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ABC DOMINGO 26 s 11 s 2006 Tribuna AGENDA 75 José Joaquín de YsasiYsasmendi Empresario EL LEGADO DE FEDERICO CARLOS SÁINZ DE ROBLES ACE ahora un año que en la soledad de su despacho de trabajo, un hachazo invisible y homicida derribó para siempre a mi entrañable amigo y compañero Federico Carlos Sáinz de Robles y Rodríguez, emblemática figura de la Judicatura española. Se nos fue sin hacer ruido, con la discreción y el sosiego que le caracterizaron siempre. Había llegado en su carrera a lo más alto: presidente del Tribunal Supremo de Justicia y presidente del Consejo General del Poder Judicial. Ilustres plumas de la Magistratura y del Derecho le dedicaron en la fecha de su muerte los elogios que su personalidad pública merece. Yo quiero hoy, en el primer aniversario de su muerte, con el modesto título de haber sido su más viejo y perdurable amigo, dedicarle unas palabras de recuerdo, y de gratitud por lo mucho que recibí de su desbordante y generosa personalidad. H ¡El talento y la bondad corrían parejos! Culto, ilustrado, liberal, de brillante verbo y pluma fácil, su sentido de la justicia era lúcido, desapasionado rranca nuestra amistad del año 1934, cuando niños de pantalón corto, ingresamos con Guillermo Luca de Tena en la clase de párvulos del colegio del Pilar. Los tres participábamos en una ingenua revista infantil y ya entonces pugnábamos por alcanzar los primeros puestos y las notas rojas o doradas. Pero él fue siempre, todas las semanas, todos los meses y todos los años, hasta el fin del bachillerato, invariablemente el primero de la clase. Ninguno pudimos nunca desbancarle. Unido a él permanentemente, pupitre a pupitre, he vivido los diez años de colegio y los cua- A tro de Universidad en el viejo caserón de la calle de San Bernardo. Juntos preparamos y ganamos en 1951 las oposiciones a la Carrera Judicial, copando los primeros puestos de la promoción. Compartimos la Escuela Judicial y el Juzgado de prácticas, y sólo nos separamos de la diaria convivencia, cuando partimos de Madrid, él para posesionarse del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Arenys de Mar, y yo el del Partido Judicial de Barco de Avila. Y aunque después derivé hacia la Abogacía del Estado y otros rumbos profesionales, permaneciendo él en cambio en la judicatura, mantuvimos siempre una constante intercomunicación impuesta por nuestro mutuo afecto. Y al final de nuestras vidas, jubilados ya los dos, el azar ha querido que volviéramos a coincidir en la madrileña calle de Monte Esquinza, donde a pocos metros de distancia el uno del otro, instalamos hace tres o cuatro años nuestros respectivos despachos de abogados en retirada. Allí tuvimos nuestras últimas tertulias ¡Inolvidable Sáinz de Robles, en quien el talento y la bondad corrían parejos! Culto, ilustrado, liberal, de brillante ver- bo y pluma fácil, su sentido de la justicia era lúcido, desapasionado. Sus opiniones o juicios sobre cosas o personas, tenían siempre un trasfondo de comprensión y tierna ironía. Ese era mi amigo, que desde la infancia ejerció sobre mí una influencia enriquecedora, activando en mi espíritu aficiones y tendencias enormemente positivas. Mientras estudiábamos juntos en su piso de la calle de Antonio Acuña, alternábamos la preparación de exámenes u oposiciones con la lectura, en la rica biblioteca de su padre (cronista de la Villa) de toda clase de libros tuvieran o no relación con los temas que traíamos entre manos. Con nuestro compañero de Universidad José María Ruiz Gallardón, padre del actual alcalde de Madrid, nos leímos de punta a rabo, en el primer curso de Derecho, las obras completas de Ortega y de Unamuno, y nos sabíamos de memoria el Romancero de García Lorca y los recios sonetos de Miguel Hernández, porque pese a la censura, cada cual tiene, como dijo Julián Marías, la libertad que se toma. Estudiábamos a conciencia, con tesonera aplicación y robustecíamos nuestra capacidad crítica a fuerza de discutir y analizarlo todo. Sáinz de Robles me inculcó la afición por la música y acudíamos juntos los domingos a los conciertos matutinos del Monumental, o los viernes por la tarde a los del Palacio de la Música. Siempre a entrada de gallinero También ocasionalmente disfrutábamos de los recitales musicales gratuitos del Ateneo en la calle del Prado. Cada vez que ahora escucho el Don Juan de Strauss o la Petruschka de Stravinsky recuerdo indefectiblemente a mi amigo Sáinz de Robles; eran entonces obras musicales de su predilección y con él las oí por vez primera, cuando andábamos por los diecisiete años. Tocado de un cierto casticismo, heredado de su padre, también me introdujo en el mundo de los toros. Leíamos con fruición el Cossío y como por aquella época estábamos muy cortos de dinero, nos sacamos por tres duros dos abonos de andanada de sol para las corridas de San Isidro, que entonces eran seis y no veintitantas como ahora. Vimos torear a Domingo Ortega, Marcial Lalanda, Gitanillo de Triana, Antonio y Pepote Bienvenida, Pepe Luis Vázquez, y El Albaicín, aquel gitano con traje de plata. Estos divertimentos, los alternábamos con sesiones de cine por la tarde de los domingos en el Colón o el Príncipe Alfonso, en la calle de Génova. El prisionero de Zenda Si no amaneciera La señora Míniver eran las películas que entonces nos fascinaban. ería inacabable la ristra de recuerdos entrañables de nuestra entusiasta juventud, pero Sáinz de Robles ha dejado entre nosotros algo más valioso que el simple anecdotario de su vida: el legado de su conducta y de sus principios, resumidos en un respeto absoluto al mandato de la ley, y la defensa ultranza de la independencia del Poder Judicial, que, en su esquema de valores, constituye la columna vertebral del Estado de Derecho. Cuando presiones de distinta índole tratan hoy de quebrar esos principios, la trayectoria vital de Sáinz de Robles, aparece como algo más que un referente; es un código completo de ética profesional. S Santiago Tena Escritor SED DE SER anita se sube a su catedral y el mundo exterior sigue cantando. Hay un poeta que ha escrito que Dios es un duende bueno. Quizá los duendes y los dioses exteriores contemplen esto que casi todos creen que es real como un cuento de los que nosotros contamos a los niños, como una historia de las que nos cuenta la televisión cuando nos quedamos dormidos en las siestas del fin de semana. T Quizá los duendes y los dioses exteriores contemplen esto que casi todos creen que es real como un cuento de los que nosotros contamos a los niños odo tiene y no tiene sentido. Lo que se lleva ahora, y perdone la ligereza, señora, es ser bipolar, es considerarse bipolar para justificar los días en que uno se encuentra bien y los días en que tiene ga- T nas de llorar, y yo llevo adelante mi bipolaridad con una dignidad mediana, que me permite seguir escribiendo aun consciente de que no soy en este instante del todo maravilloso, o acaso sí, o acaso todo disimulo de las interiores maravillas es un disimulo que nos ayuda a digerir la vida, a darnos en cada momento la dosis justa de intensidad que en ese momento podemos aguantar, y ya sé que soy optimista, y ya sé que hay pesimistas que me reprochan mi optimismo, pero yo sigo adelante: todo en la vida es Providencia, Providencia sagrada que hace que cada cosa suceda cuando tiene que suceder, y atisbo en mi esperanza y en mis ganas de que mi vida sea más feliz la convicción y la verdad de que cada cosa está hecha para mí, de que todo está hecho para mí, de que el pájaro que vuela justo en este momento junto a la ventana y el café que dentro de hora y media va a hacerme la máquina del sótano, el autobús que me va a recoger en dos horas, el ordenador en que escribo, mis mil ciento sesenta amantes distantes, mis amores pasados y futuros, mis hijos de esta y de otras vidas, el más mínimo soplo de aire, cada desplante y cada alegría, cada sonrisa y cada desdén, cada verdad que creo y cada verdad que se me crea para hacerme feliz, todo, todo, todo, todo es mío, todo está aquí desde antes del tiempo esperándome, y yo que nada sé, que lo sé todo, tengo solo que dejarme llevar adelante en esta vida que se ha creado para que yo la viva. Hay quien dice que cada uno crea su vida, y hay quien está convencido de que cada uno es su propio Dios, y a fin de cuentas, por lo que a mí respecta, no me atañe resolver los misterios ni los enigmas de la teología ni de lo trascendente, sino que más bien me atañe únicamente repartir y regalar en todo lo posible y más allá de lo posible amor y felicidad, y con ese amor y esa felicidad destruir el mundo, destruir del mundo todo lo que es mentira, todo lo que es dolor. S i es la palabra la que crea el mundo y si yo mismo también soy palabra, si yo mismo también soy verdad y libertad y amor, si yo soy, yo soy, yo soy, soy, soy y soy en la medida en que escribiendo me convierto en verdad y en amor.