Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
4 OPINIÓN JUEVES 16 s 11 s 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Sociedad, Cultura y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Nacional) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro Director general: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar GRESCA ENTRE LOS MÁXIMOS TRIBUNALES L conflicto constante entre los máximos tribunales del Estado ha tenido un nuevo episodio con la reciente sentencia del Constitucional en la que enmienda la plana a la Sala Primera del Supremo en un pleito de protección del honor de un conocido financiero. Una sentencia de 2002 del TC ordenó al TS que amparara el honor del demandante, y así lo hizo la Sala de lo Civil del alto Tribunal en una segunda sentencia, en la que, además, reducía la indemnización inicial de veinte millones de pesetas, fijada por la Audiencia de Madrid, a doscientos euros. Ahora, el TC ha dictado una nueva resolución que critica duramente a los magistrados del TS por apartarse de su primera sentencia y por fijar una indemnización meramente simbólica y claramente insuficiente Lo grave del asunto es que el TC anula la decisión del Supremo y declara firme la sentencia de la Audiencia de Madrid, dictada en 1993, con la indemnización de veinte millones de pesetas. Y esto es grave porque lleva el conflicto entre ambos tribunales hasta un extremo peligroso en la medida en que el TC, más allá de su función protectora del derecho fundamental vulnerado, elige la sentencia judicial que le parece más coherente con su juicio acerca de una cuestión meramente patrimonial y sobre la que, teóricamente, es el Supremo el órgano que debería tener la última palabra. Este enfrentamiento entre los principales tribunales del Estado- -cada uno soberano, según la Constitución, en el ámbito de sus competencias- -es repetitivo y se hizo público en 1994, en un caso de paternidad, y siguió en 2000 con un proceso de protección del honor, que está en el origen del tenso debate que ahora se ha visto reflejado en la sentencia del TC. Hasta tal punto llegó el enfrentamiento que el último gobierno de Aznar constituyó una comisión paritaria con magistrados de ambos tribunales para que llegaran a un consenso imposible sobre los límites que habrían de respetar en el ejercicio de sus competencias. De nada sirvió aquel bienintencionado intento de mediación. Incluso el problema se agravó en enero de 2004, cuando la Sala de lo Civil del Supremo impuso una insólita condena civil a once magistrados del TC por archivar indebidamente un recurso de amparo. La solución a esta pugna, muy compleja, tiene unos presupuestos objetivos. El TC es el máximo intérprete de la Constitución y sus resoluciones emitidas en este ámbito vinculan a todos los poderes públicos, incluidos los Tribunales de Justicia. Por tanto, en la disputa siempre acabará imponiéndose el criterio del TC, que, además, es irrecurrible. Pero, por su parte, el Supremo no puede ser despojado de decidir sobre cuestiones que claramente son de legalidad ordinaria, como el importe de una indemnización, según expresa con acierto el voto particular de un magistrado del TC. No es admisible que cíclicamente ambos tribunales midan sus fuerzas a través de sentencias y ofrezcan una imagen de hostilidad que está totalmente fuera de lugar. E OBIANG, ENÉSIMO FRACASO DIPLOMÁTICO S difícil encontrar un precedente en el que, como sucedió ayer, un Gobierno se encontrase ante la embarazosa posición de verse obligado a sacar del programa oficial la visita al Parlamento de un huésped al que deseaba agasajar, ante la evidente animosidad de los grupos parlamentarios. Tal situación ha causado la incongruencia de que el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero ha tenido que apremiar al Rey a recibir a alguien- -el presidente guineano, Obiang- -a quien los representantes de la soberanía nacional no han querido hacerlo. Se trata de un patinazo del que no sale nadie contento y que, lejos de ser el gesto benevolente y amistoso que pretendía, ha servido sobre todo para poner en ridículo a la diplomacia española. Porque si lo que ha pasado se explica como cuestión de falta de preparación de la visita, sería un fallo realmente imperdonable para una diplomacia a la que se supone una experiencia de siglos. Y si lo que ha sucedido es que, sencillamente, las cosas se han preparado, pero se han hecho rematadamente mal, entonces es todavía peor. Cuando se planifica una visita como ésta no pueden pasar cosas así, aunque sólo fuera por respeto a la imagen del propio país y de sus principales instituciones. Igual que le ha sucedido otras veces- -la última, en el debate del Parlamento europeo, buscando avales a la negociación con ETA- esta política de gestos atribulados en la que la acción exterior se hace instrumento efectista del corto plazo, se convierte inevitablemente en tiros que le salen al Gobierno por la culata. El Ejecutivo haría bien en mirar quiénes son los que le han abandonado, empezando por sus propios aliados de izquierda y nacionalistas, en los que tiene depositado su crédito parlamentario. No merece la pena ni siquiera prestar atención a lo que, al parecer, habría dicho el presidente del Congreso con la justificación de que esta situación podría sentar un precedente en otras visitas oficiales. En cierto modo, tal tesis únicamente se explicaría en el profundo desasosiego de la situación: se les tiene que haber hecho muy raro a los responsables del Grupo Socialista encontrarse E solos en el Congreso de los Diputados defendiendo a un dictador y contemplando cómo firma en el libro de honor. Obiang ha sido recibido en Madrid por todos los gobiernos de la democracia en distintas circunstancias, pero en los últimos quince años ninguno le había enviado una invitación oficial como ésta, sencillamente porque en su país no se respetan las reglas de la democracia. Puesto que eso no ha cambiado, no había razón para que variásemos el nivel de nuestras relaciones con su régimen, si no queremos tener que volver a rebajarlas después o- -aún peor- -tener que avalar las tropelías que pueda cometer en el futuro. Cuando no se tienen principios firmes, es fácil que los dirigentes políticos caigan en este tipo de pozos sin que nadie les empuje. ¿Qué hay de malo en ser consecuentes defendiendo la democracia en el mundo, y especialmente en los países con los que tenemos una relación afectiva tan fuerte como es el caso de Guinea Ecuatorial? No sirven como pretexto las alusiones del Gobierno diciendo que Obiang se ha comprometido a liberar a todos los presos políticos, o que en 2008 dejará que otros candidatos se presenten a las elecciones, porque sólo el hecho de enunciarlo así es la prueba del nueve de la naturaleza de su régimen. El problema de fondo se sustancia en que el Ejecutivo socialista cursó una invitación formal a un jefe de Estado y que el Congreso de los Diputados, sede de la soberanía popular, le cerró sus puertas en un gesto sin precedentes que dejó en una desairada posición a Su Majestad el Rey, obligado a recibir horas después a Obiang en el Palacio de la Zarzuela. El Gobierno ha vuelto a errar de manera grave y colocado a Don Juan Carlos en una situación comprometida, planificando de manera torpe una visita que nunca debería haberse producido en estas circunstancias, sobre todo porque era previsible la respuesta de los socios del Gobierno. Enésimo tropezón que revela ineficacia y confirma que la política exterior falla gravemente en el fondo y en las formas, hasta el extremo de comprometer el papel institucional de Su Majestad. INFLACIÓN Y CONSUMO L A inflación se desacelera hasta caer en el pasado mes de octubre a su nivel más bajo desde marzo de 2004. Este significativo descenso del Índice de Precios de Consumo coloca la inflación interanual en el 2,5 por ciento, el mejor registro desde la llegada de Rodríguez Zapatero al Gobierno. También se recupera la inflación subyacente- -que excluye la energía y los alimentos frescos- situada ya en el 2,8 por ciento interanual. Estos datos se producen principalmente por la reducción en los precios de carburantes y combustibles, que en octubre cayeron un 4,7 por ciento, pero también por la influencia de una cierta desaceleración en el consumo de los hogares, que habría hecho descender algunos precios, como revelan los datos de un reciente informe elaborado por el BBVA. Estos síntomas de agotamiento del consumo, que en el segundo trimestre del año creció por debajo del IPC y que junto al sector inmobiliario es el motor principal del alto crecimiento de un PIB- -que este año podría acercarse al 4 por ciento- pueden anticipar un benéfico cambio en el modelo de crecimiento de la economía española hasta la fecha. Este nuevo escenario sería conveniente para prolongar un crecimiento económico, sostenido, que debería buscar el recambio en la recuperación y la mejora de un deteriorado sector exterior- -con un déficit comercial galopante- para lo que hay que aumentar significativamente la compe- titividad y la productividad de la economía. Y hacerlo con mayor competencia en algunos sectores: un incremento mayor en la aún escasa inversión en I+ D +i, el uso generalizado de la tecnología, la mejora en las infraestructuras, un salto cualitativo en la formación y la enseñanza o la mejora en el mercado de trabajo. Todo un reto al que sólo se le ponen parches, sin acometer reformas duraderas que permitan desterrar males crónicos, como los altos precios- -que a pesar de la mejora siguen aún por encima de la media de los países de la UE, nuestros principales competidores- -o la debilidad histórica de nuestro sector exterior. Bienvenido sea, en cualquier caso, este buen dato de inflación y los síntomas de un recambio en los motores de la buena marcha de la economía, algo que, además, aliviaría otro de los riesgos actuales: el alto endeudamiento de las familias, muy sensibles a una nueva y previsible subida de los tipos de interés, ya que los indicadores que adelantan una desaceleración en el consumo son el estancamiento en las hipotecas, la compra de coches y los gastos de turismo. La tendencia se prolongará durante el próximo año, según el BBVA, lo que podría ayudar a enfriar los precios y a provocar un cambio en el modelo actual de crecimiento económico, más allá de las raquíticas medidas de un Gobierno pasivo y excesivamente complaciente con la buena marcha de la economía.