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22 ESPAÑA DOMINGO 19 s 11 s 2006 ABC Tribuna Abierta A LOS TREINTA AÑOS DE LA REFORMA POLÍTICA Cualquier observador sereno tiene que aceptar que detrás de la aparente recuperación de la memoria histórica parece agazaparse el revanchismo los holandeses o los italianos, con quienes aspirábamos a convivir en la democrática comunidad de los pueblos de Europa. Es inevitable que vengan a mi memoria los nombres de Torcuato Fernández- Miranda, de Adolfo Suárez, de Landelino Lavilla (en el Diario de Sesiones está su discurso, para ejemplo de patriotas) y, naturalmente, los de mis compañeros en aquella ponencia (el Duque de Primo de Rivera, Noel Zapico, Belén Landáburu y Lorenzo Olarte) que hicieron un trabajo delicado y competente, culminado con el éxito. En aquella decisiva ocasión, pronunciamos muchas frases alusivas a la futura concordia de todos bajo la Monarquía de todos. Hay una entre las mías que quiero reproducir aquí, porque pienso que me otorga alguna autoridad para decir lo que quiero decir a continuación: Quienes hemos dictaminado este proyecto de Ley no vamos a intentar disimular, con piruetas de última hora, nuestras ejecutorias en el Régimen. Pero hemos pensado siempre- -y no desde hace unos meses- -que los orígenes dramáticos del actual Estado estaban abocados, desde sus momentos germinales, a alumbrar una situación definitiva de concordia nacional, una situación en la que no vuelvan a dividirnos las interpretaciones de nuestro pasado... gobernadores civiles y jefes provinciales del Movimiento de Barcelona y Vizcaya y el ex presidente de la Generalidad de Cataluña y el presidente del PNV o el secretario general de Partido Socialista Obrero Español y el ex secretario general de Sindicatos. La transición política que admiró al mundo y que tantos beneficios ha procurado a España fue producto exclusivo de la incansable voluntad integradora de S. M. el Rey y de la grandeza de miras con que afrontaron el futuro prácticamente todos los que intervinieron en ella. ¿Qué sentido tiene olvidar la transacción que fue el éxito de la transición? ¿Qué sentido tiene, treinta años después, volver a exaltar en términos políticos y sin dejar el tema al análisis de los historiadores las excelencias de una República idealizada y los pretendidos méritos democráticos de cuantos luchaban en su favor, atribuyendo la condición de fascistas a quienes impidieron su deriva hacia la dictadura del proletariado? Fernando Suárez González OMO la memoria de quienes nacimos en 1933 no alcanza al período 1931- 1936 que comenzó con una gran ilusión colectiva y acabó en una de las mayores tragedias de nuestra Historia, todo lo que sabemos de esa época es producto de testimonios ajenos y de incansables lecturas. Lecturas y testimonios que, naturalmente, ofrecen visiones parciales y a veces contradictorias pero que en su conjunto permiten alcanzar una versión aproximada a la realidad y, desde luego, una conclusión en la que deberíamos estar unánimes: nunca más la discordia civil; nunca más enfrentamientos desgarradores que impidieran la convivencia en libertad de todos los españoles. Las circunstancias de otro episodio de esa Historia de España que todos deberíamos procurar escribir con las letras más brillantes que tuviéramos a nuestro alcance, me colocaron en la situación de tener que responder, hace ahora treinta años, a algunos miembros de las Cortes de entonces que, con buena fe no menor que la mía, se oponían a la reforma política que debía llevarnos a la democracia desde el Régimen autoritario y excepcional que había surgido de la contienda. Pensaban que la experiencia no había sido mala- -sobre todo en relación con las que ellos habían vivido antes- -y veían graves riesgos en el regreso a fórmulas que habían visto fracasar estrepitosamente entre nosotros. Bien al contrario, yo pertenecía al sector que consideraba que nuestro traje político resultaba estrecho y pasado de moda, entre otras razones por la transformación material y educativa que se había producido en España y porque era absolutamente legítimo que las generaciones que no habían vivido la guerra civil quisieran para ellas lo que tenían los británicos, los franceses, C Como Compruebocontristezaque, treinta años después, nos están dividiendo las interpretaciones de nuestro pasado y que nos están dividiendo, no en el terreno siempre fecundo de la pluralidad de las opiniones, sino en el de los comprometidos y arriesgados intentos de revisar la Historia. Tantos años después de predicar, por parte de unos y de otros, la reconciliación, ¿quiénes eran los que se tenían que reconciliar? Yo entendí siempre que la reconciliación tenía que producirse entre quienes habíamos colaborado con el Régimen surgido de la guerra y quienes habían sufrido las consecuencias de la derrota, y así lo debieron entender también el ministro secretario general del Movimiento y el secretario general del Partido Comunista de España, los no se explican a los más jóvenes los antecedentes de aquella situación ni las gravísimas responsabilidades de los muchos iluminados políticos que condujeron a ella, y se fomenta la descalificación absoluta de una etapa política que media España recibió con alborozo y casi toda respaldó durante años, aunque sólo fuera por hastío de su propia historia, hemos llegado a una situación rigurosamente patológica: reconciliados los más viejos, son sectores de los más jóvenes, alimentados con el veneno del rencor, quienes reavivan los rescoldos de la guerra civil. Cualquier observador sereno, cualquier español preocupado por nuestra concordia, tiene que aceptar que detrás de la aparente recuperación de la memoria histórica parece agazaparse un taimado o declarado revanchismo, un afán de reescribir dolorosos episodios nacionales y, en definitiva, de reconvertir la reconciliación en cambio de tortilla Estoy a favor de que se compense cualquier sufrimiento y de que se entierre con decoro a quienes se fusiló en cualquier cuneta, fuera de la de la izquierda o la de la derecha. Jamás puse el menor reparo a que se levantaran estatuas a personajes cuya influencia en la Historia es innegable, aunque la que ejercieron no sea precisamente de mi gusto. He demostrado incluso la mayor comprensión hacia mi predecesor Largo Caballero, aunque me consta que hay todavía españoles vivos que no entienden que se erija una estatua al Lenin español. Yo la vi como un símbolo de que todos habíamos asumido la historia común y de que por fin convivían en una esquina de los nuevos Ministerios, aunque fuera en bronce, quienes la habían escrito durante nuestro último enfrentamiento civil. Aquel espíritu de pacificación y de superación de incompatibilidades históricas mediante el respeto de todas las ejecutorias se ha venido agusanando y a medida que van desapareciendo los testigos se quiere extender la versión de que en 1975 salimos de una tiranía execrable, de una dictadura de exterminio, de una España gobernada por una pandilla de golpistas que interrumpieron de manera abrupta una idílica situación democrática y metieron al país en un siniestro túnel que duró cuarenta años. ¡A ver qué fuerza política se atreve a poner el menor reparo a la demonización del Generalísimo! ¡A ver quién se atreve a recordar a sus abuelos, si éstos- -lejos de mantenerse republicanos- -dejaron constancia de que Franco obtuvo una de las grandes victoria castrenses, políticas y morales que iluminan la Historia de España o nos lo describieron como el Caudillo de la Cruzada redentora de España Y, sin embargo, este afán de ultrajar su memoria a la vez que se exalta la de quienes con su conducta provocaron la reacción de media España, no sólo no contribuye a la mejor convivencia civil, sino que está despertando enemistades, enfrentamientos y amarguras absolutamente innecesarias y bien fácilmente evitables. a la acción del mando ¿Qué es lo que hizo mal Franco en la Academia? ¿A qué viene homenajear a Companys, de quien el presidente del Consejo de Ministros escribió en la Gaceta de Madrid el 7 de octubre de 1934 que había olvidado todos los deberes que le imponía su cargo, su honor y su responsabilidad? ¿Qué explicación puede darse a los más jóvenes cuando se hacen constantes homenajes a quienes vulneraron a ciencia y conciencia la legalidad republicana y los cimientos mismos de la democracia y se vitupera la memoria de quienes se rebelaron, no contra la República, sino contra la chusma que se había apoderado de ella aquel vasto clan de depravados con quienes Azaña no quiso admitir la menor conexión? Cuando quitaron la estatua de Franco de la Plaza de San Juan de la Cruz expuse mi opinión a quien debía, sin dar tres cuartos al pregonero. Después retiraron la de la Academia Militar de Zaragoza, donde su director había hecho aquel histórico llamamiento a la disciplina que reviste su verdadero valor cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía o cuando la arbitrariedad o el error van unidos faltará quien aproveche este modesto pronunciamiento mío para incluirme entre los nostálgicos o para concederme el título de facha con que distinguen a cuantos no piensan como ellos. Tendrá sin embargo que malinterpretarme porque yo soy de los que prefieren que Franco esté en la Historia y no en el presente. Es por respeto a la Historia común por lo que escribo lo que escribo. El silencio para no excitar pasiones puede ser una virtud democrática, pero llega un momento en que puede también confundirse con la cobardía y algunos no queremos merecer ese calificativo. Por eso me atrevo a pedir a los actuales gobernantes que, sin perjuicio de cuantas reparaciones sean posibles, huyan de la tentación de vituperar a media España para tener contenta a la otra media. Aparte, claro, de que resulta estéril el intento de reescribir la Historia y absolutamente pueril el afán de borrar cualquier huella, signo, símbolo o memoria del Régimen de Franco cuando España está repleta de vestigios que la evocan y cuando cada año se celebran- -desde 1989 y hasta 2005 (D. m. -cinco o seis cincuentenarios de realizaciones literalmente memorables. No desearía irritar a nadie, sino contribuir a recuperar la buena voluntad con que nos entendimos a partir de 1976, pero no me resisto a decir que espero confiadamente en que la supresión de los recuerdos no llegue a la primera página del texto original de la Constitución de 1978, firmado por S. M. el Rey y por los parlamentarios constituyentes y en la que figura con todos los honores el escudo de España que presidió el Régimen de Franco, sin el que nadie puede explicar a los más jóvenes las raíces de nuestra actual vida democrática. No