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24 ESPAÑA LUNES 20 s 11 s 2006 ABC EL OBSERVATORIO Germán Yanke GRITOS E IDEAS EN EL PP REO que fue Julian Barnes, aunque me puedo equivocar. Pero me parece recordar que el escritor inglés, laborista moderado, fue invitado y aceptó asistir a algunos encuentros de profesores, intelectuales y escritores con Margaret Thatcher. Era el comienzo del mandato de la Dama de Hierro y, según Barnes, los que acudían, fueran o no partidarios de la primera ministra, jóvenes o mayores, creían que sus propuestas y discusiones influían de algún modo en ella, que tomaba decisiones bajo el impulso de los entusiastas y con la prudencia que reclamaban los críticos. Pero catorce años después la baronesa Thatcher comenzó a publicar sus memorias y ninguno de aquellos encuentros mereció una sola línea. Barnes ironizaba sobre la imposible influencia de los intelectuales en los políticos. La anécdota, además de la perspicacia característica del escritor, contiene una particular paradoja porque Margaret Thatcher es el ejemplo paradigmático de la influencia de los intelectuales, si no en los políticos, sí en la política. Nadie duda de que la primera ministra tenía- -y sigue teniendo- -agallas y tenacidad para poner en marcha las reformas que emprendió y el vuelco que fue capaz de imprimir a la política británica. Pero ganó las elecciones en 1979 porque encarnaba una opción que se había impuesto en el debate nacional, una formulación ideológica que aceptaba y defendía, pero que no era su propia construcción intelectual. Ella se dedicaba a la política, pero no habría sido lo que fue sin los otros, los que se dedicaban a las ideas. Falta tiempo para las próximas elecciones y las encuestas, por el momento, sólo muestran tendencias. Ninguna de ellas sirve para negar con seguridad absoluta que el PP pueda ganarlas, pero tampoco se puede afirmar, a día de hoy, que se haya impuesto la necesidad imperiosa de un cambio C do el impacto de perder una elecciones, tras los atentados de Madrid, que jamás pensó iba a perder. La compasión por sí mismos, bien es cierto que en dosis y con consecuencias dispares, parece dejar paso, poco a poco, a la elaboración de una alternativa. Quizá le falte al PP, de todos modos, aceptar sin restricciones que la democracia es un sistema de opinión pública, es decir, que los políticos no se pueden presentar a las elecciones como opositores bien pertrechados ante un tribunal de sabios, sino como líderes que son capaces de desmenuzar un proyecto y conseguir que los ciudadanos lo piensen y lo sientan. Todo comienza, naturalmente, con convicciones claras y bien asentadas intelectualmente, pero hay que saber expandirlas y explicarlas. El PP, a menudo, se queda en el medio, lejos de los pensadores y lejos de los ciudadanos, en el terreno de una tecnología neutra de la resolución de problemas en el que el único argumento es el de autoridad. Y, en un sistema de opinión pública, ese territorio es a menudo tierra de nadie. En 1982 preguntéaunodelos dirigentes del Partido Conservador por las causas políticas del cambio que se había producido en el Reino Unido, en el que el mandato del laborista James Callaghan, el antecesor de Thatcher, parecía prehistoria. La respuesta fue que el cambio no tenía exactamente causas políticas, entendiendo esta palabra de modo restrictivo, sino intelectuales y sociales. Y en aquel breve repaso de los antecedentes de la Dama de Hierro me habló de Ralph Harris, luego lord Harris (fallecido este mismo año) y de su trabajo junto a Arthur Seldon en el Institute of Economic Affairs; de la fundación de la Universidad de Buckingham en los años 70 por el mismo Harris y el profesor Ferns, de las publicaciones y think tanks, de editoriales y cadenas de librerías del activo sector del Partido Conservador más opuesto a las políticas socializantes o tradicionalmente conservadoras. Thatcher estuvo junto a ellos siempre, les ayudó y fue ayudada por ellos, pero fueron los que se empeñaron en la pedagogía social de unas ideas los que lograron el cambio intelectual que le convirtió, primero, en el líder de los torys (antes había sido incapaz de imponer sus planteamientos en el equipo de Edward Heath) y, después, en primera ministra. Quizá le falte al Partido Popular aceptar sin restricciones que la democracia es un sistema de opinión pública, es decir, que los políticos no se pueden presentar a las elecciones como opositores bien pertrechados ante un tribunal de sabios paradoja de la anécdota de Barnes es que, al cabo del tiempo, en plena guerra de Irak, reconoció que iba a votar a los social- liberales porque Blair y su viejo Partido Laborista eran hijos del mundo intelectual de Thatcher Habían ganado la partida, por muchos años, unas determinadas ideas. En España, el Partido Popular, bajo la dirección de Mariano Rajoy, parece haber supera- La El PP, a menudo, se queda lejos de los pensadores y lejos de los ciudadanos, en el terreno de una tecnología neutra de la resolución de problemas en el que el único argumento es el de autoridad territorio que es tierra de nadie cuando la exclamación más común es pasmarse porque, ante un Gobierno que juzgan tan ineficaz y atrabiliario, el PP no despegue en las encuestas. Se recuerda de vez en cuando la famosa frase de José María Aznar cuando, al no conseguirse la alternativa al nacionalismo en las elecciones autonómicas de 2001 en el País Vasco, aludió a la equivocación de los votantes. Es un poco hipócrita reprocharle un comportamiento antidemocrático porque sólo faltaría que Aznar, o cualquier otro, pensase que los electores, al darle la espalda, han acertado. Pero no lo habría sido reclamarle que reconociera su propia equivocación: no haber sido capaz de convencerles, de tomarse su tiempo para ello, de elaborar adecuadas estrategias. Hay que seducir intelectual y moralmente al votante en vez de mostrarle el currículo. Falta tiempo para las próximas elecciones y las encuestas, por el momento, sólo muestran tendencias. Ninguna de ellas sirve para negar con seguridad absoluta que el PP pueda ganarlas, pero tampoco se puede afirmar, a día de hoy, que se haya impuesto la necesidad imperiosa de un cambio. Todo lo que se grita en un lado del PP, todo lo que se desprecia, la descargas eléctricas que se quieren inocular en su seno no lo han conseguido. Quizá sea el momento de iniciar, sin prisa pero sin pausa, la otra conquista, la de las ideas. Un