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11 11 06 TENDENCIAS Pisapapeles Todo bajo control Los pisapapeles han sido la debilidad de famosos escritores como Truman Capote o Gómez de la Serna. Tal vez el ordenador les ha declarado la guerra, pero siguen poniendo orden en nuestras mesas y son objeto de deseo de muchos coleccionistas POR CARMEN FUENTES Cabeza de águila uno de los pisapapeles de Lalique perseguidos por los coleccionista sos pequeños objetos de cristal o bronce, que ponían orden en el cúmulo de papeles de las mesas, parecen haber perdido puntos ante el ordenador que, aparentemente- -solo aparentemente- -ha terminado con los folios, las cartas y los manuscritos desparramados por el escritorio. Se diría que los echan en falta únicamente los coleccionistas. Nadie, o muy pocos, traen ya de sus viajes aquellas bolas de E Un globo terráqueo para papeles varados en el escritorio. Y el famoso souvenir de cualquier parte y cualquier motivo, en el que siempre nieva cristal que tenían dentro la torre Eiffel, o el monasterio del Escorial, y que, cuando se agitaban, estallaban en una tormenta de minúsculas partículas blancas que se depositaban sobre el monumento, ahora totalmente nevado. (Orson Welles consagró esa imagen melancólica en la solitaria muerte de su Ciudadano Kane, sin más compañía que un pisapapeles ligado a un recuerdo infantil) Parece que en el mundo de los pisapapeles todo es historia, pero una historia muy bonita capaz de fascinar a personajes como a los escritores Truman Capote, el mayor coleccionista de pisapapeles o Gómez de la Serna. Truman Capote, en Plegarias atendidas cuenta cómo conoció a la mítica escritora Colette en una tarde de la primavera parisina. Capote relata la amabilidad de la escritora y cómo ésta le obsequió un hermoso pisapapeles de cristal, del tamaño de una pelota de béisbol, decorado con una sencilla rosa blanca. Colette tenía más de cien pisapapeles, todos de Lalique. El regalo debió de impactarle porque Capote se volvió un compulsivo coleccionista y también los regalaba, pero solo a quienes, en su opinión, eran merecedores de semejante honor. Los escritores han sido sus grandes admiradores y es lógico. Juan Rulfo habla de ellos en sus novelas; Borges y Neruda tenían montones y no sólo sobre su mesas, sino esparcidos por la casa. Ramón Gómez de la Serna dijo en un capítulo de Automoribundia que escribió en Buenos Aires: los pisapapeles son mi supertesoro y mi lucha con los anticuarios por ellos es constante También creía que los pisapapeles compensan de las defecciones y anclan el último pedazo de felicidad. Todo se seca o se amustia a nuestro alrededor, pero las flores de la gruta de cristal quedan incólumes Y aunque sea de una forma indirecta, los pisapapeles han ronda- do las mesas de los autores policíacos: nunca falta un objeto contundente que llevar a la nuca del próximo cadáver, en ese asesinato que se resolverá en las últimas páginas de la novela. El capricho por coleccionar estas pequeñas joyas también lo tuvo el financiero Bartolomé March: cuando aparecía una pieza única (nunca le gustaron las reproducciones ni las series) no regateaba para adquirirla. Llegó a reunir verdaderas joyas de Murano, Bacarrat, Bohemia... Flores, conchas, paisajes, monumentos, insectos, fósiles, minerales... El cristal ha sido y sigue siendo el material más usado. Cristal sueco, checo, alemán, italiano, francés o español, con apellidos como Bohemia, Bacarrat, La Granja... Y Lalique, que fue la