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ABC SÁBADO 11 s 11 s 2006 OPINIÓN 5 UN RAYA EN EL AGUA PARA- QUÉ D JUECES PREDEMOCRÁTICOS L llamado proceso de paz cada vez más parecido a un proceso de capitulación, nos ha procurado ya abundantes episodios que estimulan el sonrojo. Que dicho proceso se sostenga mientras los terroristas perseveran en sus extorsiones, en sus vandalismos callejeros, en su aprovisionamiento de armas y en sus chulescas exhibiciones de fuerza ya instila en el observador neutral una mezcla de abatimiento y enojo difícilmente soportable. Que el Gobierno soslaye la aplicación de una ley vigente que establece muy nítidamente cuáles son los requisitos que una formación política debe cumplir para poder desarrollar legalmente su actividad causa a partes iguales perplejidad y consternación. Que los terroristas sigan exigiendo impunidad para sus crímenes y un fantasmagórico derecho de autodeterminación, mientras el presidente del Gobierno no sale al paso, sino que más bien alienta sus pretensiones con palabras confusas estimula la indignación. Pero de todo este gazpacho de concesiones y desistimientos que amenazan con susJUAN MANUEL pender el imperio de la ley nada me perDE PRADA turba más que los ataques dirigidos contra la independencia judicial; ataques que ya no sólo profieren los criminales que sufren las consecuencias de la aplicación escrupulosa de la ley, sino individuos que ostentan la representación ciudadana, incluso quienes encarnan las más altas magistraturas del Estado. Ya habíamos escuchado en alguna ocasión al fiscal general del Estado acusar a los magistrados de poner trabas al proceso de capitulación. En los últimos días, el acoso contra los jueces ha alcanzado un paroxismo amedrentador: el Gobierno vasco ha anunciado que retirará ayudas materiales al Tribunal Superior de Justicia del País Vasco; Josu Jon Imaz ha reclamado la creación de mecanismos de protección que defiendan el sistema democrático de jueces involucionistas y predemocráticos y, E last but not least, la sentencia condenatoria de cierto etarra con propensión a las dietas de adelgazamiento ha desatado las críticas indisimuladas del líder de los socialistas vascos, y también- -algo menos explícitas- -del propio Zapatero. Todo ello ofrece una cartografía pavorosa de injerencias en la actuación del poder judicial que nos retrotrae a épocas previas a Montesquieu. De forma más o menos subrepticia (a veces ni siquiera subrepticia, sino más bien con chulesca desfachatez) se está abogando por una administración de justicia que reniegue de su misión, para convertirse en una suerte de intérprete o arúspice lacayuno del proceso de capitulación. Entre todos los ataques perpetrados contra el poder judicial me ha llamado muy poderosamente la atención, por su desinhibida vocación totalitaria, el proferido por el señor Imaz. En él se condensa ese espíritu de destrucción del Derecho que se enseñorea de nuestra época. Para el señor Imaz- -como, por lo demás, ocurre con la inmensa mayoría de nuestros políticos- el Derecho es un instrumento del poder que debe adaptarse, someterse, torcerse según la conveniencia de cada coyuntura; los jueces, por lo tanto, no serían sino peleles encargados de esa deshonrosa componenda. Como todavía quedan algunos jueces que se resisten a convertirse en corifeos de esta concepción puramente instrumental y adventicia del Derecho, reclama que los partidos políticos trabajen conjuntamente para buscar mecanismos que protejan las instituciones democráticas de ciertos sectores judiciales; esto es, en román paladino, que se arbitren medidas que aseguren la conversión del poder judicial en un mero apéndice de las trapisondas gubernativas y amparen el atropello del Derecho. En una democracia sana, esas declaraciones le habrían costado al señor Imaz la cárcel; inmersos en un gazpacho de concesiones y desistimientos que amenazan el imperio de la ley, el señor Imaz puede permitirse el lujo de posar como un apóstol de la paz esto es, de la capitulación. URANTE los últimos veinticinco años, el nombre de Paracuellos sólo era el eco remoto de un bárbaro episodio de una tragedia superada. Sabíamos que hubo un tiempo en que nuestros padres y nuestros abuelos se despeñaron por un abismo de odios y perpetraron un ominoso y encarnizado acto de crueldad colectiva, pero estábamos decididos a olvidar y habíamos aprendido a hacerlo, convencidos de que era el único camino para construir el país civilizado y moderno con el que soñábamos durante la larga noche de la dictadura. Echamos siete llaves al armario de los demonios familiares e hicimos un pacto de reconciliación y concordia. Perdón y olvido. IGNACIO Para siempre, o eso creíCAMACHO mos. Pero de repente, este Gobierno irresponsable se empeñó en levantar la piedra ya polvorienta que cubría la tumba de Caín. Y no es que desenterrara a los muertos, sino que exhumó la memoria de aquel drama siniestro para rescribirlo desde el sectarismo y convocar al pueblo a un aquelarre de fantasmas recién liberados. Zapatero abrió la caja de Pandora y de ella saltaron los espectros del rencor, la crispación y la revancha, apoderándose de la escena pública en un espectáculo macabro que revive una vieja tradición nacional de espiritismo violento: los españoles peleándose a muertazos, enzarzados en la reyerta retroactiva de la culpa. En ese clima de gratuita discordia, el recuerdo de la carnicería de Paracuellos ha surgido de entre la bruma como un atroz testimonio de cargo en un horizonte envenenado por la cizaña. ¿Memoria histórica? Pues toma memoria histórica. Maldita la falta que hacía este malquistado encono estéril. Pero quienes han sido injustamente estigmatizados como únicos verdugos no están dispuestos, con razón, a permitir que se oculte su simultánea condición de víctimas de la misma ferocidad compartida. Esta contienda de esquelas, este duelo de funerales, este pleito de exequias convertidas en reproches contra las sombras nunca tenía que haber comenzado. Y lo empezó quien más tenía la responsabilidad de impedirlo, un Gobierno frívolamente embarcado en el absurdo empeño de patear calaveras y remover huesos. No resultaba, por lo visto, suficiente con romper el consenso de la Transición; consideraban necesario hacer trizas todo su delicado equilibrio de absoluciones mutuas, de amnesias pactadas, y ponerse a bailar sobre las tumbas con un puñado de aprendices de brujo. Y claro, han resucitado todos los muertos, de unos y de otros, con sus caras pintadas de horror y de sangre, con los cuerpos desgarrados por la vesania de las checas y los paredones. Paracuellos, Badajoz, Madrid, Málaga, Alicante; una salvaje geografía de violencia que tiñe nuestro pasado común de una vergüenza tóxica, ponzoñosa, letal. Un baño truculento de espanto inútil, una morbosa conjura de trincheras reexcavadas sin sentido. Porque el problema no está en Paracuellos, sino en para qué sirve todo este barro de fosas alborotadas, regadas por una estúpida lluvia de resentido cainismo.