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S 6 11 11 06 EL DIARIO DE JENNIFER ZAMBUDIO 16 S 6 LOS SÁBADOS DE L ROSA BELMONTE Hazlo también con unos platillos, hombre os días que tengo cita con el ginecólogo no me puedo concentrar. Tampoco es que sea un prodigio de concentración a lo Bruce Lee cuando no tengo ginecólogo, pero, bueno, es lo primero que se me ha ocurrido. En lugar de pensar en el régimen de visitas del perro de mi cliente más pesada, estoy pensando en si voy bien depilada y en procurar no comer o beber cosas que produzcan gases, que son difíciles de reprimir cuando se está espatarrada. Me llama el abogado contrario porque el marido de mi cliente no está de acuerdo con el régimen de visitas de Benito, el bulldog de la ex pareja. Hay que tener cuajo para llamar Benito a un bulldog. Me dice que, además de los fines de semana alternos, quiere los miércoles por la tarde. Sí, mira, que vaya tu cliente a recoger al chucho al colegio. Vamos a ver, el perro era privativo de la esposa y bastante hace con dejar que se lo lleve cada dos fines de semana. No voy a modificar nada. Si quieres, hacemos contenciosa la separación sólo por Benito y lo que conseguiremos es que la juez nos tome manía Parece que lo convenzo, así que puedo volver a distraerme con el señor que me va a meter mano y someter a torturas homologadas por la Organización Mundial de la Salud. Torturador al que, encima, pago. Empiezo a pensar en qué prefiero, si el examen pélvico o la mamografía. Si a Satán o a Sadam. En cualquier caso, me tocan las dos actividades. Puede una pretender llevar una vida sana (que es la antesala de la muerte) comer una manzana al día, como la reina de Inglaterra (pues mi madre la única pieza de fruta y verdura que toma es la rodaja de pepino que le pone al gin- tonic y está como una rosa) hacer ejercicio, no fumar, no respirar aire contaminado, no respirar en general... Pero todo esto no lo hago por la salud en sí misma sino para no tener que ir al médico, a cualquier médico. Aunque el invento de la medicina preventiva echa por tierra cualquier buena costumbre. Hala, al ginecólogo por narices cada cierto tiempo. A que me meta uno o dos dedos y a la vez me aplaste el abdomen para comprobar que mis trompas de Falopio están bien, gracias, pero chafadas. Después vendrá el frío espéculo que te abre en canal y, para terminar, de momento, la extracción de un trozo de tu interior para la citología, que es como si tú misma te metieras unas pinzas de depilar y te dieras un pellizco Recordar la danza de la hermana María Julie Andrews puede ayudar en momentos humillantes por ahí dentro. Y luego, que te manosee las tetas y los sobacos. He leído por ahí que lo peor del dolor no es el dolor sino el recuerdo del dolor. Supongo que con las visitas al ginecólogo pasa algo así, de manera que procuro no pensar, no recordar, no anticiparme a lo que va a pasar. Be water, my friend. No sé, debería haber algún tipo de anestesia para estas cosas, algún tipo de hipnosis. Concéntrate, no hay un tipo hurgando en tu entrepierna, be water. Estás dando vueltas de alegría en la montaña verde, como Julie Andrews al principo de Sonrisas y lágrimas Lo intento yo sola y, mientras tengo las piernas ahí arriba, pienso que soy Ingrid Bergman envenenada y que Cary Grant me está rescatando de la cama. Y que bajamos las escaleras dejando que del ginecólogo se encarguen los malos. Enseguida vuelvo a la realidad porque el tío me habla, y con la misma naturalidad que gastaría si estuviéramos tomándonos un café. Y no es lo mismo, que diría Alejandro Sanz. Claro, que peor es mirar a la derecha. En una estantería puedo ver un libro titulado Tumores ginecológicos Ya podía tener a la vista 1080 recetas de cocina de Simone Ortega. Lo increíble es que acabo echándolo de menos cuando me manda a hacerme la mamografía con otro señor al que no conozco de nada. Un señor al que le falta coger unos platillos de orquesta y aplastarme con ellos el pecho. Sí que practico en casa pillándome las tetas con la puerta de la nevera y aplastándomelas con dos azulejos que previamente he metido en el congelador. Pero una nunca está preparada. He leído por ahí que lo peor del dolor no es el dolor, sino el recuerdo del dolor. Supongo que con las visitas al ginecólogo pasa algo así, de manera que procuro no pensar