Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
S 6 18 11 06 EL DIARIO DE JENNIFER ZAMBUDIO 16 S 6 LOS SÁBADOS DE ROSA BELMONTE Una boda sin palabras uando me invitan a una boda empiezan a darme los sudores de la muerte. Camila, la novia, es mi pasante y lo es porque su familia es amiga de la mía de siempre. Su hermano Luis fue mi primer novio (de los quince a los veintitrés, toda una vida) Hace años que está casado con una especie de Miss América, una mezcla entre Barbie y Condoleezza Rice. No es negra pero es una mujer súper preparada, graduada en Bryn Mawr, de las que tocan a Brahms mientras cuaja el apple pie Se llama Jennifer, qué casualidad, pero ésta es de Baltimore. Mi madre es la madrina de Camila. Ahora yo soy su madrina profesional. La conozco desde que nació, incluso le he hecho de canguro. Tiene 25 años que parecen 50. De pequeña era más repelente que Julianín Contreras. Y, además, es como si como fuera de Las Vegas o algo así. Quiero decir que no parece de un país donde reinen (o reinaban) el pudor y el sentido del ridículo. Su novio, un guapérrimo ingeniero informático, me pidió que hablara en la boda. ¿Qué hable de qué? Pues de Camila, de qué va a ser, me dice el pollo como extrañado. Es que ya no basta con que hermanos y amigos se planten ahí y lean algo de las Escrituras o pidan por los novios. No, ahora tienes que escribir algo creativo para compartir. Como si se tratara de un entierro estadounidense o un homenaje del American Film Institute. Parte de la culpa la tiene la Jennifer de Baltimore, seguro. ¿Cuándo han dejado los curas que se les llenen los altares de copresentadores de la gala? No pude, no supe negarme. Mi madre me habría matado. Además, me libré de hacer de dama de honor y con eso me di por satisfecha. No sólo celebramos Halloween en el despacho (idea de Camila) sino que la tía también pretende que me vista igual que otras cuatro chicas. Otra de Jennifer, como si lo viera. Por un tiempo me olvidé del marronazo del discurso, pero conforme iba acercándose el día de la boda empecé a despertarme por las noches como Patricia Arquette en Medium Soñaba que una vez en el atril, en lugar de las loas a Camila, gritaba con un traje palabra de honor. No podía seguir así, de manera que urdí un plan. Me quedaría afónica y pasaría lo que había escrito a alguien que lo leería por mí. Mi contribución artística sería suficiente y mi excusa, perfecta. No tenía muy claro que el plan maligno fuera a funcionar, desde luego. C Feliz pareja en Las Vegas. Menos críticas: ese estilo hace juego con muchas bodas actuales Más allá de catarros, muchas veces me he quedado sin voz. Por gritar y cantar, fundamentalmente. De las excursiones del colegio volvía siempre muda después de haber cantado todo lo que sabía tipo Para ser conductor de primera Obviamente, mi técnica vocal no ha sido adquirida en la Juilliard School y eso ayuda. Tenía que hacerlo en el momento adecuado. Ni antes ni después. Justo la jornada previa, no me fuera a recuperar. La pasé trabajando en casa y, a la vez que redactaba una demanda, cantando las obras completas de Mecano, Chavela Vargas y Paloma San Basilio. Pretender llegar a donde llega ésta es imposible para mis cuerdas vocales. Andar a saltos en el tráfico, leer a medias el periódico, colar- AP Su novio, un guapérrimo ingeniero, me pidió que hablara en la boda. ¿Qué hable de qué? Ya no basta con algo de las Escrituras. No, ahora tienes que escribir algo creativo nos juntos en el autobús, cantar hasta quedar afónicos, viviendo Casi, casi. Me levanté sin voz. Fui a la peluquería sin voz (da igual que hables, el peluquero hace lo que le sale de las narices) di la mala noticia por sms al novio. No sabes cuánto lo siento. Jennifer, la otra, leyó mi nota mientras su hijo, Pedro, que era paje, le tiraba del vestido de bridemaid azul intenso (como el de Pe en lo de a ver si voy a ser médium) El niño es como Little Chicken. Diminuto, cabezón, blanquísimo y con gafotas. Sólo le faltan las plumas. Mi madre me daba codazos pero yo no podía hablar. Llegó la celebración, llegó el vals y no hubo vals. Camila y su novio habían preparado una coreografía. Utilizaron hasta una silla. Era como Flashdance pero en pareja. Jennifer, con Chicken Little en brazos, lloraba de felicidad. A estas alturas mi madre ya me había hecho un morado en las costillas. Tantas cosas que decir y no poder abrir la boca.