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ABC SÁBADO 18 s 11 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CAÑONCITO E sentí como un bombero que llega tarde al incendio equivocado El defensa inglés Billy Wright no perdió nunca el humor al relatar aquella finta histórica. Noviembre del 53. Jugaban en Wembley los inventores del fútbol, invictos hasta entonces en las islas, y la Hungría de Ferenc Puskas a la que aún no habían invadido los tanques del Pacto de Varsovia. El balón llegó al pico del área pequeña inglesa, Puskas lo pisó con un amago y Wright pasó de largo con su tackle como un tren descarrilado hacia ninguna parte. Despejado el camino, la zurda de Cañoncito Pum apuntó a la escuadra de la meta británica y la peIGNACIO lota obedeció con la preciCAMACHO sión de costumbre. Había nacido el mito que ayer murió en un hospital de Budapest envuelto en la dolorosa niebla del Alzheimer, mientras el Parlamento de su país le guardaba un minuto de silencio como homenaje a su leyenda. Su cuerpo negaba a simple vista cualquier virtud deportiva. Era rechoncho, entrado en años y en carnes, y se movía por la pradera como un barrilete al trote cochinero. A su lado, el actual Ronaldo parecería un deportado de Buchenwald. Jugaba en diez metros cuadrados, pero sólo necesitaba un palmo para el dribling y unos centímetros para bascular su pata de mula. Tenía una puntería prodigiosa y una fuerza letal. Cuando llegó a España huyendo de los blindados soviéticos contaba la edad a la que se retira la mayoría de los futbolistas, una ruina física que se contrataba para bolos amistosos en la Riviera italiana, pero junto a un Di Stéfano encaramado al Olimpo aún tuvo tiempo de ganar un par de Copas europeas, ser máximo goleador de la Liga y firmar cuatro dianas en la célebre final de Glasgow, en el mismo Hampden Park donde tres décadas más tarde Zidane conquistaría la gloria con una volea perfecta. Hoy no podría jugar más que en un equipo de empresa. Cualquier entrenador al uso despreciaría su talento para encarcelarlo sometido a una táctica, le obligaría a presionar en vano a los rivales y lo cambiaría por un chaval trotón de esos que se sacuden la pelota como si fuera a explotar al segundo toque. Pancho Puskas necesitaba la libertad para vivir y para jugar. Se la quitaron en Hungría los rusos cuando aplastaron la revolución de Budapest y se la devolvió en el Real Madrid Santiago Bernabéu, que era un dictador incruento con ojo clínico para avizorar genios incomprendidos. Junto al gran Don Alfredo y a Paco Gento formó una tripleta mortal que engrandecía con hazañas míticas el cerrado horizonte de aquella España asfixiada en la que la gente necesitaba pretextos para soñar. Se arruinó con una fábrica de salchichas, pero en el campo nunca dejó de fabricar felicidad a pelotazos. La memoria histórica de España le debe un minuto de respeto como el que le ha brindado el Parlamento de Hungría, en cuyo Ejército sirvió con grado de comandante. La suya sí que era una izquierda: la más eficaz y menos sectaria del último medio siglo. M NUMISMÁTICA PARA IMBÉCILES H ACE algunos años, cuando aún era joven, aberraciones tan cretinas como la de la llamada paridad me soliviantaban. Después de comprobar que la pobre gente sometida acata tales aberraciones como quien comulga con ruedas de molino, mi capacidad de enardecimiento se ha ido convirtiendo en vocación de sarcasmo. Entre los muchos inventos oligofrénicos o nefastos que nuestra época legará a los anales del disparate no creo que exista uno tan denigratorio para las mujeres como este de la paridad que niega su valía y la sustituye por una aritmética demencial de porcentajes fijos. He leído algunas diatribas femeninas contra la paridad escritas por mujeres valiosas que se niegan a que sus méritos y su talento sean estabulados en cuotas; pero, tristemente, he leído muchas más apologías de sistema tan turulato y envilecedor. Lo cual demuestra que, siquiera en el grado de sometimiento a los Principios del Régimen, hombres y mujeres hemos alcanzado la plena igualdad. Porque, desde luego, hace falta estar muy sometida (o ser una mediocre de tomo y lomo que espera sacar tajada del invento) para no rebelarse conJUAN MANUEL tra una mentecatez demagógica que miDE PRADA de las aptitudes de una persona por lo que esconde en la entrepierna. Si yo fuera mujer, desde luego, no me cansaría de reclamar instrumentos legales que aseguren la igualdad efectiva en el acceso a un puesto de trabajo; jamás aceptaría, en cambio, que los métodos de selección fuesen los mismos que emplea un sexador de pollos (y pollas) Pero la parida de la paridad se ha impuesto, siquiera de boquilla, sin que a nadie parezca importarle demasiado tal desconsideración hacia la mujer. Digo de boquilla porque incluso sus promotores, que gustan de posar ante la galería como paladines feministas, esconden detrás de la fachada sus miserias. Ayer publicaba este periódico que el mismo Gobierno que presume de un gabinete ministerial paritario permite que sólo dos de cada diez altos cargos de la Administración sean muje- res; lo cual demuestra, una vez más, que las operaciones de marketing suelen encubrir una trastienda de cochambre. Pero ya se sabe que la pobre gente sometida nunca se molesta en inquirir qué hay detrás del oropel; cuanto más anchas son las tragaderas para la propaganda, más angosta suele ser la curiosidad crítica. Como suele ocurrir con las cretineces cuando campan por sus fueros, la parida de la paridad sigue proporcionando, casi en igual medida que motivos para el escándalo, motivos para la hilaridad. Leo que el grupo parlamentario socialista ha presentado una proposición no de ley en la que se solicita la inclusión paritaria de la imagen de hombres y mujeres en la acuñación de monedas de euro A uno, tras la bofetada del estupor, le queda la duda de si con tan rocambolesca y desquiciada proposición pretenden que se acuñen igual número de monedas con la efigie de hombres y mujeres, o tan sólo igual número de series; no sería de extrañar, dado el gazpacho neuronal de tales andobas, que se inclinen por la primera opción. Provoca un cierto alipori (amén de irritación) que la representación de la voluntad ciudadana esté en manos de semejante patulea de imbéciles con balcones a la calle; provoca también un vértigo de magnitud cósmica que los caletres que han llegado a evacuar tal zurullo diarreico sean los mismos que deciden el destino de los españoles. Todos los disparates que jalonan nuestra vida política se explican mejor con esta proposición no de ley que con una enciclopedia de psiquiatría. Pero hemos llegado a tales extremos de aceptación del cretinismo que a la pobre gente sometida esta iniciativa le parecerá encomiable. Acabaremos teniendo monedas paritarias, con efigies de hombres y mujeres en igual número, como hay Dios. Pero pueden estar seguros de que, al menos mientras nuestros destinos los siga rigiendo esa panda de botarates, jamás veremos una moneda con la efigie de Isabel la Católica o de Santa Teresa de Jesús. En su celo numismático, esta patulea exigirá, después de sexar a las candidatas, que las mujeres de las monedas puedan exhibir una ejecutoria de limpieza de sangre ideológica. Faltaría más.