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ABC SÁBADO 18 s 11 s 2006 AGENDA 57 Jaime Álvarez Buiza Escritor BULERÍA A MI PESAR NDA el otoño ya mariposeando entre silencios. Y viene la vida a plantear desgarros, fiel a un calendario que anda perdido atrás, demasiado atrás como para saber desde dónde empieza a pestañear este desasosiego de las horas. Un leve parpadeo que martillea en ausencias de no sé qué. Vacío de vivir cuando la tarde, acomplejada, se hace noche de pronto y las miserias pesan como el pecado de un creyente. Canta tímido el campo recogido en sí mismo, despedida que nadie más comprende. ¿El valor de la vida? A quién se lo pregunto para que la respuesta sirva de algo, cuando Dios se hace el sordo escondido entre nubes. ¿Es que el aire es el mismo para todos, y el sol, y el firmamento que reproduce estrellas como en un sarpullido intermitente, y la melancolía de unos ojos que has visto y ya no sabes, el sueño, la alegría de la risa, la sensación de estar? No sé a quién preguntar que pueda darme una respuesta en la que la verdad se sacrifique y sea sólo el consuelo lo A No sé a quién preguntar que pueda darme una respuesta en la que la verdad se sacrifique y sea sólo el consuelo lo que sirva to de no sentir, de no vivir, de transitar liviano por las horas. Una forma burda de justificar la carencia del nombre, el olor de las risas que se pierden, la ilusión de una mirada que ya es súplica, el tacto de una piel desconocida que tan sólo será otra página más de un libro interminable de injusticias donde el hombre no existe, estadística fría, desesperanza. Crueldad del sinsentido bajo un cielo insolente y desquiciado. uele a tierra mojada en el desasosiego de este atardecer absurdo. Caen las hojas jugando a ser silencio, almas que ya no son sino suspiros de otras almas, alientos de otras vidas, de otros sueños, ocre zigzag multiplicado que alfombra el corazón de los recuerdos. Ladra un perro ahuyentando la sombra de una ausencia. El perfil de los árboles duele en el contraluz de mi amargura, sombras chinescas de un Dios desconocido y diletante. En el atlas de tanta sincronía me encuentro, frente a frente, con el mal: Cada hora, novecientas personas mueren de hambre en el mundo Dímelo tú, tristeza: ¿a quién pregunto? H que sirva. Aceptaré el engaño. En esta sinrazón prefiero la piedad, el egoísmo de dormir, el dulce dolor de un no llorar indefinido. al vez tan sólo busque una coartada que dé sentido a esta tristeza de inacabada lágrima, a esta huida constante, a este inútil inten- T LAS SECTAS DE LA BELLEZA Tinidad de LeónSotelo Periodista En esto de la belleza, lo racional pasa a un plano inexistente. Los cánones reinantes exaltan la juventud hasta límites indecorosos AY muchas, son diversas y están especialmente diseñadas para albergar mujeres. En ellas se puede morir y algunas ya lo han hecho. Las dirigen especialistas sin escrúpulos o gente sin preparación ninguna. Estas sectas no son perseguidas y sólo cuando fallan son juzgadas y, en su caso, condenadas. Erróneamente se cree que no juegan con el espíritu humano, sólo con la carne que, ni que decir tiene, también es humana. La belleza ha sido entronizada como una diosa indispensable, en especial, aunque no ya en exclusiva, para el sector femenino, sea de la edad que sea. Puede tratarse de jovencitas con permiso paterno o señoras que desean restaurar las huellas del tiempo, que socava el físico de la más pintada. Alguna oferta podría rezar: Se cambian códigos de barras por labios como lebrillos He visto algún que otro resultado y sobre las bocas, en mi opinión deformes, he observado miradas que no denotan la seguridad que se buscaba. Algunas ya se saben máscaras de su antigua hermosura, pero siguen y siguen acudiendo a la cirugía, porque dado el primer paso, ya no hay vuelta atrás. Es tal H el pavor que provoca el envejecimiento que, incluso en la promoción de cremas que se anuncian para la cincuentena, aparecen en las pantallas de televisión treintañeras. Claro que de este modo, es más fácil creer en el milagro... imposible. oya dijo que el sueño de la razón produce monstruos, pero en los sueños de la liberación femenina, imaginación aparte, ha habido demasiada y tenaz lucha. En esto de la belleza, lo racional pasa a un plano inexistente. Los cánones reinantes exaltan la juventud hasta límites indecorosos, porque pase lo que pase, se recurra a lo que se recurra, esa etapa de la vida no es eterna. Cuando la pasarela Cibeles excluyó de sus desfiles a modelos excesivamente delgadas- -protestas no faltaron- quiso favorecer a chicas esqueléticas y enfermas, por exigencia de personas que mejor es no calificar, porque, de hacerlo, la palabra sería muy dura. Hasta tal punto se ha llegado en el elogio de la belleza, que ahora de una mujer que tenga un busto perfecto, otras comentan que ha sido operada. Adiós, pues, a las sabias G proporciones con las que la naturaleza diseña ciertos cuerpos. Lástima que vivamos tiempos en los que la belleza deba ser obra de la cirugía estética. ¿También ética? Hay ancianas- -guapas en su día- cuyos rostros están tan hinchados por la silicona, que se dirían dispuestos a explotar de un momento a otro. ¿Las engaña el espejo? Si la luna en que se miran pudiera reflejar una palabra, ésta sería, patética. Ha habido casos de médicos que han recomendado detener el tratamiento y la anciana se ha ido a otro centro donde siguieran hermoseándola o obstante, salud aparte, siendo tan imprescindible como es, quizá deban evocarse aquellos realistas anuncios del antes y el después referidos al chocolate. Ahora no. Ahora se miente de tal manera, que resulta difícil creer que haya quien se ciegue con el mensaje. Para tratar las varices- -un problema serio- hay un anuncio que muestran unas largas y bellas piernas tipo Julia Roberts. Ya no es cuestión de seriedad, sino de piedad, porque debe imaginarse la frustración de quien espere unas piernas así. Ha llegado el momento en que el físico obsesiona, aunque en diferentes medidas. Frente a la anorexia, que se- N gún los últimos estudios avanza y extermina, la obesidad que logra lo mismo. Hay obesos preocupados o que presumen de serlo y están contentísimos con sus michelines y... ¿médicos para qué? Pero en esto de la gordura también hay que hacer memoria- -no es como la anorexia algo que se ha impuesto de forma relativamente reciente- histórica por supuesto. Una rememoración que nos retrotrae a aquellos años terribles de la guerra y la posguerra, aquellos días de horror y hambre, cuando el que por fin podía lucir buenas y lustrosas carnes era un ser privilegiado al que, desde luego, se asociaba con la suerte de poder engullir alimentos y disfrutar del lujo de engordar. ¡Menudo síntoma de buena economía! Esta convicción está ahí, todavía, en lo más profundo de bastantes de nuestros conciudadanos. Nadie va a negar que la belleza es un don, pero también hay que procurarla. Podría decirse que es casi obligatorio embellecerse a través de medios favorables al físico y a la salud. Ese deseo se ha dado en las civilizaciones más antiguas con el fin de seducir, pero, también, de sentirse bien con uno mismo. No obstante, una operación no es sinónimo de acicalamiento, como no lo son la delgadez abusiva ni la gordura insana.