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ABC MARTES 14 s 11 s 2006 Tribuna AGENDA 65 Basilio Rodríguez Cañada Pte. del PEN Club de España ESCRITORAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS: FENÓMENO EMERGENTE L panorama de la literatura española contemporánea escrita por mujeres es amplio, rico y heterogéneo. Tienen en común la aversión hacia la posibilidad de que sus obras se cataloguen como literatura feminista o literatura de mujer aunque todas desean ser conocidas como escritoras. La nómina es considerable, desde las que empezaron a publicar en las décadas de los sesenta o setenta, entre las que mencionaremos a Ana María Moix y Esther Tusquets, por sus cualidades literarias y por su especial vinculación con el mundo editorial, tampoco queremos olvidar a Gloria Fuertes, pasando por quienes publicaron en los ochenta: Josefina Aldecoa, Soledad Puértolas, Marina Mayoral, Ana Rossetti, Clara Sánchez, Blanca Andreu, Maruja Torres, Rosa Montero, etcétera, hasta las que han editado sus obras más recientemente, entre las que mencionaremos a Almudena Grandes, Carmen Posadas, Marta Sanz, Rosa Regás, Care Santos, Lola Santiago, Elvira Lindo, Juana Vázquez, Luisa Castro, Ángela Vallvey, Dulce Chacón, Carmen Silva, Lucía Etxebarría, Espido Freire, Es preciso seguir con atención esta literatura femenina de principios del tercer milenio, en fase de expansión, porque es un fenómeno que no ha hecho más que empezar E cias descritas, ofreciéndonos claves de interpretación internas, basadas en sus propios valores. Además de sus cualidades literarias y creativas, la mujer cuenta a su favor con un elemento fundamental para la difusión y arraigo de sus obras en el público lector. Los estudios y estadísticas de los últimos años que definen el perfil de las personas que más leen y mejor escogen sus lecturas, son las mujeres, de entre veinte y cuarenta años, con profesiones liberales, económicamente solventes y solteras. Por tanto, si las mujeres leen bastante más que los hombres, y en especial las que están en la franja de edad que oscila entre los veinte y los treinta años, las editoriales tendrán muy presente, cada vez más, este fenómeno sociológico que no tiene visos de cambio, lo que provocará una reorientación de los gustos y en la producción literaria. Anunciada Fernández de Córdova, Montserrat Cano, Reyes de Gregorio, Ana Martín Puigpelat, Branca Vilela, Beatriz Russo o Belén Gopegui, entre otras muchas. Citando a Matilde Martínez Sallés, se puede afirmar que uno de los puntos en común que encontramos en un buen número de autoras, sin importar a la generación que pertenecen, es la narración en primera persona. Estas escritoras nos cuentan su existencia, describiendo las emociones, los sentimientos y los pensamientos que acompañaron las viven- medios de comunicación, cuando se refieren a la literatura femenina actual, nos hablan de éxito editorial y de fenómeno emergente. Sin embargo, las autoras no están en absoluto satisfechas, ya que no se sienten reconocidas oficialmente por su trabajo. Baste recordar el ridículo número de mujeres que forman parte de la Real Academia Española. En definitiva, es preciso seguir con atención esta literatura femenina de principios del tercer milenio, en fase de expansión, porque es un fenómeno que no ha hecho más que empezar. Los Lola Santiago Escritora DELIBES: UN ESCRITOR PARA LA HISTORIA ATÓ la luz Así, con esta metáfora, parca en palabras, nos dice el escritor vallisoletano, en su primer libro La sombra del ciprés es alargada en el momento de mayor intimidad, cuando por fin se casa, que va a dar paso a la noche de bodas. Mató la luz sin más. Y se supone que comienza el acto amoroso entre los dos nuevos amantes. Se acaba la luz eléctrica, para dar paso a otro tipo de electricidad, la de los cuerpos, en comunión con las almas enamoradas. Pero ahí se acaba el capítulo y nada más se nos dice de aquella entrega única, en cuánto a lo físico. Pero toda la sinfonía del acto amoroso se encierra tras aquellas tres únicas palabras, tan rotundas, tan sencillas, tan discretas: Mató la luz Sí, discreción y naturalidad para una prosa nueva, fresca, M Recuerdo que yo lo leía con fruición en los ratos libres, pero no iba aprisa, no lo devoraba, sino que me recreaba en su lenguaje que sorprende por su descarnada poesía. Miguel Delibes, en este primer libro, nos emociona con su sola palabra, como sin pretenderlo, en su estilo claro y sin adornos retóricos. Pero tan lleno de vida y de verdad. Era lógico que se llevara el premio Nadal de aquel año, 1947. Recuerdo que yo lo leía con fruición en los ratos libres, pero no iba aprisa, no lo devoraba, sino que me recreaba en su lenguaje, en su maravillosa prosa, despacio, deleitándome en ella. Y era su primer libro. Después vinieron otros, tantos... Y la gloria literaria y los galardones para un escritor magistral y un hombre bueno. Pero nunca quiso salir de su tierra natal, de su querido Valladolid. Allí dirigió El Norte de Castilla tuvo un montón de hijos, luego nietos, mientras paseaba, escribía y cazaba, amando impetuosamente todo lo que tocaba, y a la vez de forma serena: su mujer, su familia, su paisaje, sus personajes inventados o recreados... Ahora se le acaba de otorgar el premio Vocento a los valores humanos, que le fue entregado por Sus Majestades los Reyes de España en su casa. Y la tarde de otoño se refleja en la sonrisa del escritor, esa misma tarde de otoño que le trae a la memoria tantas cosas: la caza, su paseo diario, su periódico, sus amigos, sus libros, los que ha escrito y, sobre todo, joven siempre él, los que le faltan por escribir... va cayendo la tarde y recuerdo ese leer a trozos su primer libro, en cualquier sitio. Por aquel entonces era verano; yo, joven estudiante, hacía guardias universitarias por las tardes, cuidando niños para añadir un plus a mi bolsillo y atender así a mis necesidades esporádicas: que si una buena raqueta para el tenis- -la dunlop era la que me gustaba, porque era la que usaba Mac Enroe, uno de mis ídolos, y por- que tenía un toque especial a buena madera tensada en sus cuerdas- que si una mochila para la montaña, etcétera, y así entre biberones o el baño de los niños leía a don Miguel. uego me asomé con igual cariño a muchas obras suyas, siempre con el mismo deleite dialogando con él en sus criaturas, pero a pesar de la calidad de todas estas obras nunca olvidaré aquel verano en que cayó en mis manos su novela primera, esa sombra del ciprés es alargada cementerio de su alma joven para un amor ¿inventado? al que se resiste, huyendo del dolor, para acabar reafirmándose en él, al beber de su cáliz hasta las heces. Miro por la ventana; frente a mí, el parque sembrado de árboles. Hay también pinos pero son redondos o achaparrados sin la esbeltez aguda del ciprés, que se alarga en su sombra como nos dice Delibes, como un mal sueño triste y amargo, pero sin duda hermoso, hermosísimo, pienso. L Y