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6- 7 S 6 LOS SÁBADOS DE DÍAS DE JÚBILO Lecturas de otoño E Blas Matamoro s El arquero de la colección clásica de Lalique, en cristal opalescente Perca otra de las mascotas automovilísticas del creador francés Victoria uno de los famosos pisapapeles que ideó Lalique, pensados como mascotas de automóviles firma francesa que más se ocupó- -y se ocupa- -de ellos. Con apellido propio El talento y la fascinación por los seres vivos y la naturaleza llevó a René Lalique a crear un cristal y unas joyas con formas únicas. De Londres a San Petersburgo recibió encargos de todas las Cortes y él, a su vez, los favores de todos los coleccionistas. Tal era su fama y tan única su obra que muchos tratarían de imitarla, pero Lalique fue y sigue siendo único. Hizo su primer pisapapeles en 1913, Más adelante, entre 1925 y 1931, creó las mascotas unos tapones de radiador para los automóviles de la época (Citroën, Delage, Hispano- Suiza, Bentley, Rolls- Royce... en la mayoría de las veces eran utilizados como pisa- papeles. Hizo 27 modelos en vidrio transparente y satinado, y número limitado- -no más de 25 o 30 piezas- la mayoría perdidas durante la II Guerra Mundial. La Real Fábrica de Cristales de La Granja no recuerda, sin embargo, hicieran pisapapeles como tales, pero sí que, a título particular, los crearan algunos artesanos del vidrio, al estilo de lo que hoy hacen artistas que trabajan la técnica del fuego, como Julia Ares. Otros fabricantes de cristal, como Murano o Kosta Boda, realizan pisapapeles únicos y trabajan con artistas del cristal contratados especialmente para ello. Y luego están las tradiciones. En Francia se hacían pisapapeles con el perfil de Napoleón III dentro, a modo de camafeo, o de Luis Napoleón, e incluso del general Lafayette con Georges Washington, en cristal de Baccarat, que hace poco salieron a subasta, como otros muchos, con motivos variados y a menudo con la firma del autor. Pero se hacen esperar en las subastas, de ahí que los interesados acudan a la Red para adquirir una pieza que merezca la pena, pues ahora no hay un mercado de pisapapeles como hace unos años, según recuerdan los anticuarios Santiago Durán, de Durán, y Jaime Mato, de Ansorena. Aseguran que últimamente apenas salen a subasta. Claro que uno siempre puede consolarse en los museos de Artes Decorativas o en el Lázaro Galdiano de Madrid. Pero quien se quiera volver loco encontrará la mayor colección en Buchheim (Alemania) junto al lago Stamberg. n la edad jubilar, la libertad de horarios es propicia a las lecturas de largo aliento. Uno se puede instalar en los libros voluminosos y suspender la atención según las ganas que tenga de seguir o detenerse. Hay obras que parecen escritas para tales circunstancias. Los Episodios Nacionales de Pérez Galdós nos pasean por la historia española desde Carlos IV a Cánovas. Pero no es la historia de las grandes fechas y los nombres que perduran. Es la vida de quienes hacen la historia y no pasan a la historia: el soldado anónimo, el aguador, la modistilla, la dueña de pensión. Galdós tiene, además, la propiedad de hacernos creer que nos está contando la historia, cara a cara, compartiendo con el lector unas copas en el reservado de una taberna. Le gustan los trascendidos, los mentideros, el se dice y el cotilleo: lo que más convence en la palabra viva del conversador. Otra cosa son las Memorias de un hombre de acción de Baroja. Aunque cubren parejos trechos de la historia española y reviven el Madrid, la Zaragoza o el sur francés del romanticismo, lo que importa allí no es el Don Nadie, mi mucho menos, el prócer. Importa Eugenio de Aviraneta, un conspirador de vocación, cuyos pasos sigue el novelista y nosotros, con él. Ambos escritores, que se miraban sin hablarse, tienen la misma ambición: que el lector se haga cargo de la historia cuyos eventos preceden a la vida del propio lector. Es como si contaran la historia de su familia. Uno, dispersa entre la multitud que puebla los caminos del tiempo; el otro, concentrada en un personaje que tiene la fantasía de apoderarse de la historia misma, y lo consigue gracias al escritor. Si el jubilar otoñal quiere seguir pistas similares, ahí están las novelas de El ruedo ibérico de Valle- Inclán. Es notable observar cómo, partiendo de los mismos materiales- -la España del Ochocientos- -obtiene resultados tan distintos. Valle- Inclán pesca en las viñetas de la historia convencional, con los grandes nombres y los eventos memorables, pero las enfrenta con un espejo japonés que las deforma y las hace esperpento y caricatura. Se ríe de lo más serio, y nosotros con él, hasta que nos damos cuenta de que nuestras carcajadas encubren lo que más nos duele. ¿Hay mejor compañía para la soledad del lector que estas voces entremezcladas?