Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 6 s 11 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA UN TRABAJO SUCIO N MATADEROS INFANTILES U N programa emitido recientemente por la televisión pública danesa demuestra que en un matadero infantil barcelonés se están perpetrando abortos a mansalva. El abortero que regenta este pingüe negocio declaraba sin empacho a la periodista danesa utilizada como cebo en el reportaje, encinta de siete meses: Lo primero que haremos será provocar un ataque al corazón del feto, que así nacerá muerto. No hay problema Dos años atrás, ya el dominical británico The Sunday Telegraph publicaba un reportaje donde se denunciaba que en el citado matadero se estaban perpetrando abortos a granel, so pretexto de evitar un grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada Tanto el programa danés como el reportaje del semanario británico demostraban que las clientes del matadero no están expuestas a ningún grave peligro; son, simplemente, mujeres que abortan por irreflexión, por pura inhumanidad, algunas veces incitadas por motivos irracionales, por una enajenación de la voluntad que los aborteros barceloneses incitan y estimulan. JUAN MANUEL Como María, una valenciana de cuarenta años que en el año 2000 acudió a DE PRADA este matadero, solicitando que le fuese practicado un aborto, porque el hijo que esperaba era varón, y ella deseaba tener una niña. No importó que tanto ella como el niño gestante estuviesen completamente sanos; en lugar de disuadirla de tan aberrante capricho, el abortero consumó el crimen, aprovechándose de la ofuscación de María, quien tras despertar de la anestesia cobró conciencia de la bestialidad que acababa de perpetrarse. Por supuesto, tan aberrantes crímenes poseen siempre un móvil crematístico. A la postre, se está demostrando que el aborto, amén de un repugnante delito contra la vida de los más indefensos (a quienes el Derecho debería ofrecer una protección reforzada) es también un muy lucrativo negocio en el que se arriesga la salud de las mujeres del modo más inescrupuloso. La plataforma ciudadana HazteOir. org acaba de presentar una denuncia ante la Fiscalía general del Estado, denunciando las prácticas del citado matadero, pero ya podemos imaginarnos que su destino será el sobreseimiento; y el matadero seguirá lucrándose sin impedimento, incluso es posible que se organicen manifestaciones de apoyo a los aborteros, como se han organizado para apoyar a quienes tan caritativamente mandaban al otro barrio a los enfermos del hospital de Leganés. España seguirá siendo la reserva abortista de Europa según feroz y sarcástica acuñación de Ignacio Ruiz Quintano. Pero si la comisión a mansalva de abortos es un crimen abyecto, mucho más abyecta aún resulta la anuencia sorda de una sociedad capaz de convivir con ese oprobio. Llegará el día en que las generaciones venideras, al asomarse a las fosas comunes del aborto, se estremezcan de horror, como hoy nos estremecemos de horror ante las matanzas de los campos de exterminio. Sólo que las cifras del aborto serán, para entonces, mucho más abultadas y estremecedoras. Aquellas hecatombes del pasado fueron, además, perpetradas a espaldas de la sociedad; la hecatombe del aborto se perpetra con la complicidad tácita de la sociedad, que prefiere volver el rostro a otro lado cuando se trata de defender la vida más inerme, que incluso acepta el aborto como un remedio benéfico. Denunciar esta barbarie, genocida en el más puro sentido de la palabra, se ha convertido en motivo de proscripción y desprecio; lo progresista es acatar la barbarie, bendecirla o al menos transigir cínicamente con ella, como si la barbarie fuese algo que no nos atañe, como si el aire que respiramos no estuviese infectado con sus efluvios malignos. Pero aquí los únicos efluvios que los progresistas persiguen son los del tabaco. Algún día nuestros hijos escupirán sobre nuestras tumbas, asqueados del tamaño de nuestra abyección. Mientras tanto, en los mataderos infantiles se sigue trabajando a destajo. I una lágrima de compasión, ni un cosquilleo de simpatía merecerá el verdugo Sadam cuando lo arrastren al cadalso esos antiguos súbditos que no hace mucho doblaban la cerviz ante la mera invocación de su nombre. Lo han condenado con su propia ley, en un juicio apenas algo más escrupuloso que los que él deparaba a sus víctimas más afortunadas, porque la mayoría no gozó siquiera de ese simulacro de justicia. No existe la más mínima duda de sus gravísimas responsabilidades ni de su culpa genocida. Era un tirano crudelísimo que IGNACIO sabía con perfecta nitidez CAMACHO que el día de su caída no contaría con un gramo de piedad. Y ni siquiera ha pedido perdón. Pero no es por él por quien debemos sentir un escrúpulo de repugnancia ética cuando lo ejecuten, sino por nuestra propia conciencia colectiva, la de una civilización capaz de permitir un acto de venganza que humilla y violenta los principios que defendemos en nombre de una supuesta superioridad moral. La condena del dictador iraquí es el último episodio de un fenomenal ejercicio de hipocresía. Los aliados lo entregaron a la justicia de su país para que sus compatriotas hiciesen el trabajo sucio de eliminarlo sin ambages, a sabiendas de que el código moral de Occidente no permitiría un ajusticiamiento expeditivo. Lo dejaron en Bagdad porque La Haya ofrecía unas garantías que no le querían permitir. Y han sumado a las burdas mentiras de una guerra que no las necesitaba, a la ignominia de Abu Ghraib, a las torpezas políticas de la posguerra, a la impotencia para organizar una democracia en condiciones, esta vergonzosa parodia justiciera que liquida cualquier atisbo de cordura en esa ciénaga de errores. A buenas horas nos volvemos multiculturalistas para justificar un acto de ensañamiento vindicativo. Si proclamamos la superioridad de nuestras leyes democráticas frente a la barbarie islámica no podemos convertirnos en ciegos de conveniencia para consentir una vulgar represalia. Sadam, como Milósevic, merecía un juicio en Occidente que diera satisfacción a sus víctimas y le encerrara en la ignominia de una cadena perpetua establecida por un tribunal investido de toda la autoridad moral de las sociedades libres. En vez de eso lo han echado a los leones asirios para que se lo coman con saña medieval. Que su maldad merezca ese destino no significa que los demás podamos abstraernos de nuestra obligación de respetar aquello en que decimos creer. Porque se supone que creemos en un orden moral distinto y más justo, igual para todos, incluso para aquéllos que lo violentan desde el fanatismo o la brutalidad. El fantasma ensangrentado de Ceaucescu nos volverá a interpelar los sentimientos cuando el cadáver de Sadam Husein cuelgue de una soga ante la indiferencia de quienes aún pueden evitar esa vergonzante infamia. Y la clemencia que no merece el carnicero la vamos a necesitar para exculparnos simbólicamente de renunciar a la dignidad, la decencia y la misericordia que nos hacen, en teoría, mejores.