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4 OPINIÓN DOMINGO 12 s 11 s 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Sociedad, Cultura y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Nacional) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y Sergio Guijarro Director general: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar ANCHA FRONTERA PARA LAS ELÉCTRICAS I PARACUELLOS, TODAS LAS MEMORIAS S E cumplen setenta años del asesinato de miles de prisioneros a manos de fuerzas republicanas en la localidad madrileña de Paracuellos de Jarama y el recuerdo de aquel horrible capítulo de la Guerra Civil española cobra hoy un especial significado, forzado por la política de memoria histórica impulsada por la izquierda y patrocinada por el Gobierno socialista. Paracuellos es en la España de 2006- -como hoy abordamos en nuestro suplemento D 7- además del doloroso recuerdo de un crimen atroz, muy presente aún en la vida de muchos españoles, un contrapunto implacable a la ligereza con la que Rodríguez Zapatero ha abierto la atronadora caja de las memorias históricas. Memoria, como puede comprobar el presidente del Gobierno, tienen todos, no sólo la izquierda y no sólo para incoar juicios retrospectivos que no pueden ya juzgar a nadie por lo que pasó, pero que buscan imputar a la derecha democrática de este país la culpa de una guerra y de una dictadura, eximiendo a la izquierda de cualquier responsabilidad. Lejos de ser sólo una frivolidad- -una más- -del jefe del Ejecutivo, basada en su desconocimiento de la Historia y de los sacrificios de la Transición, el revisionismo de la Guerra Civil, de sus causas y consecuencias, pretende una impugnación del consenso constitucional, que la izquierda quiere ensombrecer con la tacha de ser poco más que un apaño al que se vio obligada para evitar la prolongación de la dictadura del general Franco. Lo que hoy explica el ensalzamiento de la II República y la ensoñación de sus valores, de forma arteramente acrítica, no es sino una dolosa estrategia de negarle a la convivencia constitucional de 1978 el fundamento de la justicia y de la reconciliación. No se trata, por tanto, de buscar un reequilibrio en el conocimiento de nuestro pasado- -ya logrado ampliamente por la clase académica- sino de romper las reglas del juego que suturaron las consecuencias de aquella Guerra Civil gracias a la generosidad de quienes la ganaron y la perdieron, haciendo real la apelación a la paz, la piedad y el perdón que formulara Azaña. No han sido los que combatieron, ni sus hijos, que luego pactaron la Transición, los que han reabierto heridas con más empeño que las fosas, sino nietos oportunistas que, por resentimiento de causas desconocidas, se sienten ajenos al esfuerzo de convivencia que culminó en 1978. Paracuellos también se apunta a la memoria histórica, como también podría hacerlo la más brutal persecución religiosa del siglo XX. Pero ¿qué gana España con ello? ¿qué pueden aprender las nuevas generaciones de este reflujo crispado que alienta una política revanchista? Nada, salvo que siempre hay en España quienes están dispuestos a no extinguir su cainismo. ¿Producto todo de la inconsistencia ideológica del actual PSOE? Es posible, pero más probable es la explicación de que este Gobierno promueve una segunda Transición que, despojada de cualquier transacción con la derecha, satisfaga el ahora nos toca a nosotros que una parte de la izquierda se calló en 1978, esperando a mejor ocasión. Y así, fomentando la discordia con media España por la memoria histórica y queriendo, sin poder hacerlo, deslegitimar a la derecha, es como la izquierda ha creído posible crear el escenario que le permita una transformación social por las bravas, desde la familia a la educación, una dilución del valor de la historia común para satisfacer a los nacionalistas y, en definitiva, un paulatino cambio de régimen en el que todo es cuestionable, desde la Monarquía parlamentaria a la unidad nacional. El fallo de esta estrategia es que la memoria no es privativa de una ideología y que, tras 28 años de democracia constitucional, la derecha democrática- -la política y la social- -no ha sido el adversario silencioso y vencido que esperaba encontrarse la izquierda tras la derrota electoral del 14 de marzo de 2004. Por eso, Zapatero y su Gobierno dan hoy a Paracuellos algo más que un significado histórico: lo convierten en la explicación imbatible de por qué el consenso de 1978 fue- -y sigue siendo- -el mayor logro de todos los españoles, que quisieron cancelar su pasado de discordias y resentimientos como los que ahora promueve el PSOE. Si hay una memoria histórica a la que se deba la democracia, ésa es la de las víctimas del terrorismo. NUEVA MIRADA DE EUROPA A BUSH N los últimos cuatro años se han producido cambios de liderazgo o de orientación política y estratégica en casi todos los países importantes del mundo. En este contexto globalizado de relevos, no es casualidad que sea Francia el país más afectado por los problemas sociopolíticos, y no sólo en las barriadas de sus grandes ciudades: Francia vive una permanente campaña electoral desde hace demasiado tiempo y la dirección del país se ha quedado esclerotizada en las manos de una clase política que, empezando por el presidente Jacques Chirac, se ha mostrado hasta ahora incapaz de adaptarse a la realidad. En Estados Unidos, los norteamericanos han sabido utilizar las elecciones de mitad de mandato para lanzar una señal clara que dirija la acción del presidente George W. Bush hacia un cambio de rumbo en los asuntos que más les preocupan, empezando por los malos resultados de la campaña de Irak. Empezando, pues, por la política exterior. Sin embargo, en Francia hubo en mayo de 2004 un referéndum sobre la Constitución europea que ya fue un mensaje clarísimo contra el liderazgo de Chirac, pero éste se negó a escuchar el clamor de las urnas. En consecuencia, toda Europa está en estos momentos pendiente de lo que se decida en Francia el año que viene para ver cómo el país logra superar la crisis institucional. Y para ver también cómo el E país galo halla nuevas fórmulas para reconducir la frialdad con que se guía en sus relaciones con Estados Unidos, ahora que el electorado norteamericano ha exigido con determinación a Bush un giro de rumbo y una suavización en las formas de su política exterior. En Alemania se ha renovado una política que, en manos de Schröder, patinaba frente a las reformas y, junto a Francia, marcaba distancias con Estados Unidos. En efecto, el cambio en Alemania ha permitido a su política exterior superar el viejo guión del reactivo Schröder en favor de los diplomáticos perfiles de la pragmática Merkel. En Francia no ha ocurrido lo mismo, ni ocurrirá mientras Chirac, carente de crédito, siga al frente de la nave. Francia, como Alemania, resulta un elemento nuclear en la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y la Europa dividida por la guerra de Irak. Pero en París la política sigue empantanada en torno a un presidente de otros tiempos y a una oposición socialista empeñada en suicidarse con sus tradicionales divisiones fratricidas. La figura del ministro del Interior, Nicolás Sarkozy, debe actuar con pies de plomo para no verse lastrada también por la sombra de Chirac, porque sólo de Sarkozy- -como de Merkel en Alemania- -puede esperarse una nueva mirada hacia EE. UU. compatible con la que le ha exigido a Bush su propia ciudadanía. BERDROLA ha confirmado su pretensión de llegar a un acuerdo para integrar la compañía británica Scottish Power, operación que incrementaría el volumen de negocio de la eléctrica española en torno al 50 por ciento y le otorgaría una apreciable capacidad de crecimiento. La posición de Iberdrola en el ámbito doméstico no le permite aspirar sino a un incremento vegetativo del negocio- -ya controla el 40 por ciento del mercado eléctrico nacional- lo que dificulta que las autoridades que vigilan la competencia autoricen operaciones que amplíen esa notable cuota de mercado. Forzada por la necesidad de ampliar su campo de acción fuera de nuestras fronteras, la eléctrica española ha planteado a la británica una operación en principio amistosa y, seguramente, provechosa para ambas partes: los términos económicos de la oferta son mejores que los ofrecidos hace un año por los alemanes de E. ON, y la propuesta es menos arrogante. Entonces, los británicos dieron tal portazo a los alemanes que éstos retiraron su oferta. La propuesta de Iberdrola es audaz, pero aprovecha una buena oportunidad de crecimiento. Cuando se especulaba con una hipotética y azarosa fusión con Unión Fenosa- -fundada en el dato de que ACS se había convertido en el principal accionista minoritario de ambas compañías- -o con posibles operaciones corporativas internacionales con Iberdrola como objetivo de adquisición, los gestores de la compañía española proponen a los de Scottish Power un proyecto sugestivo y con futuro. Los activos de ambas compañías son complementarios y nada redundantes. Para Iberdrola, la presencia de la británica en el sector eólico norteamericano mejora su posición en ese mercado, y los activos de Scottish en las islas británicas- -gas, carbón y electricidad- -proporcionan un negocio sólido que puede ir a más, ya que es la tercera compañía británica en capacidad de crecimiento. El hecho de que el modelo económico del Reino Unido sea el más abierto de Europa vuelve a ponerse de relieve en una operación que no suscita recelos nacionalistas en las islas, y el dato de que el mercado eléctrico británico sea el más abierto y competitivo de Europa es también interesante para los españoles, que aprenderán más del caso británico que de otros del continente. El consejo de Iberdrola aprueba y apoya la operación planteada por los gestores de la compañía, que de llegar a buen término proporcionará un nuevo perímetro al sector energético español y representará una apuesta firme de las compañías españolas para crear un mercado europeo más eficaz que el actual, caracterizado por islas nacionales mal intercomunicadas y con insuficiente dimensión para optimizar costes y ampliar las garantías de suministro. El caso vuelve a acreditar cómo las empresas y el mercado llegan más lejos- -y más pronto- -que los gobiernos a la hora de diseñar el futuro.