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56 AGENDA Tribuna LUNES 6 s 11 s 2006 ABC Antonio Saenz de Miera Pte. de Honor del Centro Español de Fundaciones UN PUENTE ENTRE EL TAJO Y EL TORDERA L hombre sueña, imagina, se deja llevar por el calor de las palabras y consigue lo que ni siquiera pretendía, lo que parecía imposible en el universo petrificado de las ideas de uso común. A veces decimos cosas que parece que no pueden ser, pero que la gente sabe bien lo que quieren decir en el fondo. Hace unos meses nos reunimos en un almuerzo un grupo de catalanes y de madrileños (bueno, madrileños de todas partes, para que se me entienda bien) para celebrar el Premio concedido a la restauración del Pont Trencat, que une los municipios de Sant Celoni y Santa María de Palau Tordera, en la zona del emblemático Montseny, en el corazón de Cataluña. Era un acto cordial y festivo y todos estábamos más que satisfechos, y no solamente por la excelente comida del Cal Batlle y el grato motivo que nos reunía. Lo estaban, naturalmente, los miembros de la Asociación Pont Romá, instituciones y personas que habían logrado rehacer el viejo puente destruido durante la guerra de la independencia; y también lo estábamos los que acudíamos a Barcelona con la grata misión de entregar el Premio Internacional Puente de Alcántara a una obra que refleja ejemplarmente los valores estéticos, tecnológicos y culturales que trata de promover ese galardón extremeño, considerado ya como el Nóbel de las obras públicas iberoamericanas. E En aquel aplauso no previsto, había, me pareció a mí, una reacción y un sentimiento de naturaleza social que difícilmente se hubiera podido producir en un acto político, aun cuando allí estaban representados todos los partidos con representación en el parlamento catalán en ocasiones, pueden ser mucho más explícitos y expresivos que las palabras. Expresan lo que las palabras no se atreven o no aciertan a expresar. Muchos catalanes no dicen probablemente todo lo que quisieran decir por temor a malentendidos y muchos no catalanes no somos capaces de encontrar el tono y el discurso adecuados para transmitir a Cataluña nuestra proximidad, mejor todavía, nuestra necesidad de sentir lo catalán como cosa propia, como parte de nuestra personalidad como españoles. Noquieroextendermeenla descripción del ambiente de aquel almuerzo, pero necesito dejar claro que era informal y distendido. El acto de entrega que habíamos celebrado antes, en cierto modo, también lo fue, pero era quizás inevitable que en algunas de las palabras que se pronunciaron apareciese el tono reivindicativo que parecía exigir el guión político previo a la aprobación del Estatut y que ha vuelto ahora a imperar con motivo de las elecciones. Era un rito, digamos, obligado, y se siguió. Después de la copa de cava catalán, rendido ya el necesario cumplido a ese asunto del cava que afortunadamente ya pasó y que no fue, al menos para mí, más que una actualización de viejos tópicos inservibles y perturbadores, el clima se relajó lo suficiente como para que todos bajásemos la guardia y nos dispusiésemos a dejar el mundo institucional para entrar en el mundo de la vida, por lo que pueda valer aquí esta distinción de Habermas. Y fue entonces, fuera ya de los encorsetamientos políti- cos, cuando se produjo un hecho, mínimo en apariencia pero al que, quizás, convenga darle algún valor cuando parece estar en entredicho el clima de convivencia y de respeto que ha imperado habitualmente en Cataluña. Recurrí a la fácil metáfora del puente como unión entre orillas diferentes, como acercamiento, como entendimiento, para explicar las afinidades y los lazos que estaban aflorando entre nosotros con motivo de aquellas reuniones en torno al Pont Trencat. No era un recurso original, venía dado por las circunstancias, por la naturaleza del acto y del Premio que se entregaba. Pero, ahí, precisamente, vino la sorpresa. Porque cuando dije que tenía la impresión de que, unos y otros, estábamos tendiendo un puente entre el Tajo extremeño y el Tordera catalán, se produjo un largo aplauso, absolutamente espontáneo y que me pilló, nos pilló creo, completamente desprevenidos. En aquel aplauso no previsto, había, me pareció a mí, una reacción y un sentimiento de naturaleza social que difícilmente se hubiera podido producir en un acto político, aun cuando allí estaban representados todos los partidos con representación en el parlamento catalán. ¿A que respondía? ¿Qué significaba? de la política inmediata distorsiona, con más frecuencia de lo que imaginamos, el devenir de la vida real de los ciudadanos. Eso lo sabemos. Pero también sabemos que la grandeza de la política con mayúsculas estriba en saber abrir y allanar el camino a ese mar de fondo que mueve la vida; a esa corriente profunda que, más tarde o más temprano, acabará saliendo a la superficie si, desde las dos orillas del puente, levantamos la mirada hasta encontrar la herencia común y el futuro compartido. Advertimos que la reciente campaña electoral no ha aportado nada nuevo en esa dirección. Sólo, quizás, Ciutadans, ha sido capaz de situarse totalmente al margen de una serie de tópicos, digamos institucionales, considerados políticamente intocables y no sólo por los nacionalistas; sólo Ciutadans se ha atrevido a acercarse al mundo de la vida y, para sorpresa de muchos, ha logrado tres escaños, cuando nadie pensaba que un intento tan fuera de lo corriente pudiera calar en la población. Larealidad El que hay andarse con mucha cautela cuando se trata de analizar sentimientos, pero quiero creer que la reacción que se produjo en aquel restaurante en Sant Celoni respondía a una corriente de fondo, a unas afinidades y a unos vínculos enraizados en la historia y totalmente vigentes al margen de las escaramuzas políticas. Era un reflejo no condicionado: no había necesidad de disimular o disfrazar nada. Y, sin embargo, se estaba diciendo algo que todos entendíamos y que no era exactamente lo mismo que lo que trasmiten los tópicos dominantes en la opinión pública actual sobre la cuestión catalana. Interpretar un gesto tan común como un aplauso, tal y como lo estoy haciendo yo ahora, puede parecer excesivo; sí, tal vez lo sea, pero todos sabemos que los gestos, Sé alto nivel de abstención en estas elecciones y la aparición de un partido tan diferente en el horizonte político catalán, son señales, creo, de que algo está cambiando. Quizás aquel aplauso de Sant Celoni, que acariciamos como un sueño, era algo más que un sueño. Expresaba mas bien una realidad que nos debe comprometer a todos más allá de la algarabía política y de las falsas querellas. Esa fue, al menos, mi impresión y no creo que, en aquella ocasión, confundiera la realidad con el deseo. Es más, me atrevo a pensar que esa confusión puede estar actualmente en otra parte. Porque contra lo que algunos puedan pensar, los puentes que desde siempre han unido a Cataluña con el resto de España no están ni perdidos ni trencats están esperando a que los volvamos a descubrir y los transitemos con seguridad y confianza los catalanes y los otros españoles.