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11 11 06 GASTRONOMÍA Moreda de Aller ler La fabada de San Martín Es la fiesta más típica del otoño asturiano, declarada de Interés Turístico Nacional. Una ocasión para ver los trajes de las diferentes comarcas y, sobre todo, para tomar fabada: en este día, en Moreda de Aller, tanto restaurantes como casas particulares sólo comen fabes TEXTO Y FOTOS: CÉSAR JUSTEL l 11 de noviembre- -al menos en esta localidad de Moreda de Aller- -vale más el pan que el lacón. Pero no es un pan cualquiera, sino el llamado pan de escanda que se subasta por la mañana después de la misa, por cierto es cantada con acompañamiento de gaita. El principal acto de la fiesta, conocida como Los Humanitarios, es la puja de la ofrenda a San Martín ante la puerta de la iglesia: la puya del ramu de pan de escanda Se trata de un gran cesto lleno de ofrendas en las que predominan los lacones y las hogazas, así como lomo, morcillas y manzanas. La subasta la dirige desde hace años José Antonio Gutiérrez a quien todo el mundo conoce como Caneco. Caneco sabe bien lo que pregona y cómo sacarle partido: estas casadielles (dulce de nueces) son caseras o a esta manzanina diole un beso una xana (ha- E da) Al final insiste tras cada adjudicación: ¿no hay quien de más? Y si nadie contesta añade: Que San Martín se lo pague y buen provecho le haga Caneco, como subastador, no tiene precio. Caneco parece conocer a todos los que pujan por sus nombres: para Vidal el de la mueblería para Antolín para Roberto el director de la Caja de Ahorros para el cuñado de Lita, ese alto de gafas Y es que a la gente importante, a los conocidos del lugar, no les queda más remedio que pujar y dar ejemplo, o coger fama de roñosos. Las hogazas de pan de escanda (una harina especial con manteca, que solo se hace por esta comarca) son las más solicitadas y es lógico porque productos de matanza en la montaña puede tener todo el mundo pero este pan es difícil de conseguir. Es fácil que se pague por una hogaza más de cien euros. Cada mordisco vale, pues, una pasta. Tras la subasta- -sobre la una- -comienza el desfile con carretas engalanadas con motivos asturianos, gaiteros, y de trajes regionales (casi todo el mundo que participa va ellos) que dura un par de horas. También algunos grupos reparten sidra. La xianda cierra el folklórico desfile. La xianda son cientos de personas de todas las edades, ataviadas con prendas regionales, que saltan, cantan y bailan. La mayoría de los barrios tienen sus LUGAR DE LA VIDA El sinvergüenza del hotel E Mónica FernándezAceytuno staba planchando las sábanas de la habitación de invitados, que preparo como si fuera la habitación del mejor de los hoteles. Me estaba acordando de lo que me pasó hace veinte años en un hotel de Gijón donde me dieron una habitación interior separada de otra por una puerta, y con un baño claustrofóbico. Llegué tan cansada que no puse pegas. Me despertó un grito. Una mujer. Chillaba, pedía auxilio. Todavía recuerdo el miedo que me dieron aquellos gritos. Lo que puede llegar a sonar una sola voz en la inmensa y oscura noche. Llamé a recepción. A falta de bata, me eché encima la gabardina, y asomando la cabeza por la puerta le expliqué al conserje lo de los gritos ¿no lo habrá usted soñado? Le juro que no. Bueno, pues ya lo oye, calma total Intenté volver a dormirme, pero ¡socorro, auxilio! Golpes y golpes. Lloraba la mujer. Sollozaba desgarradoramente. Suba le ordené al conserje, y otra vez la señora, se callaba, y el conserje me tomaba por loca, o por sonámbula. A la tercera, salió el de la habitación de al lado para decir que él también lo había oído. Esperamos. El conserje, de uniforme; yo, descalza y con gabardina, y el de al lado con un batín de seda tan corto que resultaba ridículo. Menos mal que se puso a gritar la señora. Lo siguiente fueron los golpes en la puerta del cuarto de baño, donde se había quedado encerrada. Desde la cama, oía su llanto histérico, y al conserje calmándola. Volvió el silencio. Menos mi corazón, todo quedó tranquilo. De pronto, se iluminó una rendija de luz y sonaron tres golpes que no he olvidado: toc, toc, toc. Sentí terror, al ver la sombra de los pies del sinvergüenza de al lado. Imaginé al conserje, si le llamaba, señora, ¿usted otra vez? Así que me senté, y me quedé dormida con una lámpara de hierro en la mano. Por el registro podría averiguar su nombre y publicarlo ahora, pero no es necesario porque el descrédito es el destino de los miserables. Tiene gracia que me haya acordado de esta historia siendo este sábado San Martín. Claro que, con el calor que hace, se librarán este año muchos cochinos, vuelan demasiadas moscas para hacer matanza. Hasta han florecido los ciruelos de blanco. Bueno, voy a seguir con la plancha.