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ABC LUNES 13 s 11 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CIUDADANOS A LA CARTA L éxito sorprendente, limpio y honesto de Ciudadanos de Cataluña ha hecho brotar de inmediato a su alrededor una pléyade de pescadores de río revuelto, profesionales de la bisagra, oportunistas gestores de franquicias y demás intermediarios de la quincallería política. En España, cuando asoma en la escena pública algún outsider alguien que va por libre, en seguida lo rodea un montón de aspirantes a apadrinarlo, a domesticarlo, a manosearlo; lo calumnian, lo desprecian, lo halagan o IGNACIO simplemente se lo aproCAMACHO pian. Lo peor son siempre los que van de amigos, porque la aproximación suele esconder un chantaje. Te ofrecen una protección que no necesitas, y si no la aceptas te rompen ellos mismos las piernas. Ahora que han pasado de la política de calle a la del Parlamento, estos Ciudadanos van a tener que aprender a nadar entre tiburones. Aún no se han sentado en sus escaños y ya les están diciendo por todas partes lo que tienen que hacer y, sobre todo, lo que tienen que ser. Unos pretenden meterlos bajo su brazo de derechismo intransigente, y otros los quieren devolver a empellones a una izquierda de la que sin duda vienen, pero de la que han acabado algo escaldados. Todo el mundo quiere ver por dónde salen, y a ser posible trasplantarlos a otros escenarios para que actúen a medida de sus voluntarios patrocinadores. La cuestión es no dejarlos trabajar, no vaya a ser que cometan el pecado de pensar por su cuenta. La pura realidad es que, como tales Ciudadanos, es decir, gente corriente harta de etiquetas que no encontraba plato de su gusto en el menú electoral y decidió meterse en la cocina, este grupo no le interesa a nadie. Lo que quieren sus espontáneos defensores es arrimarlos al fogón propio y, en especial, venderles favores para pasarles luego la factura al cobro. Ahora son muy solicitados, apetecibles y dignos de imitación, pero en cuanto den un paso por libre se van a enterar. Para los aficionados a la ingeniería social y a las operaciones de política kleenex de usar y tirar; para los savonarolas de pacotilla que pretenden dictar las reglas desde cualquier púlpito de intereses privados, esta gente sólo vale en la medida en que fastidia a otros. Ésa es la utilidad que les han visto: hacer de taco para tirar zancadillas a terceros. Como les dé por creerse autónomos les están esperando con un garrote con el que trocar los aplausos en estacas. Por eso les quieren montar franquicias y alquilar chiringuitos. Sobre todo en Madrid, que es el único foro en el que creen estos falsos oráculos. La capital está llena de gurús en horas bajas necesitados de una máscara con la que disfrazarse de ciudadanos respetables, y se han fijado en estos recién llegados que a lo mejor sólo aspiran a ser lo que han proclamado hasta ahora: catalanes alérgicos a los dicterios del nacionalismo obligatorio. Aviados van como se fíen de ciertas sirenas que cantan en falsete para disimular sus broncos vozarrones de hechiceros cabreados. E NOCTURNO LONDINENSE S EGURAMENTE todos recuerdan aquella filmación del edificio Windsor en llamas en la que aparecían un par de siluetas humanas, al parecer muy ajetreadas, en uno de los pisos que el fuego todavía no había alcanzado. De inmediato, se dispararon las especulaciones sobre aquellos fantasmas del Windsor pero, extrañamente- -sobre todo en un país tan propenso a las teorías conspirativas, cuanto más rocambolescas y bizantinas mejor- los medios de comunicación optaron por aparcar el asunto, fiándose de la ramplona versión oficial, que pretendía que tales siluetas no eran sino reflejos procedentes de algún edificio próximo. Siempre pensé que detrás de una hipótesis tan racional y, sin embargo, descabellada subyacía un pacto de silencio y de intereses; y durante algún tiempo barajé la posibilidad de escribir un relato con tan sabroso argumento, un relato que imaginaba de tono jocoso o sobrenatural. Gregorio Salvador acaba de anticipárseme en Los fantasmas del rascacielos uno de los cuentos congregados en su volumen Nocturno londinense, que acaba de publicar Espasa Calpe. Se trata, sin duda, del más diJUAN MANUEL vertido de cuantos Salvador ha reuniDE PRADA do en su tercera aventura narrativa. En cierta ocasión le escuché decir a Cela: España es un país tan pobre que sólo da para tener una idea sobre una persona quienes se acerquen a este relato con la idea camastrona y parcial del Gregorio Salvador lingüista, centinela del idioma y académico de número se llevará, sin duda, una sorpresa estupefaciente. Para no privarles del placer de una pieza desmelenada y procaz, muy jocundamente pornográfica, sólo reproduciré aquí sus últimas líneas, en las que el narrador de la historia se atreve a augurar la reacción que su relato provocará en dos tipos de lectores muy definidos: Uno, en el que se hallarán los reaccionarios, los fachas, pero también no pocos de los que se consideran liberales y progresistas, que dirán, más o menos indignados, que no soy más que un cabrón con pintas, un cabrón consentido. Y el otro, el de la proclamada progresía, el de los que se sienten vanguardia intelectual y como tal pontifican, que afirmarán, con seguridad complacida, que soy un caso evidente de marido postmoderno A uno, que presume de no figurar en ninguno de los bandos, Los fantasmas del rascacielos se le antoja una deliciosa fantasía bocacciana. No es la única pieza memorable de este volumen, donde comparece un autor retozón y por momentos irresistiblemente cachondo, preocupado por asomarse a esos pliegues de lo cotidiano, donde al azar y la casualidad introducen trastornos a veces benéficos, a veces calamitosos, alteran las rutinas y cambian para siempre el destino de las personas. En Nocturno londinense el relato que presta su título al volumen, una noche de insomnio en un hotel puede provocar las lucubraciones más angustiadas o desternillantes; quienes estén acostumbrados a pasar la noche fuera de casa y gusten de enredarse en pensamientos tan paranoicos como verosímiles, se reirán a mandíbula batiente con las tribulaciones del protagonista. Gregorio Salvador, que se muestra como un dotado ironista en sus relatos, es también un escritor de gran penetración sicológica, capaz de asomarse a esos sueños nunca formulados o pesadillas recurrentes que anidan en las cámaras más secretas del alma humana. Aunque en Nocturno londinense predomine el tono cómico, no falta tampoco el aliento muy pudorosamente trágico y una sensibilidad a flor de piel capaz de retratar, por ejemplo, los primeros estragos del alzheimer con muy lúcido patetismo, como ocurre en el soberbio A contramarcha Les invito muy efusivamente a asomarse a este Nocturno londinense de Gregorio Salvador; les servirá, como mínimo, para saborear el talento poliédrico de su autor y descubrir que, en los escritores de raza, conviven muchas personas distintas, casi tantas como criaturas pueblan su imaginación.