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90 VIERNES deESTRENO VIERNES 24 s 11 s 2006 ABC El gran silencio Alemania 2005 165 minutos Género- -Documental Director- -Philip Gröning Viva voz JAVIER CORTIJO Si la semana pasada nos despachábamos algo cruelmente con El ciclo Dreyer y su valiente afán de vanguardia hoy nos tenemos que tragar con mostaza el chascarrillo contemplando esta, más que película, experiencia. Religiosa, por supuesto. Y eso que este gran silencio (hasta el título es tan puro que no camufla ironía) no tiene la culpa, naturalmente. Pero hay algo de vocación contracorrientista (aquí, nada impostada y artificial) en un tipo de cine al que hay que enfrentarse respirando muy hondo al entrar en la sala. A priori, este documental es carne de esa biblia de pacotilla que es el libro guinness: dura casi tres horas, apenas cruza palabra y supuso la primera visita de un extraño al monasterio cartujo del Grande Chartreuse Pero al talento y profundo respeto espiritual de Gröning le traen al fresco las plusmarcas. O la gratuita contemplación de ver crecer la hierba de algunos modernuquis Lo suyo es un boquete enorme y luminoso hacia una nueva dimensión de entender la existencia, un pórtico rarísimo y sobrecogedor que convierte la rutina en gloria. Asistir a este espectáculo, y sobre todo al testimonio del monje ciego parlanchín puede remover conciencias tanto de católicos como de, pongamos, brahamanistas. Atrévase, y luego berree al vecino de atasco si tiene bemoles. La cristiandad que vi en el monasterio es más luminosa que fuera Philip Gröning desvela en El gran silencio la vida de los monjes cartujos JOSÉ EDUARDO ARENAS MADRID. El gran silencio del director alemán Philip Gröning, describe cómo es la vida dentro de la Gran Cartuja de Grenoble, monasterio situado a los pies de los Alpes franceses. Para la consecución de la cinta no se ha utilizado luz artificial, como tampoco música adicional, excepto los cantos religiosos. Los protagonistas son los propios monjes y la adaptación a la soledad que exige un carácter equilibrado y una madurez humana que Gröning ha sabido captar en toda su dimensión. Philip Gröning logró pasar una semana en otro monasterio francés años antes de rodar la película: Estaba fascinado por esa imagen del silencio y la búsqueda de la verdad, que es lo que los artistas deberíamos hacer siempre. Sobre todo, es una película que profundiza en el sentido del tiempo. En el año 1986, el prior de un pequeño monasterio francés nos dejó pasar a un amigo y a mi una semana con ellos. Me impresionó muchísimo, tuve la impresión de que había una armonía muy sofisticada entre el trabajo físico y el intelectual. Algo perfecto, porque nunca se habían hecho cambios en esta orden. Llegarán hasta el fin de los siglos comenta el cineasta. Asegura que pensó en hacer una película, pero sobre todo quería vivirla. Son felices. Nosotros no entendemos nuestra propia cultura, hemos perdido contacto con los símbolos, con los movimientos espirituales. Durante mucho tiempo no fui una persona religiosa, pero al leer la Biblia me doy cuenta de lo que hemos dejado en el camino Escribió un guión con 24 años en cuatro páginas, en el que contaba que había un hilo desde mis orígenes hasta el presente y se había partido. Era una metáfora. Quise volver al punto de partida para comprender quién soy. Ha sido una experiencia que quería transmitir al público. Nunca se había hecho con estos monjes y creo que no se volverá a hacer nunca más concluye. Más información sobre la película: http: www. diegrossestille. de deut sch index. html Una escena de la película El camino de San Diego Argentina 2006 98 minutos Género- -Drama Director- -Carlos Sorín Actores- -Ignacio Benítez, Carlos Wagner La Bella, Paola Rotela La ternura de los perdedores JOSÉ MANUEL CUÉLLAR Vuelve Sorín, y lo hace con sus actores amateurs, sus narraciones de a pie y sus road movies de carromato y tente tieso. Lo hace con la simplicidad por bandera, y la ternura, la de la gente llana, la de los muertos de hambre que ven la vida desde el prisma, no caótico, sino de ilusionante felicidad. Es una película de doble vía. La de un pobre hombre, fanático de Maradona, que no tiene donde caerse muerto, ni donde hacerlo con su prole, que recorre medio Argentina, desde Misiones hasta Buenos Aires, porque Maradona ha ingresado en el hospital. Le quiere hacer un regalo, que es tan insólito como lamentable. A lo largo del camino, Sorín nos engaña, nos dibuja una Argentina plácida, de hadas, donde todo el mundo ayuda al gran Tati Benítez (papelón) y donde nadie se la intenta jugar. Es una imagen placentera, que hace discurrir la película por una senda de seda, agradable y llena de bonanza. Pero en el fondo es una película esquizofrénica. Por un lado, esa adoración fanática por un ídolo que ni siente ni padece nada que no sea lo suyo, un egocéntrico soberbio que mira con desprecio a los mortales, esa manita dijo a quien osó tocarle. Pero por otro lado, dibuja a la perfección ese mundo de los parias, que no tienen nada más que la ilusión de ese mago que les ha hecho vivir momentos de felicidad en su triste aventura por la vida. Y eso lo vale todo Grbavica Bosnia- Herzegovina 2006 90 minutos Género- -Drama Director- -Jasmila Zbanic Actores- -Mirjana Karanovic, Luna Mijovic, Leon Lucev Paisaje después de la batalla Hay películas cuya reputación- -y ésta ha ganado todo tipo de premios, además del Oso de Oro en Berlín- -pueden achacarse a un valor coyuntural, a un oportuno timing con la circunstancia histórica o la simple actualidad. No es el caso de esta opera prima de la directora Jasmila Zbanic ambientada en el Sarajevo actual, una ciudad cuyas resonancias trágicas han hecho que se acerquen a a ella intelectuales y artistas solidarios, de Godard a Susan Sontag. Pero Grbavica es un producto dolorosa- Luna Mijovic mente autóctono: podría ser el fundamento de un cine de Bosnia- Herzegovina, que ya no sonaría sólo a una exótica adición al festival de Eurovisión. La clave de su eficacia quizá resida en todo lo que no dice: no pretende contar la gran historia de la guerra de los Balcanes, sino la pequeña historia de la posguerra. La vida sigue, sin bombas, pero sobre la normalidad se cierne una espesa sombra siniestra; y la más inocente anécdota puede reabrir heridas que están lejos de cicatrizar. Esa anécdota es el viaje escolar al que quiere apuntarse la rebelde hija adolescente de la sufrida protagonista, que no sabe de dónde sacar el dinero para darle el capricho. Este mínimo contratiempo, agigantado por la lucha por la supervivencia cotidiana de la madre, acaba siendo como aquella bicicleta que robaban a un obrero en una famosa película neorrealista, también de posguerra: se convierte en un revelador de toda una situación social y en un modelo de cómo el cine puede pasar de lo particular a lo general sin pretender dar lecciones de historia.