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40 INTERNACIONAL Tribuna abierta MARTES 7 s 11 s 2006 ABC Javier Zuloaga Escritor ¿CÓMO NOS VERÁ LA HISTORIA? UANDO, aún chaval, iba aprendiendo los conocimientos que debían servirme de base para entrar en la Universidad, me quedaba a veces perplejo ante la tozudez de los humanos a la hora de buscar soluciones a los grandes problemas de la historia. Aquella actitud se ha mantenido en el tiempo, y me sigo haciendo frecuentemente preguntas sobre problemas inquietantes, en los que la lógica en las respuestas nada tiene que ver con el curso que siguen después los acontecimientos. ¿Cómo era posible que los ingleses tardaran cien años en darse cuenta de que sus ambiciones territoriales en Francia no podían echar raíz? ¿O que los alemanes no quisieran oír a Bertolt Brecht cuando anunciaba que el nazismo iba a destruir progresivamente a anarquistas, comunistas, socialistas, y así sucesivamente, hasta que Alemania entera se rindiera a su locura? ¿O que la Fallaci, antes de su muerte, se viera abocada a radicalizar aún más su discurso ante la sordera y la ceguera de Occidente frente a la extensión de la balsa de aceite fundamentalista y teocrática? La historia que leerán nuestros nietos la estamos escribiendo ahora nosotros, de la misma manera que lo hicieron aquellos europeos que, en 1938, se vieron en el difícil papel de decidir qué hacer frente a un país que había derivado hacia la locura y decidido conquistar el mundo C de sus últimos libros, ya muy enferma, La fuerza de la Razón recordaba los errores europeos frente al nazismo y los trasladaba al tiempo actual para pulsar la alarma general ante el fundamentalismo islámico. No se resignaba la genial italiana ante la indecisión frente a lo que considera una enorme contradicción: de qué manera Occidente ha ofrecido derechos a quienes sólo reconocen como válido el que se deriva, de forma intransigente, de la lectura de su libro sagrado, el Corán. Fallaci ponía su acento, con rabia, en la manera en que en no pocos núcleos islamistas- -ella no quería hacer distinciones- -hoy se busca y se urde la destrucción de los infieles y se extiende para ello la mancha intolerante allá donde se encuentren los musulmanes, tanto en sus países como fuera de ellos, entre los emigrantes en Occidente. Hace estudio de la historia se acaban sacando explicaciones para casi todo, y si uno se detiene en cualquier episodio, en el de la Guerra de los Cien Años o en el candor anglo- francés de Chamberlain y Daladier cuando no supieron ver venir el cataclismo al firmar el tratado de Múnich, un año antes de que estallara la II Guerra Mundial, se encuentran algunas razones que hacen más comprensible lo inexplicable. Las cosas no pasan porque sí, sino que surgen casi siempre por evolución, pero no por ello se justifican los errores, cuyas consecuencias entran en el terreno del horror. Es cierto que en esas difíciles decisiones pesa la falta la perspectiva en el tiempo, pero no lo es menos que, en los casos de Brecht y Fallaci, la fuerza de la mayoría, y sobre todo el miedo de ésta, aplastaron entonces, y lo hacen ahora, la claridad de sus predicciones. O son locos, o comunistas o fascistas, han dicho de ellos, siempre en tono despectivo, dependiendo de quién tenga en cada momen- Del to la vara de la orquesta del poder. El tiempo le dio la razón a Brecht, cuando ya estaba en los Estados Unidos y tuvo que enfrentarse de nuevo a la intolerancia, en este caso la que abanderó el senador MacCarthy, que le hizo marchar a la República Democrática Alemana, en donde murió. La memoria de millones de perseguidos y exterminados y de sus hijos y nietos se preguntará cómo los hombres fueron tan ciegos y no supieron parar aquella locura que llevó a una minoría a convertirse en mayoría por la vía de la manipulación de las emociones y los sentimientos. Ahora el enemigo no no tiene patria, y además dispone de un estremecedor ejército de seguidores que piensan que ganarán la salvación eterna si luchan hasta el final para invertir el orden mundial pocas semanas, con un grupo de futuros periodistas, pulsaba hasta qué punto los profetas del desastre, en concreto Oriana Fallaci, levantan no sólo diferencias, sino también airadas pero humanas reacciones entre quienes piensan que lo nazi es extender el problema a los colectivos en los que se agazapan y escudan aquéllos que se han comprometido en una guerra santa en tiempos en los que la globalización ha abierto las puertas del mundo y aquéllos otros que piensan que otro gallo habría cantado si en la Europa de la preguerra mundial la sociedad hubiera ejercido el derecho a autodefenderse, y que lo que puede ocurrirnos ahora con la extensión del fanatismo islámico podría, si Occidente no tiene la mente clara y el pulso decidido, abrir nuevos capítulos de tragedias equivalentes. Algoparecido debe seguir sosteniendo el espíritu de Oriana Fallaci, que en uno Fallaci ponía su acento en la manera en que en no pocos núcleos islamistas se urde la destrucción de los infieles tros nietos la estamos escribiendo ahora nosotros, de la misma manera que lo hicieron aquellos europeos que, en 1938, se vieron en el difícil papel de decidir qué hacer frente a un país que había derivado hacia la locura y decidido conquistar el mundo. Pero lo de ahora tiene la dificultad añadida de que el enemigo no está en un lugar concreto, no tiene patria, y de que además dispone de un estremecedor ejército de seguidores que- -con un libro indiscutible en la mano como única ley- -piensan que ganarán la salvación eterna si luchan hasta el final para invertir el orden mundial. Lahistoriaqueleeránnues-