueros de El Mollete (Madrid, calle de la Bola) Para postre, también un manjar sevillano: los pasteles de nata y yema tostada de Ochoa, en la calle Sierpes. Y es que, bien atendido, el paladar es otra puerta interdimensional, como esa casa de los Gallos cuya contemplación, décadas después de haberse marchado los toreros que la habitaron, nos enseña que, en palabras de Gómez de la Serna, nada ha sido verdad si no se evoca de nuevo, si no se sueña después Javier Tomeo Escritor LA MALDICIÓN DE LAS HABAS E Los egipcios de las pirámides y los faraones llamaban campos de habas al lugar donde reposaban sus muertos N el restaurante del barrio- -apenas una modesta casa de comidas- -me recomiendan encarecidamente que hoy, festividad de San Macario, pida habas con jamón que es una de las grandes especialidades de la casa. La oferta es tentadora y no puedo resistirme. Busco mi mesa de siempre, junto a la ventana, y espero pacientemente. Cinco minutos después se presenta el camarero con el plato de habas y trata de infundirme ánimo con una sonrisa sospechosa. Mueve varias veces la cabeza y me mira a los ojos de un modo extraño, como si estuviese despidiéndose de alguien que esta a punto de partir hacia un país muy lejano. -Buen provecho- -me digo a mí mismo. Perocuandollegaelmomen- to no me atrevo a hundir el tenedor en el plato. Este preciso instante acabo de recordar que los antiguos egipcios- -los egipcios de las pirámides y los faraones- -llamaban campos de habas al lugar donde reposaban sus muertos mientras esperaban la reencarnación. Aquellos hombres- -y supongo que también sus mujeres- -jamás comían habas porque estaban convencidos de que haciéndolo se arriesgaban a consumir la vida de los antepasados que descansaban en las leguminosas. Pero, ¿y el gran Pitágoras, que prefería mil veces antes correr el riesgo de morir a manos de sus crueles enemigos que ocultarse en un campo sembrado de habas? -Tenga usted cuidado- -me susurra al oído Cicerón- No importa que esas habas hayan sido aliñados por la sabia mano de un andaluz. Piense usted que las habas impurifican la sangre, hinchan el vientre y excitan los malos deseos. -Ese caballero tiene toda la razón del mundo- -interviene Andrés Laguna, el sabio médico de Felipe II- Hágale caso, no importa ahora que su nariz parezca un garbanzo. Las habas engendran ventosidades y restriñen el vientre. La verdad es que no me sorprenden todas esas advertencias. Las flores de las habas son grandes, blancas y con una mancha negra a cada lado. Son, pues, flores enlutadas y fueron ellas las que más contribuyeron a la sombría reputación de esas leguminosas. Los pueblos antiguos, tras los funerales, se atracaban de habas y pensaron que quienes dormían en un campo de habas se despertaban al día siguiente locos. -Usted disculpe- -le digo al camarero de la amplia sonrisa- -pero acabo de recordar que mi médico me tiene terminante prohibido que coma habas. Sírvanme pues una tortillita a la francesa poco hecha.