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78 AGENDA Tribuna DOMINGO 5 s 11 s 2006 ABC Carlos Abella y Ramallo Embajador de España ANNA POLITKOVSKAYA Y ESPAÑA L asesinato de la gran periodista rusa Ana Politkovskaya ha conmocionado a los medios políticos y de opinión de todo el mundo. No sé, sin embargo, si nuestras sociedades han sopesado suficientemente el significado de este asesinato, ya que con este atroz acto de terrorismo político se ha querido silenciar no sólo a la persona, sino a la claridad de sus análisis. Su valentía le llevó a escribir La deshonra rusa libro en el que la llorada periodista hace una descarnada y veraz crítica no sólo de la política de Rusia contra el terrorismo checheno, sino aún más sobre la propia sociedad rusa actual. Con el rigor ético que la caracterizaba en esa obra decía Si no logramos recuperar la moral, nos convertiremos en material maleable, con el que cada cual podrá hacer lo que se le antoje. Los terroristas son fanáticos y dementes, pero son fuertes. Nosotros, por el contrario, no somos fuertes Politkovskaya se refería a las condiciones de fortaleza moral que deben existir en una sociedad y de imperio de la ley en un Estado democrático, para luchar contra el terrorismo y criticaba la ausencia de ambas condiciones en su país. Ese análisis podríamos ex- E A nuestra sociedad se la está haciendo maleable para que acepte un proceso de paz que la hace claudicar y rendirse en su moral y el Estado democrático se autolesiona abandonando la legalidad de la lucha contra el terrorismo y arrodillándose ante sus exigencias tenderlo a toda la sociedad que sufra el flagelo del terrorismo. Si sus palabras las trasladáramos a España, aunque el contexto de nuestra sociedad y de nuestro Estado de derecho, democrático, fuera inicialmente, precisamente lo opuesto, nos encontramos actualmente con unos presupuestos que recuerdan enormemente sus palabras. A nuestra sociedad se la está haciendo maleable para que acepte un proceso de paz que la hace claudicar y rendirse en su moral y el Estado democrático se autolesiona abandonando la legalidad de la lucha contra el terrorismo y arrodillándose ante sus exigencias. Y todo ello gracias a un adecuado lavado de cerebro social y político que tergiversa un natural deseo por la paz. partidos políticos señalaron la importancia de que la sociedad contribuyese a la lucha contra el terrorismo y decidieron también dar mayor amparo a las víctimas. AquelPactohasidoarrinco- parecen los días en que nuestra sociedad se levantó unánime contra el terrorismo, abofeteada por el cruel asesinato de Miguel Ángel Blanco. La sociedad se rearmó moralmente y dijo Basta ya El Estado se fortaleció con el Pacto de las Libertades y contra el terrorismo, precisamente propuesto, hay que recordarlo, por el actual presidente del Gobierno. Ocurrió entonces que los Lejanísimos nado por el Gobierno y ahora, al contrario, se le convence a la sociedad de la necesidad del diálogo con los terroristas y sus ilegalizados partidos, en tanto que a las víctimas se les pide paciencia, generosidad, perdón y olvido, aunque los terroristas no se arrepientan y aunque exijan y lleguen a obtener lo que nunca debería darles un Estado democrático. Hasta Navarra entra en almoneda y la unidad de España en cuestión. Pero si el pacto ha sido arrinconado ¿se puede arrinconar también a las víctimas y a una sociedad que aprendió a armarse de valor moral para enfrentarse al terrorismo? Las víctimas han cumplido su parte, ejemplarmente, a menudo solas y en silencio, ninguna tomó la justicia por su mano, confiando en el Estado de derecho. Lo mismo la sociedad, que confió en la justicia del Estado democrático. Pero el malabarismo del Gobierno está confundiendo a la sociedad arrinconando también a las víctimas a las que se quiere hacer pasar por intratables, obcecadas en el rencor, mientras escandalosamente se alaba a líderes del terrorismo como hombres de paz Se acortan las condenas, no se persigue a los terroristas, y sus coacciones- -ya sean extorsiones económicas o violencia callejera- -se las define como efectos colaterales y ajenas al proceso de paz Se está dispuesto a pagar cualquier precio político y social, jurídico o constitucional por la prolongación del poder. Se está socavando la fortaleza moral del Estado de derecho y de la sociedad. O dicho de otro modo y recordando las palabras de Politkvoskaya, si no logramos recuperar la moral nos convertiremos en material maleable, con el que cada cual, empezando por los propios terroristas, podrá hacer lo que se le antoje. Hermenegildo Altozano Escritor LAS EDADES DE LA ESCRITURA L La literatura se agostaba con aquel prurito de preñar el texto con textos ajenos que aparecían como invitados forzados a una mesa que cojeara os primeros artículos los recortaba de la página arrancada. Les quitaba las virutas de los bordes. Ponía la fecha en el margen inferior con cuidado de que el papel no absorbiera la tinta en exceso y los guardaba, ordenados por fechas, en una carpeta de color verde. Alguna vez volvía sobre ellos y la relectura me descubría frases que luego no hubiera escrito de aquella manera o palabras que, al verlas junto a otras palabras, me pareciera que sobraban. Para curar la inseguridad de la primera escritura me sometía a la rigidez de lo que entonces consideraba cánones ortodoxos. Lejos de dejar que el lenguaje fluyera como si se hubieran abierto las compuertas y el torrente de las voces embalsadas rebotara de piedra en piedra hasta la desembocadura, hacía por desviar el curso de las cosas para sujetar la palabra a la disciplina de una canalización- -de un método- -más allá de la que conformaba el espacio breve de la página. Escribía con pluma o con lápiz. Y el papel acababa más que menos en un desordenado ayuntamiento de tinta y de grafito. De tachaduras grises sobre letra azul o de borrón índigo sobre la frase oscura. Cuando el texto me parecía cerrado lo mecanografiaba aún sabiendo que la página volvería a cobijar, antes de enviarla al periódico, nuevos apuntes de tinta y carbón. Las llamadas en el margen o entre las líneas mecanografiadas volverían a configurar, al cabo, otro texto, sometido todavía a los vaivenes postreros de las críticas tempranas. nos de los artículos terminaban por no ser mis artículos del todo. La primera edad de la escritura caminaba, también, al cobijo de la cita. Los artículos de la edad primera perdían el ritmo, la música, la frescura. El latido. El llanto. La literatura se agostaba con aquel prurito de preñar el texto con textos ajenos que aparecían como invitados forzados a una mesa que cojeara. Muchas veces las citas le venían grandes al texto y el artículo se escoraba hacia un lado porque era más lo que tomaba prestado que lo que estaba dispuesto a dar. amarraban a otras formas de concebir la escritura. Arrumbadas las redes de seguridad que tejía con las citas intercaladas. Creoqueeraunamanerade a leer lo escrito a los más próximos y terminaba por injertarle voces que no eran las voces que estaba escuchando o trozos de vida que no había vivido. De este modo, violentaba el pacto autobiográfico o fracturaba ese compromiso íntimo del escritor que alimenta la ficción y hace cobrar todo su sentido a las palabras. Algu- Daba desvanecer los miedos pues- -pensaba- -tener a mi lado a toda esa gente debía servir, al menos, para diluir las culpas. Como si los desaciertos propios debieran serlo también de ellos por el mero azar de haberlos llevado por la fuerza a una misma hoja de papel. Abro la carpeta de color verde y releo cada uno de los artículos de los años primeros. Pienso en cómo hubiera escrito cada párrafo luego de aquel aprendizaje. En cómo hubiera alumbrado cada pasaje despojado ya de los grilletes que me me arrepiento de haber escrito lo que escribí. Aunque sólo sea porque aquella iniciación me sirviera para seguir escribiendo de otro modo. Sin tinta y sin apenas buscar la cita de quienes nos han precedido en la escritura. Sin dar a leer el texto antes de enviarlo para que lo publiquen. Sin tener que explicar dónde termina la autobiografía y dónde comienzan las ficciones. Qué es lo vivido y qué lo figurado, aunque en cada ficción haya también, de alguna manera, fragmentos de lo vivido. Sin encerrar el lenguaje entre las paredes estrechas de los cánones. Sé que guardaré este artículo en una carpeta de cubiertas azules. Que recortaré los bordes de la página para despojarla de virutas. Que lo fecharé en el margen inferior, con cuidado de que la tinta no traspase el papel. Sé que lo releeré al cabo de los años. En cada una de las sucesivas edades. Y que volveré a escribir que no me arrepentí de hacerlo entonces. Como tampoco me arrepiento ahora. No