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ABC VIERNES 10 s 11 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CORAJE (Del fr. ant. corages) 1. Impetuosa decisión y esfuerzo del ánimo, valor. 2. Irritación, ira. (Del Diccionario de Real Academia Española) NCE años y cuatro sentencias después de que a su hijo Juan lo cosieran a puñaladas en la soledad nocturna y mortal de una gasolinera de Jerez, en la médula de Francisco Holgado sigue latiendo un amargo pálpito de desamparo. Su historia, la patética peripecia vital que conmovió a España con el relato de un viaje a los abismos del hampa en busca de los asesinos, aquella turbulenta y peligrosa expedición de espeleología moral por las alIGNACIO cantarillas del crimen y CAMACHO la droga, es hoy tan sólo el eco remoto de un fracaso asomado a los pliegues de las páginas de sucesos y de alguna brillante reseña de contraportada, una de esas semblanzas de perdedores entre cuya prosa brinca el estigma desolado de una hazaña baldía. Porque Francisco Holgado ha vuelto a estrellarse contra la oquedad de su terco esfuerzo sin pruebas, y su profunda convicción moral ha naufragado de nuevo, por cuarta vez, en un océano de esperanzas perdidas cuyo oleaje le devuelve, azotado y maltrecho, a las playas desiertas de la derrota. Aquel Padre Coraje que bajó disfrazado al turbio infierno de los bajos fondos es hoy un hombre perdido en un estéril laberinto procesal que ha carcomido su vigor y le ha marcado el rostro con las huellas del desengaño y la impotencia. El empeño camusiano de subir una y otra vez la roca de sus intuiciones hasta lo alto de una montaña de indicios ha acabado otra vez en la desalentadora cuesta abajo de las evidencias fallidas. En su largo descenso al submundo de la canalla no logró reunir pruebas bastantes para una condena, y toda su tenaz determinación, su emotiva rebeldía, su porfiado inconformismo, se han atascado al final del viaje como un tren varado en una vía muerta. No ha fallado la lógica judicial, que no puede condenar sin fundamentos razonables, ni las garantías que en ocasiones protegen a algún culpable para poder salvar a muchos inocentes. Ha fallado el sistema, cuya desdeñosa desidia y su perezosa inercia burocrática impidió en su momento una investigación en condiciones, y el resultado es un mensaje de descorazonador abatimiento para quien nunca ha dejado de creer en la justicia ni se ha permitido el menoscabo de su profunda dignidad de ciudadano. Porque lo más conmovedor de Francisco Holgado, el Padre Coraje de Jerez, es que, anclado moralmente en una firmísima y honorable decencia, jamás cedió a la tentación justiciera de la venganza. Y lo más doloroso de su caso es que, como otras víctimas del terrorismo y del crimen, continúa tantos años después sin reparación ni consuelo, sabiendo que los asesinos de su hijo están libres mientras a él le corroe las entrañas un impotente escalofrío de ira que ni siquiera ha dejado de ser pacífica pese a brotar de un corazón hecho jirones y de un honor cívico maltratado con la crueldad displicente de un desengaño. O POR OTRA PARTE NI MOJÁNDOSE HABRÁ PECES S E acabarán los alimentos, se calentará el planeta, se agotarán las reservas de petróleo y gas y de aquí a cuarenta años ya no habrá peces en el mar... Sometidos como estamos a las continuas amenazas de catástrofes sin cuento, no sé ni cómo queda ánimo para reír, para pasear o para ir al cine, pues bien mirado reír, pasear, etcétera, exigen un entorno confortable en términos de temperatura o de luz, o de comida, o de bebida, y para conseguirlo se requiere consumo energético. Desde que, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, Thomas Malthus anunció el colapso definitivo porque la población aumentaba más rápido que la provisión de alimentos, la humanidad se ha instalado en un permanente sinvivir. Cuando quedó claro que Malthus había cometido errores científicos de bulto al formular su fin de la especie humana, pues ésta se había demostrado capaz de alimentar a miles de millones de personas, su desacertado catastrofismo fue sustituido, ciento cincuenta años después, por el Club de Roma, que dejó al mundo sin respiración al anunciar el inminente fin de las reservas del crudo de petróleo; cuando hemos llegado a los años en los que deJOSÉ M bería haberse producido un apagón geGARCÍA- HOZ neral, resulta que, en lugar de disminuir, las reservas de petróleo han aumentado. Ya en el siglo XXI el catastrofismo del Club de Roma ha sido relevado por la denuncia del adelgazamiento de la capa de ozono, síntoma inequívoco de un descalabro inminente y, en fin, como la capa de ozono se ha recuperado, los agoreros centran hoy sus pronósticos en que la catástrofe se producirá por el calentamiento del planeta. Es tan caudaloso el torrente de pronósticos de hecatombe que cuando, como la semana pasada, un estudio científico anuncia el fin de las especies marinas para 2048, en lugar de hacer una pedorreta al repetido pronóstico de catástrofe, se pregunta por el día y la hora exactos en el que fallecerá el último langostino, con el fin de organizar una ma- nifestación de solidaridad con especie tan excelente. Desde que el hombre es hombre, su relación con el planeta que habita ha sido tormentosa y posiblemente ha abusado del mandato bíblico de creced, multiplicaos y dominad la tierra Sin embargo, la propuesta actual de algunos científicos y multitud de ignorantes alborotadores autodenominados ecologistas se sitúa en el extremo contrario: se debe tanto respeto al entorno que éste acabará por dominar al hombre, pues para no alterar los recursos con los que se encuentra debe renunciar a su propio progreso y bienestar. Tal y como está formulado, el mensaje del ecologismo actual empieza por la denuncia de la limitación de recursos para, a continuación, obligar al racionamento. La vieja idea de que el hombre no sabe valerse por sí solo y debe ser guiado por el Estado toma ahora revestimento de ecologismo... Crecimiento económico (o sea: crecimiento en el bienestar de las personas) y respeto al ecosistema no tienen por qué ser contradictorios; la dialéctica antagónica sólo se debe al dogmatismo y a la cerrazón de quienes, como el viejo Thomas Malthus, se limitan a presentar fórmulas aritméticas sin tener en cuenta la capacidad de innovar del hombre. Desde luego que no es una capacidad ilimitada, pero hasta ahora ha demostrado su habilidad para responder a cualquier problema de escasez. Un ejemplo de la actualidad: si el Reino de España hubiera cumplido los compromisos que adquirió al firmar el Protocolo de Kyoto, la economía nacional no habría crecido- -ni aumentado los puestos de trabajo- -como lo ha hecho. Y lo último, pero no lo menos importante: el calentamiento del planeta, al que con rutinaria monotonía se suelen achacar las sequías y las tormentas imprevistas, está lejos, muy lejos, de ser un dato científicamente achacable a las emisiones de CO 2: seguramente, hace mil años la Tierra estaba más caliente que hoy, y en realidad sólo asistimos a la recuperación de lo que los climatólogos llaman la pequeña glaciación medieval. Sólo sé que no sé nada, ahora que los profetas de la catástrofe saben todavía menos que yo. josemaria garcia- hoz. com